viernes, 18 de septiembre de 2026

Cambiar todo para que nada cambie

 


Cambiar todo para que nada cambie

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1064)

 

  1. “Las mujeres que han cambiado el mundo no han necesitado mostrar otra cosa que su inteligencia”.
  2.  Rita Levi-Montalcini

 

En Venezuela resulta difícil distinguir entre una transición y una simple mutación. Nicolás Maduro ya no está en Miraflores, pero su desaparición no implicó la caída del régimen. Delcy Rodríguez, una de las principales figuras del chavismo, administra el Estado y buena parte de su estructura permanece intacta. Washington combatió durante años al régimen en nombre de la democracia, pero ahora negocia con una dirigente proveniente del movimiento que gobierna desde 1999. Mientras la oposición reclama elecciones, EEUU colocó en primer plano la reconstrucción de la industria petrolera. Es fácil entender su interés: reponer sus menguadas reservas, apartar las manos de China y asfixiar a Cuba. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo, pero su industria fue devastada por años de estatizaciones, corrupción, falta de inversiones y deterioro de la infraestructura. Ahora las grandes compañías estadounidenses estudian regresar y EEUU impulsa la recuperación del sector. El problema es otro: ¿puede la reconstrucción económica preceder indefinidamente a la democrática?

 

Delcy asegura que habrá elecciones. Donald Trump también, pero sostiene que Venezuela todavía no está preparada. La frase encierra un riesgo evidente: las transiciones deben tener un final; sin fecha puede convertirse, en otra forma de poder permanente. El diálogo entre gobierno y oposición acaba de reanudarse y tiene sobre la mesa reformas judiciales, derechos políticos, libertad de expresión y cambios electorales. Es un cambio, pero no es democracia, sólo la posibilidad de construirla. Y el chavismo no desapareció. Durante 27 años construyó una extensa estructura política, judicial, militar y territorial. Por eso resultaba ingenuo imaginar que la caída de Maduro podía desarmarla automáticamente. La ONU advirtió que las estructuras fundamentales de represión permanecen intactas: funcionarios vinculados a abusos anteriores continúan en posiciones de poder y persisten organismos de seguridad asociados con la persecución de opositores.

 

Hay otra ironía difícil de ignorar. Durante años, el chavismo convirtió a EEUU en el gran enemigo. Ahora, el adversario participa activamente en la reconstrucción política y económica venezolana. Las empresas estadounidenses vuelven al petróleo y Washington interviene en las conversaciones entre gobierno y oposición. Se convirtió en el socio de hoy.

 

Eso no significa que las inversiones petroleras sean necesariamente negativas. Venezuela necesita capital, tecnología, infraestructura y mercados. La cuestión fundamental es bajo qué reglas y quién controla ese proceso. Una Venezuela que vuelva a producir petróleo pero conserve instituciones débiles podría recuperar ingresos sin recuperar democracia. Por eso el verdadero desafío no es sustituir a un presidente. Es reconstruir un Estado, recuperar la justicia, garantizar las libertades, reorganizar las fuerzas de seguridad, liberar a los detenidos y establecer mecanismos de justicia que investiguen los abusos sin convertir la transición en una interminable venganza política.

 

EEUU puede facilitar ese proceso, pero no puede decidir indefinidamente quién preside. La Venezuela de hoy ofrece oportunidades y peligros. Hay señales de apertura, diálogo e inversiones; pero también persisten la ausencia de una fecha electoral y buena parte del aparato represivo del antiguo régimen. Por eso la verdadera pregunta es si los venezolanos recuperarán aquello que perdieron mucho antes: la posibilidad de decidir libremente quién los gobierna y bajo qué instituciones quieren vivir.

 

La principal dirigente opositora, María Corina Machado, decidió no participar en el diálogo auspiciado por Washington entre el gobierno de Delcy y sectores de la oposición. Junto con Edmundo González Urrutia, dejó en claro que no había intervenido en el diseño de esa mesa y que, por lo tanto, no asumiría responsabilidad por sus decisiones. Pero tampoco se colocó como obstáculo: anunció que observaría sus resultados a partir de hechos concretos y verificables, como la recuperación de las instituciones democráticas, la liberación de los presos políticos, garantías para todos los actores y, fundamentalmente, un cronograma para elecciones presidenciales.

 

Su actitud revela una posición tan firme como incómoda. No parece dispuesta a legitimar una negociación que, a su juicio, podría terminar sustituyendo el resultado de las urnas por un nuevo reparto de poder, pero evita enfrentarse abiertamente con Washington, cuyo respaldo considera decisivo para la transición. Este mes volvió a cuestionar el acuerdo petrolero entre EEUU y Delcy, pero sostuvo que Washington es el principal socio que Venezuela necesita para reconstruirse. Su dilema es evidente: necesita de la presión norteamericana, pero procura que esa presión no termine dejando en manos de otros la definición del futuro político venezolano.

 

Porque cambiar al ocupante de Miraflores no alcanza; terminar con el régimen exige algo mucho más profundo: que el poder deje de estar por encima de la ley, que las elecciones dejen de ser una promesa, que la oposición deje de ser un delito y que el petróleo deje de ser una herramienta de dominación. De lo contrario, podría ocurrir algo que América Latina conoce demasiado bien: que se cambie todo para que, en definitiva, nada cambie.

 

Bs.As., 19 Sep 26

Publicado en:

https://totalnewsagency.com/2026/09/19/cambiar-todo-para-que-nada-cambie/

https://prisioneroenargentina.com/cambiar-todo-para-que-nada-cambie/

https://www.notiar.com.ar/index.php/opinion/142625-cambiar-todo-para-que-nada-cambie-por-enrique-guillermo-avogadro

https://www.informadorpublico.com/cambiar-todo-para-que-nada-cambie/

viernes, 11 de septiembre de 2026

Sin árbitros


                                                                    Sin árbitros

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1063)

“Cuando las reglas desaparecen, el poder ocupa su lugar”

 

La interdependencia no eliminó la confrontación. Simplemente proporcionó nuevas armas para ejercerla. Hoy se puede castigar a un adversario sin disparar un tiro: basta con bloquearle mercados, tecnología, crédito, energía o materias primas. La geopolítica se ha convertido en geoeconomía. Pero las armas tradicionales siguen allí, y ésa es una combinación peligrosa. Es una de las paradojas de nuestro tiempo: una decisión tomada en un lugar remoto puede terminar afectando la vida cotidiana de millones de personas que jamás habían oído hablar de quienes la tomaron.

 

Vladimir Putin juega su propia partida y le alcanza con resistir, conservar posiciones y esperar que Ucrania se desgaste, Europa la pierda paciencia, EEUU modifique sus prioridades y, sobre todo, que las democracias occidentales se pregunten cuánto tiempo están dispuestas a sostener una guerra sin final. Donald Trump habla de negociaciones con Moscú y sostiene que Putin quiere un acuerdo con Ucrania, pero negociar no significa capitular ni aceptar las condiciones del otro. El problema es que la paz se convierte en una palabra ambigua cuando cada parte entiende algo diferente por ella.

 

Xi Jinping observa y no necesita precipitarse. Mientras Washington consume recursos y atención en distintos escenarios, Beijing continúa acumulando capacidad industrial, tecnológica y financiera. La disputa ya no consiste en quién vende más productos sino quién dominará las tecnologías que definirán el próximo medio siglo: inteligencia artificial, semiconductores, baterías, telecomunicaciones, robótica y sistemas militares. Y detrás de todo ello permanece Taiwan. Ese es, quizás, el punto del planeta donde una equivocación podría desencadenar consecuencias mucho mayores que las que cualquiera de sus protagonistas imagina. China puede esperar; EEUU, en cambio, parece obligado a responder simultáneamente en demasiados frentes.

 

Europa disfrutó su prosperidad mientras delegaba su seguridad en EEUU, hasta que la invasión rusa a Ucrania destruyó esa comodidad. Ahora debe gastar más en defensa, reconstruir capacidades militares y preguntarse cuánto puede confiar en Washington. Una alianza funciona mientras todos creen que el compromiso del otro es creíble; si esa certeza desaparece, surge algo mucho más peligroso: la necesidad de que cada país calcule por sí mismo hasta dónde está dispuesto a llegar. Y ése es exactamente el tipo de situación que las instituciones internacionales fueron creadas para evitar.

 

La política exterior estadounidense empieza a entrelazarse cada vez más con la interna electoral. Trump ha relacionado la duración de la guerra con las elecciones de noviembre, y acaba de prometer entregar US$ 5.000 a cada ciudadano adulto si los republicanos conservan el control de ambas cámaras. La frontera entre política exterior, política económica y campaña electoral desaparece, y eso también forma parte del nuevo mundo.

 

Hay algo, sin embargo, que me preocupa más que cualquiera de estos conflictos, incluyendo los que plantea la IA: el riesgo de que todos crean que pueden controlarlos. Las guerras rara vez comienzan porque sus protagonistas hayan decidido destruir el mundo; muchas veces comienzan por una sucesión de decisiones que, aisladamente, parecen razonables: un ataque, una represalia, un aliado que debe responder, otro que teme quedar debilitado si no lo hace, una interpretación errada de las intenciones del adversario. La Historia está llena de accidentes que produjeron tragedias que nadie había planeado. Por eso las instituciones, los tratados y las líneas de comunicación entre enemigos no son adornos diplomáticos, son mecanismos de seguridad. Y cuando comienzan a desaparecer, aumenta el precio de cada error.

 

¿Quién pone el límite? Esa es la pregunta que debería quitarnos el sueño. ¿Quién puede hoy imponer un límite a Rusia? ¿Quién puede hacerlo con EEUU? ¿Quién puede impedir que China cambie por la fuerza el statu quo de Taiwan? ¿Quién puede evitar que Irán cierre Ormuz o Bar el-Mandeb si lucha por su supervivencia? ¿Quién puede obligar a cualquier potencia a aceptar una decisión contraria a sus intereses vitales? La ONU difícilmente. Europa no tiene la fuerza necesaria. EEUU no puede ni quiere resolver todos los problemas. Y las restantes potencias tampoco parecen interesadas en construir un árbitro internacional que pueda limitar sus propias decisiones. Esa es la verdadera novedad: no estamos simplemente ante un mundo multipolar, sino ante un mundo multipolar sin una autoridad multipolar.

 

Argentina debe dejar de mirar el mundo desde la platea. No porque seamos una gran potencia sino porque no lo somos. Deberíamos sostener el principio de que las reglas importan. No elegir entre Washington y Beijing sino tener intereses propios y una diplomacia capaz de defenderlos, y comprender que nuestra seguridad no se limita a las fronteras terrestres. El Atlántico Sur, Malvinas, Antártida, nuestras aguas jurisdiccionales y las enormes reservas energéticas y minerales tienen extraordinaria relevancia en un mundo que compite por recursos estratégicos. Tenemos una oportunidad, pero no una política: necesitamos instituciones, infraestructura, defensa, energía, inversión y, sobre todo, una política de Estado que sobreviva a los gobiernos. Porque, si cada administración vuelve a empezar desde cero, serán otros quienes decidan qué hacer con lo que tenemos.

 

No sé si marchamos hacia una tercera guerra mundial. Tal vez el mayor peligro de nuestro tiempo no sea que alguien quiera desencadenarla, sino que nadie tenga ya autoridad para impedirla. Y por eso, más que preguntarnos quién va a ganar la próxima partida, deberíamos empezar a preguntarnos algo más: ¿quién queda para detenerla cuando todos decidan que tienen razón?

 

Bs.As., 12 Sep 26

Publicado en:

https://totalnewsagency.com/2026/09/12/sin-arbitros/

https://prisioneroenargentina.com/sin-arbitros/

https://www.informadorpublico.com/sin-arbitros/

https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/09/11/sin-arbitros.htm

https://www.notiar.com.ar/index.php/opinion/142513-sin-arbitros-por-enrique-guillermo-avogadro

http://www.diarioenfoques.net/index/edition/e/2466/s/20

lunes, 7 de septiembre de 2026

Cuando la toga se arrodilla

 


Cuando la toga se arrodilla

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1062)

 

“Cuando la ley ya no te protege de los corruptos, sino que protege a los corruptos de ti, sabes que la nación está condenada”.      Ayn Rand

 

La Justicia, en su concepción platónica, es una virtud. En la Argentina, en cambio, se ha convertido demasiadas veces en una variable de ajuste político. Cuando los ciudadanos comienzan a sospechar que una misma ley puede tener distinto significado según quién sea el acusado, quién la víctima o qué intereses estén en juego, ya no estamos ante una simple deficiencia del servicio de Justicia: estamos ante una enfermedad de la República. La Corte Suprema, como cabeza del Poder Judicial, tiene la obligación de percibir el enorme desprestigio que éste ha acumulado ante una ciudadanía que contempla, entre inerme y resignada, el manto de impunidad que demasiados jueces y camaristas federales tienden sobre los poderosos — sean empresarios, políticos o dirigentes de la AFA — termina preguntándose si existe realmente una Justicia igual para todos.

Y esa pregunta es devastadora. No hay República posible cuando el ciudadano común siente que la ley cae sobre él con todo su peso mientras se vuelve maleable cuando llega a los despachos donde se deciden los destinos de los poderosos. No me refiero solamente a la proverbial lentitud de nuestros tribunales. El problema es más profundo: la percepción de que los tiempos, las interpretaciones y hasta las competencias judiciales pueden modificarse según las circunstancias. Hay causas que duermen durante décadas y otras que de pronto adquieren una velocidad sorprendente. Hay decisiones que parecen definitivas hasta que cambia el escenario político y jueces que sostienen una interpretación para luego encontrar argumentos para sostener exactamente la contraria.

El propio diseño constitucional atribuyó al Consejo de la Magistratura la selección mediante concursos públicos, cuya terna es elevada luego al Poder Ejecutivo. El problema aparece cuando los mecanismos destinados a garantizar el mérito se convierten en terrenos fértiles para la discrecionalidad, las negociaciones y los favoritismos. La alteración de órdenes de mérito, las sospechas sobre concursos, las designaciones y subrogancias y el peso de las relaciones personales alimentan una percepción particularmente dañina: que para llegar a determinados cargos judiciales no siempre alcanza con ser el mejor. Y, si esa percepción se instala, la toga pierde autoridad antes incluso de que su titular dicte su primera sentencia.

Por eso resulta auspicioso que la propia Corte haya intentado recientemente corregir algunos de estos defectos. En marzo presentó un proyecto de reglamento para los concursos de magistrados destinado a reforzar la idoneidad y el mérito, reducir la discrecionalidad, garantizar el anonimato de las pruebas de oposición y establecer reglas más claras para las entrevistas personales. Es un paso en la dirección correcta. Pero una reforma reglamentaria no será suficiente si quienes deben aplicarla siguen sometidos a los mismos incentivos políticos que han deteriorado el sistema.

La causa relacionada con el ingreso de los Eskenazi a YPF, iniciada en 2006 y dormida desde entonces en el despacho del inefable Juez Ariel Lijo es un ejemplo de cómo el paso del tiempo se convierte en impunidad. Pero también preocupa la volatilidad de algunos criterios judiciales. Lo ocurrido recientemente con los jueces de Casación Diego Barroetaveña y Mariano Borinsky, al dar marcha atrás sobre sus propios criterios y disponer que la causa relacionada con la denominada “quinta de la AFA” sea instruida por el Juzgado Federal de Campana, como pretendían los imputados, vuelve a plantear una pregunta elemental: ¿qué principios permanecen inalterables cuando cambian las circunstancias? No se trata de exigir que los jueces jamás modifiquen sus decisiones; sería absurdo: pueden equivocarse y corregir sus errores. Lo que la sociedad no puede aceptar es que la coherencia jurídica parezca depender del viento político.

Existe, además, un problema mucho más doloroso. Los jueces y camaristas que intervienen en causas por delitos de lesa humanidad tienen una enorme responsabilidad respecto de las condiciones de detención de personas de edad avanzada que, en muchos casos, padecen enfermedades graves. El fallecimiento de más de mil detenidos durante los últimos años, y las condiciones en que muchos atravesaron sus últimos días, demuestra que el Estado argentino no ha cumplido sus obligaciones constitucionales. Un Estado de Derecho no puede convertirse en un Estado de venganza, y quienes administran justicia también están sometidos a la ley.

Aquí aparece el problema esencial: la captura de la toga. No hablo solamente de corrupción, que debe ser castigada con todo rigor, sino de algo más sutil y peligroso: la progresiva identificación de determinados magistrados con intereses del poder político, económico o corporativo. Un juez no debe ser amigo ni enemigo del Gobierno, ser oficialista ni opositor, buscar el aplauso de los medios ni de las redes sociales. Mucho menos debe preguntarse qué consecuencias políticas tendrá una sentencia antes de decidir conforme al derecho. Su obligación es sencilla y difícil: aplicar la ley. A veces esa decisión favorecerá al Gobierno y otras lo perjudicará, beneficiará a un empresario y otras lo condenará; puede proteger a un dirigente político o terminar con él en prisión. Eso es precisamente la independencia judicial. La verdadera independencia no consiste en que los jueces sean independientes cuando nadie los contradice, sino en que puedan ser impopulares sin miedo cuando la Constitución y la ley así lo exigen.

La Argentina necesita jueces que comprendan que su legitimidad no nace de su proximidad con el poder, sino de su capacidad para resistirlo. Necesita concursos transparentes, órdenes de mérito respetados, antecedentes evaluados con rigor, reglas previsibles y decisiones fundadas. Necesita una Justicia veloz, porque una Justicia tardía muchas veces equivale a una Justicia denegada. Y, sobre todo, una Justicia que no tenga miedo de equivocarse contra el poder.

La seguridad jurídica no es una abstracción. Es la certeza de que las reglas serán las mismas para todos: que un contrato será respetado, una inversión tendrá protección, una empresa no dependerá de una decisión arbitraria, un ciudadano podrá reclamar contra el Estado y un poderoso podrá ser condenado si viola la ley. Sin esa certeza no habrá inversiones genuinas, crédito, crecimiento sostenible ni trabajo registrado y bien remunerado. La Argentina ya ha demostrado una extraordinaria capacidad para destruir su moneda, su ahorro, sus empresas y sus oportunidades. Es imperdonable que haya destruido también la confianza en la Justicia.

Por eso, ésta es una carta abierta a los ministros de la Corte. No les pedimos que sean héroes sino algo mucho más elemental: que sean jueces. Que recuerden que la toga no es un escudo para proteger privilegios, sino una carga que obliga a soportar presiones. Que comprendan que la independencia judicial no se declama: se ejerce. Y que sepan que, cuando un juez se atreve a aplicar la ley aún contra el poder, quizá pierda amigos, titulares y aplausos, pero gana algo infinitamente más importante: la República.

 

Bs.As., 8 Sep 26

Publicada en:

https://totalnewsagency.com/2026/09/08/cuando-la-toga-se-arrodilla/

https://www.informadorpublico.com/cuando-la-toga-se-arrodilla/

https://prisioneroenargentina.com/cuando-la-toga-se-arrodilla/

https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/09/07/cuando-la-toga-se-arrodilla.htm


viernes, 4 de septiembre de 2026

Demasiadas piezas en el tablero

 


Demasiadas piezas en el tablero

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1061)

“La historia no se repite, pero rima”.
Mark Twain

Hay momentos en que el mundo parece avanzar hacia ninguna parte. Los acontecimientos se suceden con una velocidad tal que resulta difícil distinguir lo importante de lo accesorio, mientras las grandes potencias mueven sus piezas en un tablero cada vez más peligroso.

Ucrania continúa desangrándose, sin que Rusia consiga imponer definitivamente sus condiciones ni Occidente encuentre la fórmula para terminar con una guerra que ya lleva demasiado tiempo. Donald Trump intenta abrir una puerta hacia la negociación con Vladimir Putin, pero las distancias entre Moscú y Kiev son enormes. Y ésa es la característica más preocupante del mundo actual: nadie parece saber con certeza hacia dónde vamos.

Mientras Europa mira con preocupación hacia Moscú, EEUU tiene otro adversario mayor: China. La disputa ya no es simplemente comercial. Es una pelea por el siglo XXI. Tecnología, inteligencia artificial, energía, telecomunicaciones, minerales estratégicos, rutas marítimas y capacidad militar forman parte de la batalla. China produce, innova, invierte, compra empresas, construye infraestructura y desarrolla una formidable capacidad tecnológica y militar. EEUU intenta contener ese avance con aranceles, sanciones y restricciones tecnológicas. Beijing responde acelerando su autonomía y extendiendo sus vínculos por Asia, África, Medio Oriente y América Latina. Y aquí aparece una diferencia fundamental con la Guerra Fría: había dos bloques, hoy hay muchos jugadores.

India quiere comerciar con EEUU y comprar petróleo ruso. Arabia Saudita mantiene vínculos con Washington y Beijing. Turquía pertenece a la OTAN, pero conversa con Moscú. Brasil procura relacionarse con todos. Los países ya no quieren elegir. Quieren negociar. Los BRICS crecen, el llamado Sur Global reclama protagonismo y la hegemonía occidental encuentra límites que parecían inimaginables. Pero sería igualmente ingenuo creer que EEUU está en retirada. Continúa siendo la principal potencia militar del planeta, conserva una enorme capacidad financiera, tecnológica y diplomática y posee una red de alianzas que China todavía no puede igualar. Lo que está terminando no es la influencia norteamericana. Es su hegemonía indiscutida.

Y allí aparece Taiwán. China considera a la isla parte de su territorio y no ha renunciado a recuperarla, incluso por la fuerza. Taiwán, mientras tanto, mantiene su democracia y su autonomía de hecho. EEUU la respalda, aunque conserva cierta ambigüedad sobre qué haría ante una invasión. El equilibrio es delicado. Porque una guerra allí no sería otra guerra regional. Sería un enfrentamiento entre las dos principales potencias militares y económicas. Una guerra en ese estrecho podría paralizar industrias enteras, alterar el comercio mundial y provocar una crisis de dimensiones inimaginables. Pero existe algo todavía más grave: EEUU y China poseen armas nucleares. Y cuando dos potencias de esa magnitud comienzan a acercarse demasiado al abismo, ya no importa quién tiene razón sino quién conserva la cabeza fría.

En Medio Oriente, la guerra de EEUU contra Irán ha colocado al estrecho de Ormuz en el centro de la escena. Por allí circula una parte (20%) del petróleo que consume el planeta. Y eso significa que una guerra en el Golfo nunca es solamente eso. Una interrupción del transporte marítimo encarece alimentos, fertilizantes, seguros y fletes en países a miles de kilómetros. La globalización, que alguna vez fue presentada como garantía de paz, ha demostrado también su otra cara: nunca fuimos tan interdependientes y nunca fuimos tan vulnerables. Las guerras modernas se libran con petróleo, gas, aranceles, sanciones, chips, minerales, información y dinero. La geopolítica se ha convertido en geoeconomía.

Frente a este panorama, la Argentina no puede continuar comportándose como si el mundo fuera un asunto ajeno. Tenemos petróleo y gas, alimentos, litio y minerales estratégicos, una enorme plataforma marítima, el Atlántico Sur, la Antártida. Y tenemos, además, una ubicación geográfica que adquirirá creciente importancia a medida que el mundo vuelva a valorar los recursos naturales y las rutas de abastecimiento. Por eso resulta incomprensible que nuestra política exterior continúe tan atada a las simpatías o antipatías del gobierno de turno. No podemos ser fervorosos amigos de uno y enemigos del otro según quién ocupe la Casa Blanca o el Kremlin. Los países no tienen amigos permanentes, tienen intereses permanentes, y deberíamos aprenderlo.

Malvinas constituye, en ese sentido, una prueba de madurez. El petróleo descubierto alrededor de las islas y el creciente interés estratégico por el Atlántico Sur vuelven a colocar la soberanía en un escenario mucho más complejo que el de décadas atrás. Tenemos todo el derecho a defender nuestra reivindicación, pero hacerlo con inteligencia. No recuperaremos las Malvinas a fuerza de discursos, ni las empresas británicas abandonarán sus proyectos porque las amenacemos. Necesitamos diplomacia, paciencia, estrategia y una política de Estado que sobreviva a los gobiernos. Porque si algo ha demostrado la historia es que los países serios construyen sus objetivos durante décadas.

El mundo que conocimos después de la caída del Muro de Berlín está desapareciendo. Creímos que el comercio sustituiría a las guerras, que la globalización haría más costoso enfrentarse y que la democracia avanzaría. Nos equivocamos. La guerra regresó a Europa. Medio Oriente continúa siendo un polvorín. Estados Unidos y China disputan el liderazgo mundial. Rusia desafía a Occidente. Europa vuelve a armarse. Los BRICS intentan construir una arquitectura diferente. Y nuevas tecnologías permiten que un dron barato destruya un equipo militar que cuesta millones de dólares. El mundo es hoy más poderoso que nunca. Y, paradójicamente, también más frágil.

Las grandes guerras no siempre comienzan porque alguien decide provocarlas. A veces, porque alguien calcula mal: un avión derribado, un barco atacado, una respuesta que obliga a otra respuesta, y después nadie recuerda quién comenzó. Esa es mi mayor preocupación. Hay demasiados jugadores. Demasiados intereses. Demasiadas armas. Demasiados conflictos: Ucrania, Gaza, Irán, Taiwán, el Ártico, el Atlántico Sur. Demasiadas piezas moviéndose sobre un tablero cuyo final nadie conoce. La Argentina deberá decidir si quiere limitarse a observar la partida o comenzar, por una vez, a pensar cuál debe ser su propio movimiento. Porque esta vez no estamos mirando el tablero desde afuera, también somos una pieza. Sería imperdonable descubrirlo cuando ya sea demasiado tarde.

Bs.As., 5 Sep 26

Publicado en:

https://www.notiar.com.ar/index.php/opinion/142377-demasiadas-piezas-en-el-tablero-por-enrique-guillermo-avogadro

https://totalnewsagency.com/2026/09/04/demasiadas-piezas-en-el-tablero/

https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/09/04/demasiadas-piezas-en-el-tablero.htm

https://prisioneroenargentina.com/demasiadas-piezas-en-el-tablero/

https://www.informadorpublico.com/demasiadas-piezas-en-el-tablero/

http://www.diarioenfoques.net/index/edition/e/2465/s/14

https://prisioneroenargentina.com/lo-mas-visto-%e2%99%a3-set-12-2026/