sábado, 14 de julio de 2018

¡Qué minas!





¡Qué minas!



“Una gabardina colgada del perchero ha 
conservado la forma del cuerpo ausente”. 
Dolores Soler-Espiauba


Aunque muchos se lo suplicaron en diciembre de 2015 y a principios de 2016, los asesores de Mauricio Macri lo convencieron de que sería contraproducente describir con precisión la situación económica y social que Cristina Elisabet Fernández le había dejado en reemplazo de la banda presidencial y del bastón de mando, y así se perdió una oportunidad histórica: entregar formalmente a la sociedad un croquis detallado que le permitiera transitar con alguna seguridad a través de ese inmenso campo minado.

  Sin embargo, nadie podía prever que, mientras caminábamos aterrados por la posibilidad cierta de una explosión, del cielo cayeran bombas aún más destructivas: la sequía que trajo La Niña y las inundaciones que, conjugadas, llevaron a una sideral pérdida de nuestras cosechas. En cambio, sí resultaba previsible que las políticas comerciales de Donald Trump –“USA first!”- trajeran aparejada una revalorización fuerte del dólar y un aumento progresivo de las tasas de interés norteamericanas, que se transformaron en una gigantesca aspiradora de los fondos mundiales que, mientras subsistían tasas casi negativas, habían buscado lucrar en los mercados emergentes y de frontera, como era la Argentina.

Al frente de un país como el nuestro, cuyo Estado gasta muchísimo más que lo que recibe, no genera los dólares comerciales por exportaciones capaces de corregir tanto déficit ni el ahorro interno necesario para financiarlo, que mantiene una presión tributaria record sobre el sector formal (el otro evade sin medida) y una inflación cercana al 30% anual, y que carece de moneda propia (aquí el peso no es un refugio de valor), el Presidente optó razonablemente por aplicar una receta de corrección gradual de los gravísimos problemas heredados.

La alternativa, el ajuste inmediato de tantas variables desacomodadas a propósito por su antecesora, fue dejada de lado por la conmoción social que, sin duda, hubiera provocado. Para comprobar este aserto basta con recordar qué sucedió cuando se puso en marcha una más que tibia reforma previsional o se incrementaron las tarifas de los servicios y de los combustibles, sobre todo a la capital y el Conurbano.

Entonces, se recurrió a los mercados voluntarios internacionales de crédito que, como dije, estuvieron encantados de prestarnos dinero mientras no existían otras posibilidades mejores y de renta segura; cuando éstas aparecieron, salieron corriendo pese a los altísimos rendimientos que aquí les ofrecemos. Esa fuga fue, precisamente, la que provocó la crisis cambiaria que soportamos hasta hace quince días, mucho más fuerte –por nuestra permanente fragilidad- que las que sacudieron a las demás economías en todo el mundo.

Nuestro pobre peso –sólo una unidad de intercambio-, que venía con un claro atraso comparativo, se devaluó como ninguna otra moneda regional, si se excluye al bolívar de la asesinada Venezuela, y ello pese que, cumpliendo su compromiso, el Gobierno no emitió, como hizo el kircherismo para enmascarar sus permanentes desaguisados.

Y así llegamos al FMI que, con el inmenso apoyo internacional que recoge esta administración, nos sacó un poco las papas del fuego. Pero, como se dice, no hay almuerzo gratis, y ahora hemos llegado al momento en que debemos dejar de lado los modos graduales de reducir el gasto público y el derroche al que los argentinos somos tan afectos. Ahora, Macri debe aplicar recetas duras, aunque ya no cuente con la popularidad que lo llevó a ganar en 2015 y 2017, que le hubiera permitido sortear con mayor tranquilidad el temporal que viene con vientos fuertes: la economía enfriándose, una inflación indomable que este mes superará el 3% y los coletazos que llegarán desde lejanas playas por la guerra comercial pronta a desatarse entre Estados Unidos y China, que hará temblar al mundo entero.

La tormenta social es inevitable, pero eso no me impide preguntarme cuál es la receta que aplicarían para alivianarla quienes protestan todos los días en la calle, quienes se resisten al achicamiento de la planta de empleados estatales, quienes se rasgan las vestiduras por los aumentos en los precios del transporte, del gas, de la electricidad, de la nafta o del gasoil, o los periodistas que se desgañitan quejándose del Gobierno.

Sergio Massa y su equipo, que recientemente presentaron un pseudo plan económico, confirmando la validez del teorema de Baglini obviaron maliciosamente explicarnos de dónde saldrían los fondos necesarios para continuar subsidiando todo eso; y lo mismo hacen tanto las restantes tribus peronistas cuanto los movimientos insurreccionales de izquierda.

Señores: o nos ponemos serios o llegará a la Casa Rosada un símil de Nicolás Maduro para expropiar todas las empresas, propiedades y campos, para enriquecer a su claque incondicional y para, cuando hasta eso se acabe, hambrear a la población y sumirla en la desesperación más absoluta, como prueba el masivo éxodo de venezolanos que llegan en masa a los países de la región. Pensemos que, a pesar de flotar sobre un inmenso mar de petróleo, el chavismo ha producido esa gigantesca catástrofe humanitaria que hoy obliga a sus ciudadanos a abandonar todo para no sucumbir ante las enfermedades y el hambre.

No se trata de recurrir al viejo apotegma –“yo o el diluvio”- sino de un hecho casi físico: alguien debe pagar tanto disparate, y ese alguien hoy no existe; no hay, ni siquiera entre los propios argentinos, quien esté dispuesto a enterrar aquí sus ahorros para que sigamos transitando este insano camino de gastar más de lo que tenemos. Si aumentamos los impuestos, ahogaremos aún más nuestra economía; y si no pagamos lo que nos prestaron hasta ahora, caeremos en un nuevo default, con todas las terribles consecuencias que acarrea caerse del mapa del mundo.

  Me parece que, mal que le pese, Macri debe hacer uso de la cadena nacional y explicarle todo esto a un país angustiado por muchas voces interesadas en hacerse con el poder para lucrar desde él, como han hecho casi todos en los últimos setenta años. Pero, otro gran problema comunicacional del Gobierno, también para enumerar las obras de infraestructura que se han encarado, y de las cuales dan escasísima cuenta sólo las informaciones que nos llegan, desde el interior, a través de las redes sociales.

¿Por qué se permite a los miembros del “club del helicóptero” el monopolio de los micrófonos y de las cámaras de televisión? ¿Por qué no mostrar las cloacas, las viviendas, las rutas, los puentes, los pavimentos que se han hecho y que benefician a miles de compatriotas? Es cierto que el kirchnerismo hizo claro y mentiroso abuso de esa forma de relacionarse con la sociedad, pero Cambiemos está pagando un alto precio por abstenerse irracionalmente de hacerlo.

Basta con que se diga la verdad, aún cuando esa verdad sea dolorosa, ya que costará mucho más seguir permitiendo a tantas inescrupulosas voces  propalar de la desesperanza.  

Bs.As., 14 Jul 18


viernes, 6 de julio de 2018

Cristinita, ¿otros US$ 5.000 MM?




Cristinita, ¿otros US$ 5.000 MM?


“La historia la juzgará. Pero tiene el 
mejor de los abogados: el olvido”. 
Roberto Fontanarrosa


A veces, como todo el mundo, me he preguntado, al enterarme de las enormes fortunas que han acumulado algunas personas en el mundo, para qué quieren más; es el caso de algunos megamillonarios, futbolistas, especuladores y, sobre todo, funcionarios políticos que han robado hasta el hartazgo. Gracias a Dios, América Latina y Europa están llenas de ejemplos de estos últimos que hoy miran la realidad desde el otro lado de las rejas.

Argentina, como todos sabemos, es la excepción –como en tantas otras cosas negativas- en la inmensa ola de represión a la corrupción que está recorriendo el planeta y que, con ella, trajo significativos cambios en los regímenes políticos, por la presión civil que las sociedades mantienen sobre sus dirigencias; en la región, los últimos ejemplos son, claro, la ensangrentada Nicaragua, Guatemala y, desde hace una semana, México.

Pero hubo una noticia que, en medio del mundial de fútbol y la crisis cambiaria que se desató aquí, pasó absolutamente desapercibida: un fondo especulativo, Burford Capitals, que ¿compró? los derechos del grupo Petersen a litigar contra nuestro país por la expropiación del 51% de YPF, porque no se ofreció comprar todo el resto de las acciones, demandó a la Argentina ante el mismo Tribunal del fallecido Juez Thomas Griesa, en Nueva York, por la suma de US$ 3.000 MM que, con los gastos y costas, puede llevar el total a la cifra mencionada.

La historia: ¿quién es el grupo Petersen? Un conglomerado perteneciente, al menos en teoría, a la familia Ezkenazi. Por si no la recuerda, éstos son los dueños del Banco de Santa Cruz, sí, ¡el mismo que operó los fondos desaparecidos de la Provincia cuando don Néstor era Gobernador!; esos dineros faltantes surgieron de la privatización de YPF.

Carlos Menem ofreció a los gobernadores de las provincias petroleras una fórmula que recalculaba las regalías que les correspondían, pero condicionó su aplicación a la aprobación de la ley que habilitaba la venta de la empresa; el famoso “pelo…” Oscar Parrilli fue el miembro informante de la ley, Kirchner llegó al extremo de enviar el avión sanitario para permitir a un legislador del norte llegar al Congreso para la sanción definitiva, y la norma fue aplaudida de pie, por “patriótica”, en el recinto. La Provincia de Santa Cruz recibió entonces más de US$ 600 MM, y acciones de la compañía privatizada, que había comprado Repsol.

Luego, don Néstor vendió esas acciones, con lo cual se hizo de otros US$ 500 MM y, todos sumados, se fueron a pasear por los bancos del mundo, en cuentas a nombre ¡personal! del Gobernador, y nunca regresaron. La Legislatura provincial, bajo su control, aprobó permanentemente sus sucesivas explicaciones, a pesar de los alaridos de los escasos opositores.

Y comenzó el segundo acto de la tragedia. Para entender por qué la califico así baste recordar que, cuando los pingüinos llegaron a la Casa Rosada, Argentina era exportadora neta de energía, y había construido varios gasoductos para exportar el fluido a Chile y a Uruguay, y líneas de alta tensión para enviar electricidad a nuestros vecinos orientales y a Brasil.

Don Néstor comenzó a apretar, vía un populista congelamiento de tarifas, a las empresas que generaban, extraían, destilaban, transportaban y distribuían energía en el país; se llegó al extremo de pagarle a Repsol, por el gas que obtenía en el sur argentino, un tercio del precio que se le reconocía por el mismo gas que producía en Bolivia.

Esa política produjo nefastos resultados: la producción de hidrocarburos cayó en picada y obligó al Gobierno a invertir el sentido de los flujos de los ductos para importar electricidad y gas licuado, otra fuente de “negocios” para los funcionarios, incluyendo las operaciones con Venezuela, “arregladas” con el socio Hugo Chávez. Y, en el caso, llevó a los españoles a mirar con buenos ojos la posibilidad de irse del país.

Alguien les acercó entonces una idea muy original: vender una importante proporción del capital social de YPF (15% + 10%) a una familia local, lo cual sería muy bien visto por Kirchner; por si no lo imagina, se trató de los mismos Eskenazi. Nada importaba que éstos, de la industria petrolera, lo único que sabían era cómo cargar combustible en sus automóviles. Pero, además, los banqueros carecían del dinero necesario para pagar las acciones que compraron así que, “naturalmente”, la propia Repsol les prestó los fondos necesarios y, por si fuera poco, les cedió la administración de la compañía.

Los españoles, encabezados por Antonio Brufau, no eran tontos. Exigieron que el préstamo otorgado fuera pagado por los Eskenazi distribuyendo como dividendos, como mínimo, el 95% de las utilidades de YPF, y que el contrato fuera firmado por don Néstor y por Guillermo Patotín Moreno. En la industria del petróleo, ninguna empresa distribuye más del 30/35%, porque el resto debe destinarse a exploración de nuevos yacimientos; o sea, YPF dejó de buscar y, nuevamente, cayó la producción. Y, por cada US$ 100 que repartió, Repsol se llevó los US$ 75 que le correspondían por sus propias acciones, y los otros US$ 25 como pago de la deuda familiar. ¡Todos de fiesta, salvo la Argentina!

Muerto su marido, Cristina Elisabet Fernández logró, sin esfuerzo, una ley, también aplaudida de pie y por idénticos principios, que le permitió expropiar las acciones que quedaban en manos españolas; cuando éstas protestaron (no sólo no se les pagaría sino que se les cobrarían daños ambientales), la noble viuda envió a Axel Kiciloff a negociar a Madrid y el Ministro, iniciando un hábito que luego ratificó con el Club de Paris, le tapó la cara a billetazos. ¡Le pagó US$ 10.000 MM!, y sus compatriotas, agradecidos, construyeron un monumento a Brufau.

Es decir que la compulsión de los Kirchner por robar no solamente implicó que Argentina perdiera el autoabastecimiento energético y requiriera importar ingentes cantidades de electricidad y gas, sino que esas operaciones significaron un drenaje monumental de divisas, lo cual llevó al default, al cepo cambiario y a la terrible inflación que hoy padecemos.

Las acciones que habían “comprado” los Eskenazi fueron puestas a nombre de dos compañías con nombres similares –Petersen algo- radicadas en España y que, a su vez, pertenecían a otra empresa, también llamada así, creada en Australia. No se sabe –y nadie se ha preocupado por averiguarlo- quiénes son los dueños reales de esta última pero, como soy malpensado, presumo que su apellido comienza con K.

Si acierto en mis sospechas, Cristina y sus hijos no perdieron su vocación por el saqueo, no les basta con los dineros acumulados en las Seychelles y en Angola, y hoy van por más, mucho más; si el Senado sancionara la demorada ley de extinción de dominio, y el H° Aguantadero permitiera el desafuero de la jefa y de Máximo, seguramente otro sería el cantar.      

Bs.As., 7 Jul 18

sábado, 30 de junio de 2018

Suicidios y Cisnes




Suicidios y Cisnes


“El pesimista se queja del viento; el optimista espera
 que cambie; el realista ajusta las velas” 
William George Ward

No resulta difícil establecer la fecha de nacimiento de la verde marejada que golpea tan fuerte a nuestra economía ya que, a mi modo de ver, comenzó con la discusión en el H° Aguantadero de la muy suave (¿gradual?) reforma previsional, que tan violenta repercusión tuvo en la calle. En ese momento, todo el sistema armado por Cambiemos para lograr la famosa gobernabilidad, siempre anhelada cuando se trata de un gobierno en minoría y que tiene al peronismo en la oposición, un rol al que éste no está acostumbrado ni en el que se encuentre cómodo, saltó por el aire.

Hasta entonces, todos, absolutamente todos, estábamos convencidos de la fácil victoria de Mauricio Macri en 2019, lo que implicaría un verdadero cambio de paradigmas en la cultura política nacional, ya que se transformaría en el primer presidente no peronista en resultar reelecto desde que el Movimiento naciera, allá por 1945. A su vez, el triunfo cambiaría fuertemente la composición de las cámaras legislativas, con todo lo que eso significa en materia de poder real.

Pero apareció el cisne negro de la conferencia de prensa del 28 de diciembre del año pasado, en la cual fue declarada terminada la independencia del Banco Central, una condición esencial para generar confianza en los mercados internacionales, y todo se complicó definitivamente.

Luego, se juntaron aún más negros nubarrones –en realidad, fue la falta de ellos- sobre nuestro cielo económico y el repetido fenómeno de La Niña representó, con la sequía, un golpe monumental sobre nuestra balanza comercial; el aumento en las tasas de interés estadounidenses, las actuales guerras económicas de Donald Trump contra China y la Comunidad Europea y el brusco incremento en el precio del petróleo, todos hechos previsibles a partir de la mera lectura de los discursos del Presidente de Estados Unidos, produjeron una fenomenal aversión al riesgo de los inversores, que comenzaron a huir en masa de los países emergentes.

Esa fuga fue especialmente significativa respecto a la Argentina, fuertemente dependiente del financiamiento externo –nuestra economía no genera los dólares que gasta y la sociedad no parece tener ganas de aceptar esa verdad de Perogrullo-, con altísimas tasas de interés en pesos y muy escasas balas para una creciente especulación contra su propia moneda; para entender de qué estoy hablando, basta recordar que George Soros, en 1992, consiguió doblegar al propio Banco de Inglaterra, apostando a la baja de la libra esterlina, y embolsó US$ 1.000 millones en 24 horas.

Y allí el diablo de la política volvió a meter su cola, con la demagógica e impracticable ley mediante la cual todas las tribus de la oposición pretendieron retrotraer las tarifas de energía a valores de hace un año, un costo –traducido en nuevos subsidios- realmente impagable para el ya debilitado Estado. Mientras alzaba sus fervorosas manos populistas en los respectivos hemiciclos, las mismas que se niegan a aprobar la ley de extinción de dominio en la corrupción, el peronismo en pleno rogaba por veloz veto presidencial al disparate suicida; así, quedó bien con sus acongojados seguidores y, a la vez, no asumió parte del sideral golpe que hubiera significado para las finanzas de las provincias que gobierna. Pero, claro, desde la ventana desde la cual los inversores externos miran a nuestro país, el hecho quedó registrado como un nuevo aumento en la inseguridad jurídica, algo que sigue faltando a dos años y medio de gobierno de Cambiemos.

Los gremios tradicionales, que habían demostrado racionalidad en la negociación salarial del primer semestre, se ven ahora apretados por la realidad: los trabajadores han perdido poder adquisitivo por la inflación, en gran parte debida a la fortísima devaluación y, utilizando esa verdad como arma, la presión de la pinza formada por Hugo Moyano y la necesidad de frenar sus inconmensurables problemas judiciales, por un lado, y las organizaciones de izquierda que les roen los talones, por el otro. Ante la imposibilidad de mostrarse pasivos o faltos de reacción, se vieron obligados a convocar a un paro nacional que, por la adhesión de todas las ramas del transporte, adquirió una importante significación, aunque sólo sirviera para complicar aún más la situación.

Ante ese panorama, coloreado también por la baja en la ponderación de la imagen del Gobierno, en general, y de Mauricio Macri, en particular, el peronismo ha vuelto a acariciar la idea de forzar un ballotage y recuperar el poder en el año que viene. Con la natural preocupación generada por la posibilidad –no la probabilidad, que considero reducida- de tener que asumir el poder en estas condiciones, tuvo la prudencia de no sumarse al irracional griterío de la izquierda y del kirchnerismo, ahora de consuno con las organizaciones piqueteras de las más diversas filiaciones, contra el gigantesco apoyo financiero que recibió el Gobierno del FMI, respaldado e impulsado, en forma unánime, por todas las grandes potencias mundiales.

Y aquí corresponde que todos, en especial quienes rechazan ese salvataje desde las más diversas posiciones, nos preguntemos quién pondrá ese faltante de dólares que tiene nuestra economía, de dónde saldrá el dinero necesario para generar energía y regalarla, inclusive quién pagará los planes sociales que, en parte, permiten a muchísimos argentinos escapar a la miseria absoluta. La respuesta es obvia, pero debiera hacerse carne en todos estos nihilistas que, nuevamente, pretenden romper todo lo existente para construir sobre él un paraíso socialista: nadie, absolutamente nadie.

Si lograran triunfar, si consiguieran arrasar con todo, no alcanzaría ningún ahorro nacional que, por lo demás, volvería a fugar, para paliar el inmenso déficit y, por supuesto, la esperanza de que aparecieran estúpidos inversores extranjeros se diluiría para siempre. El efecto que eso produciría lo tenemos frente a nuestras narices: Venezuela, que literalmente flota sobre un mar de petróleo, se hunde en la desesperación y en la miseria más absoluta, mientras la inflación bate records todos los días y, pese a que ya llega al 900%, se presume que alcanzará este año 100.000%. ¿Es verdaderamente eso lo que quieren? Porque debo informarles que están cerca de conseguirlo.

Debemos, de una vez por todas, convencernos de algunas irrefutables verdades: a) para poder distribuir riqueza, primero hay que generarla; b) con todos sus defectos, ciertos, el único sistema económico capaz de generar riqueza es el capitalismo; c) todos los países que trataron de hacer historia “combatiendo al capital” han fracasado; d) Argentina no es un país rico, pese a sus cuantiosos recursos naturales; e) para movilizarlos y explotarlos, se requieren inversiones de enorme magnitud; y f) para que esas inversiones lleguen, es esencial que ofrezcamos seguridad jurídica y, sobre todo, seriedad en nuestra conducta. Ni Rusia, ni Cuba, ni Nicaragua, ni Bolivia, ni siquiera Uruguay lograron triunfar contra esas verdades económicas, y la propia China, sin ceder un ápice en su sistema político comunista, ha permitido la apertura económica y hace temblar al mundo.

Nos estamos jugando la última oportunidad, y como sucedió en el fútbol, está en nosotros, en todos nosotros, aprovecharla porque, a pesar de que tengamos que sufrir varios meses, la alternativa no puede ser peor.

Bs.As., 30 Jun 18

sábado, 9 de junio de 2018

El carnaval argentino del Negro Jimmy




El carnaval argentino del Negro Jimmy


“El secreto para arreglárselas es mantener a los cinco tipos que 
te odian lejos de los cinco que todavía no se han decidido”. 
Casey Stengel


Hugo Moyano ha puesto a prueba ese consejo desde hace mucho tiempo pero ha llegado el momento en que no ha podido evitar que los diez se hayan encontrado, y los últimos cinco ya se han decidido. Inspirado en la vida de Jimmy Hoffa, salió a conquistar el planeta sindical a costa de pisar el terreno de sus muchos pares, y logró reunir un enorme poder político, mientras hacía crecer su inconmensurable fortuna personal.

Ya acorralado por la Justicia, y con pavor por los vientos que amenazan terminar con él y su íntimo entorno social y familiar en la cárcel, ha resuelto enfrentar a la sociedad entera y repetir aquí la praxis de los camioneros que, con huelgas y bloqueos de rutas, sumieron a Brasil en un caos por la falta de combustibles, dinero, medicamentos, insumos industriales y alimentos, y obligaron a Michel Temer a ceder a todas sus pretensiones.

Pero las diferencias entre ambos escenarios son abismales. El Presidente de nuestro vecino raya el cero en imagen positiva y, además, está sumamente debilitado en su poder por el inminente proceso electoral, de dificilísimo pronóstico, en el que el rechazo a toda la clase política ha alcanzado cotas hasta hace poco inimaginables y las huelgas policiales han obligado a Brasília a enviar a los militares a las ciudades, asoladas por las guerras entre los narcotraficantes; el jueves último, ese terrible escenario se presentó súbitamente en el Estado de Minas Geraes con quemas generalizadas de ómnibus y ataques a edificios gubernamentales.

Ahora que todos sus congéneres no kirchneristas lo han abandonado, y sólo le quedan los propios camioneros, los “trabajadores de la educación” de Roberto Baradel, los bancarios de Sergio Palazzo, y las variadas formas de la izquierda trotskista, si nuestro Hoffa criollo intentara concretar sus amenazas, se encontraría con un Mauricio Macri más fuerte, respaldado en sus peores momentos por un cuarenta por ciento de la sociedad, y con gobernadores de la talla de María Eugenia Vidal, a los que no le resultará fácil arrancarles concesiones, en especial aquéllas que más preocupan a Hugo Moyano, es decir, las que más amenazan su libertad y su patrimonio.

Tampoco están dispuestos a inmolarse en esa extraña hoguera los líderes de las diferentes tribus peronistas, ni los mandatarios que ejercen el poder local con esa sigla, que pretenden enfrentar al oficialismo en las urnas el año próximo. Tienen la más absoluta certeza de lo letal que resultaría para sus propias ambiciones políticas aparecer en una foto con todo el arco destituyente y, menos aún, cuando las razones de la convocatoria resultan tan bastardas y personales.

Esta guerra recién comienza, y sólo la ganará la sociedad si ésta se muestra dispuesta a pagar todos los costos que, en materia de enormes complicaciones en la vida cotidiana, la conflagración implicará. Esta semana, el enemigo hasta se disfrazó de dueño de camiones para justificar sus bloqueos, pero la coincidencia con Moyano fue tal que resultó imposible creer en una mera casualidad. Por eso, si dejamos que el Gobierno, con sus tropas al mando de Patricia Bullrich, luche solo contra la mafia, ésta habrá ganado antes de empezar el combate, y Argentina entera se habrá despeñado a un abismo insondable.

Porque, enfrente, tenemos a lo peor de nuestro país, como lo demuestran las ya incontables investigaciones judiciales que avanzan, a paso redoblado, sobre el Negro cacique y sus adláteres más conspicuos; los delitos cometidos por ellos son innumerables: lavado de dinero, tráfico de drogas, extorsión, asesinatos, coerción, cohecho, amenazas, lesiones graves, abuso de armas, atentado contra las instituciones democráticas, etc., o sea, todo el Código Penal.  

 En ese universo, ¿alguien puede dudar que el apoyo que recibe Moyano de Hebe de Bonafini y sus Madres truchas se debe al progreso de la causa “Sueños Compartidos”? ¿No fue acaso desesperación lo que se traslució en su alucinada alocución del jueves en Plaza de Mayo, cuando volvió a reclamar el golpe de Estado contra Macri, mientras llamaba a una huelga general de cuarenta y ocho horas?

El acuerdo firmado con el FMI, sumado al fortísimo respaldo internacional que recibió su gestión, significará un sideral alivio para el Gobierno; los oscuros nubarrones se estaban acumulando sobre el cielo patrio: al aumento de las tasas de interés en Estados Unidos y a la sequía que afectó a gran parte de nuestro mejor territorio produciendo una importantísima merma en nuestras cosechas, se le sumaron repentinamente la crisis de Brasil, nuestro mayor socio comercial, y el descrédito mundial que produjo la sanción de la absurda ley de la retracción de las tarifas de los servicios, sancionada por el H° Aguantadero y vetada por Macri, que llevó a los grandes operadores a temer el regreso del populismo a la Argentina.

El eterno escorpión del PJ volvió a mostrar su naturaleza entonces cuando, los legisladores de casi todo su camaleónico arco, a sabiendas que sus votos favorables al adefesio beneficiaban sólo a los habitantes de la Capital y el Conurbano en desmedro de quienes viven en las provincias que representan, no dudaron a la hora de levantar la afirmativa mano; se buscaba que fuera únicamente Macri quien pagara el costo político de un veto por el cual todos rogaban.

Pero ese acuerdo con el FMI también expresa a las claras el fracaso del extremo gradualismo con que se intentó salir de la gravísima crisis –no percibida- que dejó Cristina Elizabet Fernández con dolo, premeditación y alevosía, un ocultamiento que el Gobierno convalidó en nombre de una actitud “políticamente correcta”. Esta forma de ejercer el poder, tratar de quedar bien con el inconquistable enemigo, también colapsó en estos días, como lo demostraron los diferentes piquetes, siempre financiados a través de quienes mediatizan, por tolerancia gubernamental, los subsidios y planes sociales; mientras tanto, las bases electorales de Cambiemos sufren diariamente sus efectos y, claro, se quejan del enorme gasto público, tan mal aplicado.

En esta guerra que ya ha comenzado, y cuyas batallas costarán sangre, sudor y lágrimas, tendremos que decidir de qué lado estamos o, mejor aún, que privilegiamos los argentinos: ¿volveremos a optar por el presente a costa del futuro?; si lo hacemos, ¿de dónde obtendremos los fondos necesarios que necesitamos para seguir dilapidando? Nuestros capitanes de la industria nacional, ¿seguirán reclamando cazar en el zoológico y pescar en la bañadera?. Nuestros comerciantes, ¿seguirán intentando esconder su vocación por el maximizado lucro inmediato detrás de argumentos infantiles?

Todas ellas son preguntas importantes pero, con seguridad, la más seria es: ¿habrá comprendido el Gobierno que resulta inútil intentar cooptar al enemigo, a costa de sacrificar el apoyo del amigo? Esa es, hoy también, la cuestión.

Bs.As., 9 Jun 18

sábado, 2 de junio de 2018

Estrenando pantalones largos




Estrenando pantalones largos


"Toda revolución, con sus excesos, lo mismo que toda guerra civil, despliega 
los talentos más escondidos. Hace surgir a hombres extraordinarios que 
dirigen a otros hombres ... Se trata de remedios terribles, pero necesarios". 
Arturo Pérez-Reverte.


A esta altura de nuestra historia, convendría que nos preguntáramos todos si, esta vez, estamos dispuestos a modificar el siniestro rumbo de colisión que hemos mantenido, como sociedad, durante más de siete décadas o si, por el contrario, volveremos gozosos a él en octubre de 2019.

Tal como era previsible, porque siempre ha sido así, el peronismo, jamás resignado a transitar el desierto, unió a todos sus caciques –algunos teóricamente “racionales”- de todas las procedencias y, juntos, lograron que el H° Aguantadero Nacional le pegara un tiro al país sólo para esmerilar a Mauricio Macri y al gobierno que encabeza.

Sin mayores deserciones, en el mayoritario pelotón suicida se inscribieron los “dialoguistas” de Miguel Pichetto y Diego Bossio, los renovadores de Sergio Massa, los destituyentes del kirchnerismo más rancio, y lo peor del submundo delincuencial provinciano (vgr., José Alperovich) que aún conserva el poder feudal en las zonas más pauperizadas de nuestra geografía.

LLevaban dos años tratando de convencer a todos de lo irreparable de su separación, y de la vocación patriótica de algunos a buscar una solución para los siderales problemas que dejara la última “década ganada”. Muchos de ellos siguen mamando de la gran teta del Estado Nacional, aprovechando la juvenil ingenuidad de los jóvenes del PRO que ignora todavía un viejo apotegma de la política vernácula: “al peronismo se le cobra primero, y se le paga en cuotas”; particularmente, Carolina Stanley debiera investigar de dónde salió el dinero que ayer y siempre financian la movilización de las organizaciones piqueteras.

Hace relativamente poco charlaba con un connotado jerarca del PJ que ha utilizado todas sus diferentes camisetas desde los inicios de su carrera política, muchos años atrás. Me sugirió hacerme peronista; le respondí que, en realidad, llevaba un tiempo pensándolo, pero que no sabía a cuál de los peronismos debía sumarme y, dado que él había transitado por todos, le pedí consejo: al del primer Perón, de Cámpora, del segundo Perón, de Isabel y López Rega, de los Montoneros, de Menem, de Duhalde, de Kirchner o de Cristina Fernández; cuando percibió mi ironía, se enojó y nunca más cruzamos palabra. Es siempre así: cambia el director técnico, pero los jugadores son los mismos, aunque alguna vez se hayan matado entre ellos. Y el país que hoy tenemos es, sin ninguna duda, el que tantas décadas de populismo, amoralidad y saqueo nos dejaron, con nuestra obvia complicidad.

Ayer, en la ciudad de Buenos Aires, toda esa historia se repitió. Allí formaron, después de despellejarse mutuamente en público, personajes nefastos como Hugo Moyano y sus camioneros, Roberto Baradel y sus “trabajadores de la educación”, Sergio Palazzo y sus bancarios, los fanáticos “metrodelegados”, los “papistas” Gustavo Vera y Juan Gabrois, el “pacífico nobel” Adolfo Pérez Esquivel (llamó a derrocar al Gobierno), el inefable Hugo Yatski y Pablo Micheli con sus respectivas CTA, La Cámpora, algunos notorios integrantes de Unión Ciudadana CFK, las soñadoras y compartidas Madres de Plaza de Mayo, varias mujeres portando pañuelos verdes abortistas y, por supuesto, toda la fauna roja-rojita que pondera a Cuba y Venezuela pero no se mudaría en ningún caso a esos paraísos socialistas. Sin atreverse a subir al palco y salir en esa terrible foto, asistieron también Juan Carlos Schmid y Héctor Daer, integrantes del triunvirato que lidera, por ahora, a la CGT.

El fulminante veto presidencial al adefesio legislativo sancionado el miércoles, que pretendía retrotraer las tarifas de energía a diciembre de 2017, lo cual implicaba un costo adicional fiscal para el Estado de ciento quince mil millones de pesos sólo para este año, permitió que pudiéramos ver a otro Mauricio Macri, bien diferente al que conocíamos, modelo zen y permantente optimista.

Era tiempo, porque la enorme porción de la ciudadanía que lo acompañó en la loca aventura de ganar las elecciones presidenciales de 2015, y ratificó su apoyo en las legislativas del año pasado, estaba comenzando a arrepentirse de haberlo hecho ante la manifiesta pusilanimidad para controlar la calle que demostraron, al menos hasta ayer, quienes administran los distritos más calientes.

De todas maneras, no creo que cejen en sus confesas intenciones de derribar al Gobierno; el acto fallido del Senador tucumano durante el debate no hizo más que demostrarlo: “nadie quiere que a Macri le vaya bien”. Es que, muchos de ellos tienen claro que, además de haber perdido el poder y de la posibilidad de seguir saqueando el país, se están arriesgando ya a entregar la libertad y las pestilentes e inexplicables fortunas acumuladas y claro, ¡con eso no se juega!   

Mientras escuchaba al mugriento líder de los maestros despotricar contra el ¿ajuste?, el “plan económico” y el veto a la ley de retrotracción de las tarifas de energía, mientras convocaba a un paro general contra éste y contra la reciente recurrencia al FMI, y a todos los otros oradores que se expresaron en igual sentido en Plaza de Mayo, me asaltaron varias preguntas.

¿Tan imbéciles nos consideran a los demás?, ¿piensan que no recordamos el veto de Cristina Fernández a la ley que pretendía consagrar el 82% móvil a las jubilaciones?. Pero las cuestiones más serias eran otras, ya que se vinculan con el futuro y no con el cínico oportunismo que, milagrosamente, una parte de la sociedad parece haber dejado atrás.

Supongamos, por un momento, que las próximas elecciones las ganara algún peronista, cualquiera de ellos, y éste comenzara a gobernar un país que habría confirmado así su vocación suicida. Aún cuando los reclamos en la calle cesaran instantáneamente, ¿cómo generaría, transportaría y distribuiría la energía que necesitará regalar?, ¿a quién le pediría el dinero necesario para financiar el gasto público?, ¿qué inversores aceptarían correr el riesgo de venir a la Argentina?, al no poder obtener fondos externos ¿cuánto dinero precisaría emitir?, ¿qué cotas de inflación se alcanzarían?, ¿quiénes pagarían las jubilaciones y pensiones?, ¿y los sueldos de los millones de empleados públicos?, ¿cuánto volverían a caer las producciones de granos y carnes?, ¿qué y a quién exportaría el país?.

Porque eso es, exactamente, lo que está sucediendo en Venezuela que, muerta de hambre, ha visto huir del país a un porcentaje enorme de sus ciudadanos más preparados; basta para confirmarlo la rapidez con que obtienen trabajo en Buenos Aires. Una notable comprobación: mientras en Plaza de Mayo las hordas aúllan contra la imposibilidad de conseguirlo y, por ello, siguen exprimiendo planes sociales que tercerizan los punteros, los inmigrantes saben dónde buscarlo, y siempre “en blanco”; las empresas grandes, medianas y pequeñas que han tomado a estos empleados ya se cuentan por cientos.

Como sociedad, ha llegado la hora dejar nuestra infancia atrás y de ponernos los pantalones largos, asumir que tenemos el destino en nuestras propias manos, que ya no hay a quien echarle la culpa de nuestra decadencia, y comenzar todos juntos a trabajar por un mejor futuro.

Bs.As., 2 Jun 18

sábado, 26 de mayo de 2018

A la Hora Señalada




A la Hora Señalada


“No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del 
fracaso es tratar de complacer a todo el mundo”. 
Woody Allen

Los carteles que portaban muchos de quienes concurrieron a protestar al Obelisco ayer y hasta la pantalla gigante colocada ante el monumento repetía: “La Patria está en peligro”. Los acorralados (por la Justicia) camioneros, las irredentas CTA, los tristemente famosos “metrodelegados”, a un desaforado grupo de kirchneristas y a los izquierdistas de siempre fueron a gritar que enfrentarán al Gobierno en las calles (balas o urnas, al igual que Nicolás Maduro, en Venezuela), y las razones son claras.

Resultó notable la hipocresía de reclamar por los “presos y presas” políticos del Gobierno –ignoro a quiénes se referían- mientras exigían que se pudran en las cárceles dos mil ancianos militares, cuyas prisiones preventivas exceden cualquier máximo legal, o han sido condenados en juicios amañados para satisfacer la necesidad de Néstor Kirchner de encontrarse con la izquierda porque, según él mismo confesó, da fueros.

La convocatoria, por cierto multitudinaria, otra vez fue financiada –en ómnibus, choripanes y algunos pesos- por los intendentes del Conurbano y, quizás, con fondos arriesgados por Cristina y sus enriquecidos cómplices. Están buscando ahora un muerto, ya que fracasaron con Santiago Maldonado y, nuevamente, tendremos que preguntarnos todos si seguiremos con la suicida actitud de cuestionar a las fuerzas de seguridad.

Gritemos todos que la Patria no está en peligro, pero que sí lo estará si vuelve el kirchnerismo al poder, y eso deberemos discutirlo, sólo en las urnas, en octubre del año próximo. Mientras tanto, acompañemos al Gobierno que hemos elegido –inclusive aquéllos que no lo votaron- porque es la única forma en que podremos tener algún futuro. Me refiero a un país ideal, en que todos seamos lo suficientemente civilizados para elegir qué queremos como sociedad y, sobre todo, quién va a pagar por ello.

Tal como era fácil de prever, las protestas de todo tipo transformaron nuestra vida, en especial la de los porteños, en un infierno que sólo acaba de encenderse; a medida que avancen los días y los meses, y tal como anunciaran ellos mismos el 25 de Mayo, saldrán a pelear la calle con más frecuencia. Y recordemos que, entre quienes lo dijeron, estaban los maestros y los bancarios, capaces de infligir los daños mayores a los chicos y al trabajo diario de todos. ¿Seremos capaces de soportarlo o, una vez más, probaremos que la dura madera con que fuimos forjados se ha transformado en un leño podrido y perforado por las termitas?

Los reclamos eran diversos: salarios, despidos, la inexistente apertura de la economía y, en especial, la relación con el FBI y el pedido de auxilio financiero al que tuvo que recurrir el Gobierno. En este último tema viene a cuento un mensaje que inundó las redes sociales: “si usted no está de acuerdo con solicitar esa ayuda, sea coherente y renuncie a todos los subsidios y los planes sociales que recibe”.

Porque es esa la verdad. Mauricio Macri intentó convencer a la sociedad que el gradualismo, en mi opinión indispensable, era la única receta que podía utilizarse para paliar la gigantesca crisis que había heredado, a riesgo de desatar un gigantesco conflicto social. No me cansaré de decir que no explicarla en detalle a un país que no la percibía fue el pecado original de Cambiemos, y lo seguirá purgando.

Pero ese gradualismo necesitaba financiación. Ésta no podía surgir de un aumento de impuestos –sí de una ampliación del universo que los tributa- porque ya teníamos la presión fiscal más alta del mundo, ni tampoco del ahorro interno, puesto que los argentinos tienen cerca de trescientas mil millones de dólares fuera, sin vocación de retornar. Entonces, ¿qué fuente quedaba disponible?

Obviamente, la primera y más obvia solución fue salir a pedir en los mercados internacionales de crédito, aunque para ello hubo que asumir tasas de interés altísimas, en razón de nuestra historia de defaulteadores seriales y de la inexistencia de seguridad jurídica. Y ese camino funcionó hasta que Donald Trump comenzó a fortalecer la economía de los Estados Unidos, transformándola en una gran aspiradora universal dinero que obligó a todos los países a devaluar sus monedas.

Y si le sumamos a esa circunstancia, ciertamente predecible, la fenomenal sequía que afectó al campo, con una pérdida de miles de millones de dólares en exportaciones (contra la favorable coyuntura de la que disfrutó Néstor Kirchner), la suba internacional del precio del petróleo (que puede incrementarse en razón de la denuncia del Presidente norteamericano del acuerdo de desnuclearización con Irán, y del aumento de la conflictividad en Medio Oriente), al cual nuestros combustibles están necesariamente atados, y la confirmada incapacidad de domar el potro de la inflación, tenemos el combo perfecto para explicar los problemas que debió afrontar el Gobierno en los últimos días.

La recurrencia al FMI, al cual –mal que les pese a los olvidadizos peronistas de todas las tribus- nunca dejamos de pertenecer, abarata el costo de la deuda que esta administración está obligada a asumir, a riesgo de desatar un problema social aún mayor y de impredecibles consecuencias. Pero, claro, la ayuda que vendrá, impulsada por un inédito apoyo internacional de casi todos los países importantes del mundo, no será simplemente un crédito para que la Argentina vuelva a despilfarrarlo; le será exigido al Gobierno una aceleración en la reducción del gasto que, indudablemente, generará nuevas protestas y conflictos.

El título de esta nota remite a una fantástica película de 1952, protagonizada por Gary Cooper. En ella, un sheriff se ve enfrentado a un criminal al cual puso en la cárcel y que, ya en libertad, regresa al pueblo para vengarse; sus conciudadanos lo dejan solo, y nadie sale a apoyarlo en ese duelo final. Hoy, más allá de las declamaciones favorables de las grandes organizaciones empresariales, cada uno de sus integrantes aprovecha la coyuntura para aumentar los precios e intentar maximizar sus ganancias.

Para controlar a los formadores de precios, el Gobierno no recurre a la pistola, al estilo de Guillermo Moreno, sino a poner en marcha a la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, que dormía hace años, para evitar la cartelización de la oferta en sectores claves de la economía. Porque estos días ha quedado claro que muchos sectores continúan practicando esa nefasta forma de hacer negocios. Los afectados, como siempre, se sumarán a los quejosos, olvidando que ese organismo de control existe en todos los países serios del mundo, y ha aplicado multas a los grandes conglomerados (Microsoft, por ejemplo) y los ha obligado a dividir el mercado.

Macri ha tomado, tal vez por imposición de los grandes jugadores de las finanzas internacionales, una medida correcta: designó como coordinador de todos los ministerios vinculados, de un modo u otro, al devenir económico, a Nicolás Dujovne, que ha demostrado tener la cintura necesaria para negociar con ese difícil interlocutor, ahora personificado en Christine Lagarde, al cual se pretende transformar en un comprensivo acreedor,.

La virulencia en la calle es –casi- comprensible, porque el desierto que deben atravesar los opositores (y algunos aliados) a Cambiemos es muy duro, sobre todo para aquéllos acostumbrados a las mieles y dineros que el poder conlleva, pero lo es menos cuando de los que creíamos más sensatos del universo tribal del PJ se trata. El miércoles próximo será tratado en el pleno de la Cámara de Senadores –por favor, lector, note que no he dicho “Honorable”- el tema de las tarifas de la energía.

En realidad, ninguno de los más encumbrados representantes del peronismo quiere seriamente que los precios vuelvan a diciembre de 2017, como planteó Sergio Massa, y menos a diciembre de 2015, como pretenden los energúmenos kirchneristas, y sólo buscan que Macri pague el costo político de vetar un adefesio, pero sé cuánto le costará al país la mera discusión del tema: los escasos inversores reales están huyendo en manada.

En fin, hemos festejado un nuevo 25 de Mayo y, aún, seguimos siendo un país. Espero que mis hijos y nietos puedan vivir en algo más: una Nación, es decir, algo mejor que un simple consorcio en el que convivimos sin respetar ninguna ley ni los derechos de nuestro prójimo.

Bs.As., 26 May 18

sábado, 19 de mayo de 2018

Flora, la gata nacional




Flora, la gata nacional



“Argentina es un país con héroes 
anónimos y sinvergüenzas famosos”. 
Edgardo Antoñana


Sobrevivimos al martes tan amenazadoramente negro y, en general, la crisis cambiaria parece haber sido dejada atrás, al menos por el momento. Pero la sociedad, esa que tanto adora a la mascota del título deberá ponerse a pensar en serio acerca de qué país quiere habitar de aquí en más, ya que el anterior, el del gradualismo en la transformación financiado mediante deuda externa, se probó absolutamente inviable cuando Estados Unidos puso en marcha esa histórica aspiradora de fondos mundiales que es la tasa de interés de los bonos de su deuda..

Está lógicamente extendida la convicción de la necesidad de reducir el gasto público, que para sostenerse requiere de mantener un nivel de impuestos que impide el desarrollo normal y registrado de la actividad privada. Aunque no se hable demasiado de ello, la realidad nos dice que gran parte del precio que pagamos por la energía y los combustibles corresponde a todo tipo de tributos, esos mismos que robaron Cristóbal López, Fabián de Souza y Ricardo Echegaray para financiar la expansión del grupo económico cuya nave insignia fue Oil; es decir, si pudiéramos reducirlos, terminaría la discusión por las tarifas de la luz, el gas y el agua, y la nafta y el gasoil podrían venderse a valores comparables a los del resto del mundo.

Pero está claro que donde más se percibe la enormidad de ese gasto es en los subsidios, los salarios de los empleados públicos y en la gigantesca masa de jubilaciones que el kirchnerismo regaló sin justificación alguna, como no fuera poner en práctica el populismo e intentar seducir a una clase media que, en definitiva, no lo acompañó.

Y en esa imprescindible batalla veremos, precisamente, cuánto estamos dispuestos a tolerar el indispensable ajuste. Si, sin razón, los que habitamos en las grandes ciudades padecemos enloquecedores piquetes diarios, no quiero pensar qué sucederá cuando el Estado prescinda del millón y medio de funcionarios de todo nivel o de los tres millones de jubilados que Cristina Fernández puso injustificadamente sobre nuestras ya cansadas espaldas de contribuyentes, o cuando la Justicia avance definitivamente sobre Hugo Moyano y sus camioneros.

Porque, convengamos, la habitual hipocresía y la adquirida esquizofrenia que padecemos piden a gritos que las autoridades repriman esas permanentes violaciones al derecho a transitar libremente que todos tenemos, pero repudiamos inmediatamente cualquier intento de ponerles coto. A quienes protestan de ese absurdo e ilegal modo, que forman bajo banderas rojas con la estrella de cinco puntas y la imagen del Che Guevara, habría que preguntarles que creen que les pasaría si intentaran cortar las calles de La Habana, de Caracas, de Moscú o de Teherán.

La crisis de la que acabamos de emerger, más o menos indemnes, ha servido ciertamente al Gobierno, aunque fuera al costo de perder caudal político por recurrir al denostado FMI: se vio obligado a aceptar una devaluación que ya se había mostrado más que necesaria, licuó la deuda estatal en pesos, mejoró la competitividad de nuestras exportaciones, devolvió la independencia al Banco Central y redujo la importancia relativa del costo de la burocracia.

Pero todos esos beneficios no serán gratuitos, ya que a corto plazo veremos extenderse las protestas de los empleados estatales que, esta semana, fueron encabezadas por tristemente famosos “metrodelegados”, los bancarios y los “trabajadores de la educación” bonaerenses, todos kirchneristas irredentos. ¿Estaremos dispuestos a soportar más conflictos de ese tipo para tener algún futuro?

Un ejemplo parecido de nuestra duplicidad mental se vincula a la seguridad pública. Todos, sin excepción pero, en especial, los más pobres, estamos hartos de los delincuentes que nos roban y matan con total impunidad. Sin embargo, reaccionamos repudiando a las fuerzas del orden cuando éstas simplemente cumplen con su deber, como quedó demostrado en el caso de Santiago Maldonado, el tatuador ahogado en Neuquén, cuya muerte se pretendió masivamente imputar a la Gendarmería.

Esta semana se “viralizó” un video filmado en una escuela de Brasil, cuando un hombre armado apuntó, ignoro con qué fines, a los niños y a sus madres que los esperaban a la salida: en segundos, una de ellas, policía de franco, sacó su arma reglamentaria y disparó por sorpresa. La mujer fue condecorada, ascendida y se ha transformado en una estrella en un país que padece nuestros mismos males; aquí seguimos persiguiendo judicialmente a Luis Chocobar, que mató a un asesino frustrado cuando desobedeció la orden de alto. En resumen, pedimos más seguridad, pero no aceptamos la represión del delito.

El Gobierno recibió un gigantesco apoyo mundial; que los Estados Unidos, Europa, Brasil, etc., se amontonaran para respaldar las políticas de Macri y apurar una definición del Fondo favorable a la Argentina, tiene pocos antecedentes históricos. Y si a ello se le suma el éxito alcanzado por el primer llamado internacional del programa de Participación Público-Privada en la construcción de infraestructura (recordemos que las condiciones ofertadas fueron, en promedio, 33% inferiores a los costos máximos previstos por Vialidad Nacional), podemos entender la satisfacción que traslució la actitud del Presidente durante la semana.

Mauricio Macri ha aprendido la lección y, por primera vez desde que Cambiemos llegó al gobierno nacional, ha puesto en duda el método de comunicación que, sin duda, le permitió ganar elecciones imposibles pero, quizás, no resultó útil para administrar. Como siempre se ha dicho, la negociación es la base de cualquier democracia y, para una coalición que carece de mayorías en las cámaras de H° Aguantadero, resulta una esencial necesidad; la incorporación a la mesa de decisión de importantes figuras del radicalismo y de la Coalición Cívica permitirá, sin duda, una mejor tracción entre la Casa Rosada y la sociedad.

El susto que pasamos hace pocos días repercutió también en la oposición, a pesar de algunas posiciones –la idiota pretensión de regular las tarifas, por ejemplo- adoptadas sólo para la foto. El abismo estuvo demasiado cerca como para ignorarlo impunemente, y tal vez todos hayamos aprendido a jugar menos con fuego.

Los gobernadores e intendentes deben entender, de una buena vez, que ahora la perinola cayó en “todos ponen”, y dejar de lado las actitudes que convalidan la necesidad de apretar el cinturón siempre que no sea el propio; no podemos seguir tirando manteca al techo mientras pedimos plata al mundo para pagar esas insensateces. Seguir pretendiendo ejercer el poder con métodos populistas, con falsos e imposibles regalos, sólo nos hará mantener el rumbo de degradación y decadencia que la Argentina escogió desde hace más de siete décadas y que nos ha convertido casi en un país inviable.

Bs.As., 19 May 18