domingo, 17 de agosto de 2014

¿Quién le teme a Cristina K?



¿Quién le teme a Cristina K?

“No recuerdo ningún caso en que el Generoso Monarca le retirase el nombramiento a alguien o le apretara las tuercas por motivos de corrupción. ¡Que se corrompiese cuanto quisiese pero, eso sí, que demostrase su lealtad! Ryszard Kapuściński

Debo recordar que he escrito infinidad de notas, como puede verse en mi blog, describiendo el terrible nivel de corrupción que el gobierno de los Kirchner tiene desde su mismo origen en la Provincia de Santa Cruz, y lo califiqué como un genocidio, tal como se define este delito de lesa humanidad en el Estatuto de Roma, que entró en vigor en 2002 y que, a partir de su firma por nuestro país, tiene aquí rango constitucional.

En efecto, su artículo 6° caracteriza como tal a los actos perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso mediante la matanza de miembros del grupo; la lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; el sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; las medidas destinadas a impedir nacimientos en el seno del grupo; etc.

Sobre la base de esa definición, y visto que los directos perjudicados por la inacción del Estado frente a las necesidades básicas, garantizadas por la Constitución, pertenecen a los estratos más humildes, resulta claro que se está actuando con el propósito de eliminar individuos y comunidades enteras, sobre todo aborígenes; esos mismos que la falsa política de derechos humanos que integra el “relato” dice privilegiar. Resulta obvio que en la Argentina el Gobierno y sus integrantes está cometiendo un verdadero genocidio.

Sabía que, en los últimos once años, se han recaudado nada menos que un millón de millones de dólares, y más allá de preguntarme desde siempre dónde están, ya que nos hemos empobrecido en caminos, en puertos, en comunicaciones, en hospitales, en viviendas, en electricidad, en petróleo, en gas, en ferrocarriles, etc., pero el programa de Jorge Lanata del domingo pasado, cuando mostró qué sucede en los comedores escolares –donde los chicos lloran de hambre porque ni siquiera alcanza el pan y se carece de leche- de las provincias argentinas, consiguió revolverme el estómago.

Los montos asignados a la alimentación diaria lo dicen todo: Jujuy ($ 3,50); Chaco ($ 4,50); Misiones ($ 3,50); Catamarca ($ 4,00); Entre Ríos ($ 3,80); Buenos Aires ($ 6,30), es decir, menos de US$ 0,50 por día, y sólo cuando esos comedores funcionan, explican mi indignación. Hace unos meses, además, el mismo programa había reflejado los problemas que la desnutrición infantil provoca, en las provincias del norte, en el desarrollo cerebral de los niños afectados.

Todos hemos contemplado, impertérritos, las inexplicables mansiones y otros lujos (aviones, yates, autos de altísima gama, relojes y joyas exhuberantes) de los que disponen la Presidente, Guita-rrita Boudou, los gobernadores, los ministros, los secretarios presidenciales, los testaferros y hasta funcionarios de menor rango. Nos reímos cuando se enumeran los fabulosos sueldos que perciben los nuevos burócratas, carentes de todo mérito, que La Cámpora –tan justamente calificada como “agencia de colocaciones” por Jorge Asís- ha introducido por la ventana en las empresas y en reparticiones del Estado de toda laya.

Pero, cuando todos esos horrores se contrastan con el hambre de los chicos, con su desnutrición y su mortalidad, y vemos cuántos de nuestros conciudadanos viven en inmundas covachas y carecen de los elementos más elementales para tener una vida digna, a todos los argentinos de bien debería saltársenos la llave térmica. Pensar en el mejor destino que las montañas de dinero que se gasta en subsidiar Aerolíneas Argentinas y Fútbol para Todos, o en la publicidad de la inexistente gestión de los diferentes gobiernos, debiera motivar masivas manifestaciones de una sociedad que, lamentablemente, está inficionada por el peor virus, el “sálvese quien pueda” que hoy nos caracteriza.

Que tipos como Capitanich/Bacileff Ivanoff (Chaco), Closs (Misiones), Insfrán (Formosa), Fellner (Jujuy), Urtubey (Salta), Alperovich (Tucumán), los Zamora (Santiago del Estero), se comporten como señores feudales de las provincias más pobres de la Argentina, roben sus bienes y gasten sus magros presupuestos en flotas aéreas o en vivir con modos dignos de un maharajá, o que Scioli (Buenos Aires) se atrase en el pago a los comedores escolares para solventar sus maniáticas “ondas naranjas”, clama al cielo cuando la pantalla del televisor nos muestra cómo viven, y cómo mueren, tantos de los habitantes de sus provincias.

La vocación de los holdouts por perseguir fondos del Estado a los cuales echar mano, y tal como ya hicieron con el Congo en los 90’s, los ha llevado a efectuar una presentación ante la Justicia norteamericana aduciendo que el dinero proveniente de la corrupción pertenece, en realidad, a la Argentina, y han obtenido de un Juez del Estado de Nevada una orden para que las ciento veintitres sociedades que se atribuyen a Bóvedas Báez expliquen quiénes son sus dueños y exhiban sus contabilidades, y todo ello en un plazo perentorio de treinta días; el propio Juez calificó a doña Cristina, a don Néstor (q.e.p.d.) y a Báez como “trío siniestro”. Es decir, serán nada menos que los fondos “buitre” quienes –ante la inacción de la Justicia argentina, encarnada en el caso por el Juez Casanello- nos permitirán conocer la ruta del dinero robado aquí que, previo paso por varios paraísos fiscales, regresaron ya lavados y planchados.

Estamos hablando de montos hurtados -o distraídos en actividades ridículas- que, como es obvio por su magnitud, permitirían alimentar razonablemente a los miles de chicos argentinos que hoy pasan hambre o mueren en la primera infancia, y atender la salud y el déficit habitacional de miles de ciudadanos, construir hospitales, cloacas y escuelas, etc.

Para tener una idea acerca de la realidad social que nos dejará la “década ganada por tan pocos”, basta con revisar algunas cifras del indiscutido Observatorio Social de la Universidad Católica. El 25% (diez millones) de los argentinos no tiene empleo formal, vivienda digna, educación de calidad y salud suficiente; casi el 50% de los trabajadores tiene trabajo precario o indigente (por ejemplo, “cartoneo”); la desnutrición alcanza a tres millones de personas; el 37% de los jóvenes no consigue terminar el secundario, y el 20% es “ni-ni”, porque no trabajan ni estudian; el 10% de las viviendas no tiene agua corriente, y el 30% cloacas; el 90% de los trabajadores registrados gana menos de US$ 1300 al mes, y el 85% de los jubilados percibe US$ 200 mensuales.

Y si comprobamos que los carteles de la droga y los laboratorios creados para contrabandear efedrina, con la complicidad activa de funcionarios de alto rango del Gobierno, financiaron la campaña presidencial de Cristina Kirchner y están matando con el “paco” y la violencia a los mismos que la corrupción ha transformado en “ni-ni”, se completa claramente el cuadro de genocidio del que acuso a todos estos malparidos.

La Presidente, el jueves, olvidó que los mayores “buitres” de la Argentina son ella misma y todos los que la rodean, y que lo que está sucediendo en la economía es sólo fruto de su empecinamiento en encomendar su conducción a alguien tan inexperto y tan torpe como el Bambino Kiciloff. Así, evitando asumir cualquier responsabilidad, anunció que denunciará a la empresa gráfica Donnelley, que pidió su propia quiebra, de infringir la ley antiterrorista. Con ello, avanzó un poco más hacia la “chavización” de la sociedad, tendencia que se incrementa con el proyecto de ley de abastecimiento que enviará al Congreso en esta misma semana.

Más allá de los discursos, vuelvo a preguntarme: ¿quién le teme a Cristina Kirchner? Porque una cosa es intentar este nuevo giro para un régimen con fuerza política y militar, como era el del papagayo caribeño e intenta ser el de Maduro, y una muy distinta es querer modificar las bases fundamentales de la sociedad cuando el poder del que se disponía se ha deshilachado, se encienden focos de protesta y resistencia en todos los resquicios de la economía, y ninguna medida que el Gobierno adopta tiene efecto alguno.

A contramano de la sensación de pánico que invade tanto a los opositores como a las asociaciones empresariales, creo que todo cuanto formó parte del discurso presidencial del jueves sólo consigue suscitar un odio mayor hacia los Kirchner y sus funcionarios, un sentimiento que sólo podrá ser satisfecho cuando todos ellos deban desfilar ante los jueces de Comodoro Py, que necesitarán lavar su imagen pública después de garantizar, durante tantos años, impunidad a la corrupción.

Para finalizar, un aviso parroquial. El martes 19 (a partir de las 14:30) y el miércoles 20, los miembros de la Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia, constituiremos, con el concurso de distinguidas personalidades latinoamericanas, el Foro de Buenos Aires, que se llevará a cabo en el Hotel Meliá (Reconquista 945, Buenos Aires), con entrada libre y gratuita, previa confirmación a justiciayconcordia@justiciayconcordia.org o al teléfono (011) 5273 9978. El programa, y los nombres de los disertantes pueden verse en www.justiciayconcordia.org. Nos gustaría mucho que nos acompañara.



domingo, 10 de agosto de 2014

El Coraje como Materia Prima



El Coraje como Materia Prima


“Vení, che; no te hagas rogar. ¿O te vas a achicar ahora?” Cristina Fernández de Kirchner


Más allá de la tormenta autogenerada en relación con los holdouts, producto de la necedad, la ignorancia y la torpeza de nuestros funcionarios, que resolvieron ignorar las consecuencias de un fallo que ya tiene más de dos años de antigüedad, el panorama de la economía argentina y, consecuentemente, de las consecuencias sociales que acarrea, no podría ser peor.

La escasez de los dólares imprescindibles para pagar la deuda e importar la esencial energía, el cepo cambiario, la desfinanciación del Banco Central y de la Anses, la descontrolada emisión de pesos para paliar el incontenido déficit fiscal, la creciente inflación que destruye el poder adquisitivo de los salarios, la cerrada negativa a actualizar las alícuotas del impuesto a las ganancias, la insoportable presión tributaria, la caída en las inversiones, los generalizados despidos y suspensiones, la inocultable recesión, el cierre provisorio o definitivo de industrias y comercios, son todos graves expresiones de un sistema enfermo, próximo a caer en coma.

Todos esos síntomas, como es obvio a partir de la guerra que hemos declarado al mundo todo, tenderán a profundizarse en los próximos meses, porque cualquier plan económico que pretendiera tener éxito, si es que el Gobierno pudiera sacar uno de la galera, requeriría de la confianza de la población, una virtud de cuya posesión el kirchnerismo en retirada no puede, precisamente, vanagloriarse.

Ese somero diagnóstico me lleva a preguntarme si los pre-candidatos “presidenciables” –es decir, aquéllos que, a priori, pueden aspirar a ganar las elecciones- son conscientes de la magnitud de los problemas que deberán enfrentar cuando lleguen a la meta y, sobre todo, cuánto peor será el cuadro si la Presidente llega al final de su mandato en la fecha prevista. En una palabra, si se dan cuenta del costo sideral que tendremos que pagar los argentinos si los políticos deciden ‘hacer la plancha’ hasta diciembre de 2015.

Es claro que, para construir cualquier proyecto, resulta imprescindible contar con la materia prima del caso, y que casi ningún estamento de nuestra sociedad la tiene. Los pre-candidatos mejor posicionados, porque sólo aspiran a llegar sin importar el precio y sin arriesgarse a decir qué cosas concretas harían si triunfan; los políticos, porque sólo quieren conservar sus canonjías y acomodar a sus allegados; los empresarios, porque dependen tanto del Estado para tener éxito en los negocios que están dispuestos a sacrificar en ese altar a todas las instituciones republicanas; los jueces, porque son incapaces de recurrir a los mecanismos constitucionales para imponer el cumplimiento de sus fallos; los militares, porque han desaparecido como factor de poder y sus aspiraciones se reducen ya a mejorar sus magrísimos salarios y su pobre equipamiento; los maestros –ahora, “trabajadores de la educación”-, porque han perdido la vocación por enseñar; las clases acomodadas, porque su individualismo las ha llevado a abdicar de sus derechos y de sus obligaciones con la sociedad.

Después de ese triste inventario, quedan pocas organizaciones sociales susceptibles de encabezar el cambio que nos permita corregir el rumbo de colisión contra su propia historia que la Argentina está siguiendo hace décadas. Podríamos rescatar, al menos en principio, a dos: la Iglesia, de la mano de S.S. Francisco, y los sindicatos. Sé que estos últimos están altamente cuestionados por su imagen social, pero lo cierto es que sus dirigentes constituyen hoy la única “oligarquía” en términos políticos; saben por qué luchan y asumen su rol, más allá de la corrupción en la que muchos de ellos han caído.

Cuando he discutido el papel de los empresarios, la respuesta casi unánime es que, en la medida en que en nuestro país uno se entera si es rico o pobre por el diario del día siguiente, ya que carecemos de seguridad jurídica y horizontes de previsibilidad, no les queda más remedio que aspirar a los negocios que los burócratas de turno pueden habilitarles. Este razonamiento, o esta excusa, son rigurosamente falsos. Les resulta infinitamente más cómodo y menos riesgoso a nuestros pseudo ‘capitanes de la industria’ contar con un mercado, por muy chiquito que sea que, protegido por el Estado y convertido en un zoológico en el que cazar, les permita producir a cualquier precio y con baja calidad. Contra esa postura, he formulado propuestas concretas, como puede verse en la nota que titulé “Una respetuosa sugerencia a la Unión Industrial” (hacer click en http://tinyurl.com/7a2jgdn); está demás decir que no tuve con ellas éxito alguno.

Pero, volviendo a los “presidenciables” y a su manifiesta incapacidad para asumir el papel que el momento les asigna, la chabacana forma en que la Presidente se dirigió a alguno de los integrantes de la selección nacional de fútbol a su llegada al país después del Mundial, parece que les resulta aplicable. Ante el momento crucial que vive nuestro país, ¿se van a achicar ahora o estarán dispuestos a asumir la responsabilidad con el futuro?; la Historia no será generosa con ellos si no lo hacen ya. Así como Perón y Balbín, además de muchos otros, estuvieron dispuestos a correr a la dictadura del Gral. Lanusse con “La Hora del Pueblo”, hoy mismo deberían reunirse todos los partidos de oposición para exigir e imponer el cambio de rumbo –o de tiempos-, antes de que Argentina choque con el enorme iceberg que tenemos a simple vista.

Sin embargo, aún si eso no se diera, conservo una cierta esperanza en un mañana mejor, y lo hago por dos razones concretas. La primera es que, al contrario de lo que ha sucedido siempre en nuestro país, salvo escasísimas excepciones, las próximas elecciones –cuando quiera que se realicen- no permitirán al próximo presidente contar con un Congreso con mayorías propias y, de allí en más, será necesaria una negociación permanente con la oposición, materia prima indispensable para la cultura política. Se me podrá decir que, con los legisladores que las listas sábanas nos proporcionan, siempre existirá la posibilidad de desenfundar “banelcos”, pero confío, como Jorge Asís, en el tsunami de decencia que acompañará la retirada de los Kirchner. La segunda razón es que quien se siente en el sillón de Rivadavia no dispondrá de fondos ilimitados, como sucedió en esta estirada década, y ello le impedirá ejercer el populismo, que tanto daño le ha hecho a la política y a la sociedad desde hace muchos años.

En cambio, me inquieta enormemente cuán atrás aparece la educación en la lista de preocupaciones y prioridades sociales que enumeran las encuestas más serias. Si la ciudadanía no toma consciencia ya mismo acerca de nuestra decadencia en el único motor de desarrollo con que cuenta la humanidad en este siglo XXI, la brecha que nos separa de las principales economías del mundo continuará creciendo geométricamente, y los cincuenta años actuales se transformarán en un agujero imposible de rellenar. No se trata de ideología, como lo demuestran regímenes tan disímiles como Brasil, China y Ecuador, con sus millares de estudiantes becados en las mejores universidades norteamericanas, sino de mera sensatez.

Si bien, como en muchísimas otros aspectos, carecemos de los ingentes recursos que resultan indispensables para encarar la masiva investigación científica en todos los órdenes, ello no debiera impedirnos recrear la universidad pública que supimos tener y de la cual se enorgullecía toda América Latina; también allí nuestro derrumbe como sociedad es comprobable, ya que ninguna de las argentinas figura en el ranking de las mejores quinientas del mundo. En este campo he realizado propuestas que creí inteligentes –ver “Estúpida Universidad” (clickear en http://tinyurl.com/bx9t7mt)- pero, una vez más, no conseguí ser profeta en mi propia tierra.

El conocimiento, y no las riquezas naturales, es el principal factor para construir el futuro, un futuro que la política sigue negando a los habitantes de esta triste nación. Pero, como es lógico, se requiere que encomendemos la administración de nuestra patria –que debiera ser nuestro bien más preciado-  a verdaderos estadistas, es decir, a aquéllos que, en lugar de las próximas elecciones, piensen en las próximas generaciones; hombres y mujeres que, como materia prima de su carácter, tengan el coraje necesario para encarar este trascendental cambio de rumbo en nuestro destino.


sábado, 2 de agosto de 2014

Esperando la Carroza

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Esperando la Carroza

“Aprenda a amar sus derrotas, Marcus, pues son las que lo construirán. Son sus derrotas las que darán sabor a sus victorias” Joël Dicker

Finalmente, y contra toda esperanza, el reloj siguió marcando las horas, Dios no recordó a tiempo que era argentino, y doña Cristina y su valido, el Bambino Kiciloff, hicieron caer al país nuevamente en default, ya declarado por todas las agencias calificadoras y por las asociaciones de tenedores particulares de bonos que, unánimemente, activaron el pago de los seguros contratados para cubrir ese innegable riesgo de nuestra economía, comandada por aprendices de brujos fracasados.

Por supuesto, hubo en la Casa Rosada una fiesta comparable a la que organizó el Congreso para aplaudir a Adolfo Rodríguez Saa, cuanto declaró en diciembre de 2001 que la Argentina no pagaría sus deudas, y el patrioterismo y el falso nacionalismo dieron el insólito presente para celebrar que la cuenta de esa fiesta, como siempre, la pagaremos todos en más inflación, menos inversión, menos trabajo, más pobreza, más indigencia, menos salud, menos vivienda, peor infraestructura, más atraso y más marginación.

Pero, ya que no hay pan, que al menos haya circo: los afiches con que fueron empapeladas las paredes de Buenos Aires (antes Braden o Perón, hoy Cristina o Griesa) sirvieron para eso. Que las encuestas hablen del crecimiento de la imagen positiva de la Presidente dice mucho acerca de la educación: si la mitad de los jóvenes no comprenden lo que leen, mal podrán entender, a priori, cuánto afectará su propia vida algo tan lejano como la renovada cesación de pagos nacional.

Contra lo que se podría esperar, no hablaré más, al menos por esta semana, de los detalles del proceso que enfrenta a la Argentina con los llamados “fondos buitres”, ya que de ello se han ocupado en demasía todos los periodistas y expertos; en cambio, volveré sobre la increíble evolución -¿o debería decir involución?- de nuestra economía y nuestra sociedad durante una década -de once años- que se caracterizó por precios inimaginables para nuestros productos exportables y por una presión impositiva inédita por estas pampas.

Juan José Llach, en una fantástica columna que publicó el viernes La Nación, hizo un somero inventario comparativo del mal desempeño kirchnerista en esas materias, que revela la falsedad del “relato”. Reproduciré aquí uno de sus párrafos: “El PBI por habitante de la Argentina creció apenas 1,9% en los últimos quince años, menos que los de Perú (4,1), Chile (2,9), Uruguay, (2,5), Colombia (2,3) y Brasil (2,1). Tenemos hoy la segunda mayor inflación entre 191 países, detrás de Venezuela, y un alto riesgo soberano que encarece el crédito y merma la inversión. Hay crecientes falencias en la productividad y en la competitividad, con pobre desempeño de las cantidades exportadas. La inversión de los últimos diez años promedió un pobrísimo 18% del PBI, y en la inversión extranjera estamos en el noveno lugar per cápita en la región, detrás de Brasil, México, Chile, Colombia, Costa Rica, Panamá, Perú y Uruguay. La herencia fiscal será más gravosa aún por la pobre productividad del sector público que por los niveles de presión tributaria y gasto público, 36,4% y 40,5% del PBI, muy cercanos a los de los países desarrollados. Es mala la composición del gasto, hay enormes e insostenibles subsidios a sectores pudientes y claros excesos de empleo público, se destruyó la carrera del funcionario público reemplazándola por un burdo amiguismo y es baja la eficacia de la inversión en sectores clave como la educación, la justicia o la seguridad. En pareja línea, los impuestos que cada año castigan la producción y las exportaciones marcan un récord mundial de 7,7% del PBI, unos 45.000 millones de dólares. Cierto, aun con errores, ha habido logros en salud, en políticas sociales como la asignación por hijo y la alta cobertura de jubilaciones y pensiones y en ciencia y tecnología. Pero, a su pesar, no se redujeron sosteniblemente ni la exclusión ni la pobreza estructural, y la mejora de la distribución del ingreso fue muy pequeña”.

Quien haya tenido la paciencia –o el masoquismo- de leer mis notas hasta la fecha, recordará cuánto he despotricado, durante casi diez años, contra la forma de hacer política de los Kirchner, y cuánto los he acusado de genocidio, porque aquí la monstruosa corrupción aparejada ya reviste las características que definen ese crimen contra la humanidad en el Tratado de Roma.

Cuando la investigación histórica de esta década llegue hasta el hueso, sabremos finalmente cuánto hemos pagado los argentinos –en vidas, en salud, en vivienda, en educación, en justicia- para enriquecer las faltriqueras de quienes nos han gobernado. Han comenzado a correr rumores que señalan que ya se han puesto en marcha acciones de algunos acreedores de nuestro país tendientes a descubrir fortunas, encabezados por la de doña Cristina y sus hijos, provenientes de la corrupción y, entonces, pertenecientes al Estado, que serían susceptibles de ser embargadas y ejecutadas, como ya ha sucedido en el pasado con algún dictador congoleño.

En materia social, la herencia kirchnerista estará marcada por una fractura y una grieta sólo comparables, en dimensión, con las que generaron las guerras civiles del siglo XIX y con la que protagonizaron el peronismo y los antiperonistas desde 1955; que esta última haya terminado con los balazos y bombazos de los “jóvenes idealistas” en los 70’s, no deja de ser un mal antecedente, en especial porque quienes pretenden reivindicar la validez de esa forma criminal de hacer política son los mismos que hoy se encuentran en el poder y que, estoy seguro, estarán dispuestos a vender caras su libertad y sus fortunas mal habidas.

En fin, más allá de la épica con que la Casa Rosada pretende maquillar la nefasta realidad, y salvo que se produzca uno de esos milagros tan escasos en el tercer milenio, el tren de la Argentina se encamina, otra vez, a un túnel oscuro; los opositores, como siempre, prefieren viajar sin dar muestras de preocuparse por las decisiones de quienes lo conducen, esperando que un nuevo desastre ferroviario, sin esfuerzo propio, lleve el agua a sus propios molinos.

Triste final para una época que nos hubiera permitido cerrar, aunque fuera parcialmente, el abismo que nos separa de las principales naciones del mundo, que han descubierto que, en el siglo XXI, será el conocimiento el que marque las diferencias. Y debo señalar que no se trata de ideologías, ya que Ecuador, bajo la presidencia del más que criticable Correa, lo ha entendido así y está realizando ingentes esfuerzos para superar una situación social que, en su origen, era mucho peor que la nuestra.

Bogotá, 3 Ago 14






domingo, 27 de julio de 2014

Reloj, no marques las horas



Reloj, no marques las horas


“El populismo se inventó para poder disfrutar del poder en períodos más breves”.
Carlos Pagni



Que a horas de la fecha límite, una sociedad no supiera aún qué va a ser de ella frente al mundo, parecería bastante raro en un país cualquiera pero, como siempre, la Argentina también por esto quiere entrar en el libro de los records. Tal vez se deba a que, como en tantas otras cosas, la falta de educación –de la cual los Kirchner tienen una parte de culpa no menor- hace que la ciudadanía en general no perciba qué significa caer, nuevamente, en default, aunque éste sea maquillado con calificativos tales como “limitado” o “selectivo”, en materia de falta de inversiones, de pérdida de empleos, de mayor inflación, de menor salud, viviendas e infraestructura. 

¡Difícil debería resultar a quien tuviera un único discurso cuestionar la legitimidad de los fallos de la Justicia estadounidense cuando, a la vez, se firman acuerdos con China que someten la relación a la jurisdicción de los jueces ingleses! Es más, me atrevo a apostar que en los contratos firmados con Chevron, Repsol y el Club de Paris, cuyas cláusulas aún resultan secretas hasta para los legisladores que los aprobaron, también se pactaron que las diferencias que puedan surgir serán resueltas por tribunales no argentinos. Porque quienes desde el Gobierno lanzan tan fuertes críticas al Juez Griesa, parecen olvidar que fueron don Néstor (q.e.p.d.) y la propia doña Cristina quienes acordaron que los bonos entregados en los canjes de 2005 y 2010 tampoco estén alcanzados por los jueces de nuestro país.

Es que, por mucho que nos pese, esa es la única forma de conseguir inversiones y fondos frescos, porque la mala fama de todas nuestras instituciones, cuya degradación se ha acentuado fuertemente durante la “década ganada por los K”, ya resulta demasiado conocida en el mundo entero; el Presidente Xi Jinping le aclaró a la viuda de Kirchner, una vez más, que los kamikazes eran los japoneses, quienes aún así no manifiestan interés alguno en invertir aquí.

Las razones personales determinantes no pueden ser despreciadas, tampoco en lo que se refiere al problema con los holdouts. La Presidente, como antes su fallecido cónyuge, rechazaron de plano y durante diez años cualquier negociación previa con quienes se negaron a entrar en los canjes de deuda, y el Congreso servicial se prestó a prohibirla por ley. El equipo de jóvenes funcionarios que doña Cristina ha puesto a cargo de esa negociación in extremis, que pretende concretar después de varias sentencias en contra, proviene de la cantera del Bambino Kiciloff y es el mismo que montó el cepo cambiario, que desató el déficit fiscal que padecemos, que exacerbó la inflación y, en resumen, el culpable de gran parte de los males que nos aquejan.

La situación de la economía, y su decisiva influencia sobre el clima social, es cada vez más complicada, y ni el futuro banco que organizarán los BRICS ni los swaps en yuanes le permitirán al Gobierno equilibrarla en lo que resta de su mandato, cuando quiera que ese final se produzca. El sueño de doña Cristina de replicar en su futuro el proceso que llevó a Michele Bachelet a un tercer mandato, se está haciendo añicos por la detonación de muchas de las bombas que sembró para que explotaran a su sucesor.

La escasez de dólares, agravada por la fuerte reducción en el comercio exterior y en el precio internacional de la soja, y el notable incremento en el gasto público, que lleva al Gobierno a la necesidad de imprimir cada vez más pesos, está sosteniendo un ritmo de inflación que pauperiza ya a la mayoría de los ciudadanos. Ese es el fuego de la hornalla sobre la que se sigue calentando la olla a presión a punto de estallar, como se ve diariamente en las calles de todo el país.

Como era previsible, las diferentes centrales sindicales han unificado su reclamo, en especial frente al disparatado impuesto a las ganancias –en realidad, un impuesto al trabajo- que se lleva gran parte de los aumentos obtenidos en las paritarias que ya se cerraron y del medio aguinaldo, cobrado hace pocos días, y también frente a las jubilaciones de hambre. Chapita Caló, Centauro Rodríguez y Taxi Viviani, hasta ahora tan fervientes defensores del Gobierno frente a sus afiliados, se están viendo obligados a aumentar la presión sobre la Casa Rosada, porque su poder se desgrana día a día, decantando a favor de comisiones internas, formadas en la izquierda combativa.

El mes que comenzará esta semana traerá aparejada una huelga general decretada por algunas de esas centrales obreras que, sin duda, será acompañada por muchos de los afiliados de las demás, que sufren en carne propia los mismos perjuicios que afectan a todos los trabajadores registrados y, mucho más, a quienes no lo están o ya integran la clase pasiva. Ese panorama de conflicto social no podrá menos que agravarse si por la torpeza, por la insana testarudez o por el pánico ante las consecuencias de sus actos de los funcionarios responsables de la injustificablemente demorada negociación, caemos en default.

Así que, reloj, detén el tiempo en tus manos y haz esta semana perpetua, porque si el jueves, al despertar, nos enteramos que nos hemos vuelto a caer del mundo, nada será igual aquí. Pero, si tenemos a SS Francisco, a Máxima y a Messi, tal vez Dios se acuerde de que es argentino.