sábado, 9 de junio de 2018

El carnaval argentino del Negro Jimmy




El carnaval argentino del Negro Jimmy


“El secreto para arreglárselas es mantener a los cinco tipos que 
te odian lejos de los cinco que todavía no se han decidido”. 
Casey Stengel


Hugo Moyano ha puesto a prueba ese consejo desde hace mucho tiempo pero ha llegado el momento en que no ha podido evitar que los diez se hayan encontrado, y los últimos cinco ya se han decidido. Inspirado en la vida de Jimmy Hoffa, salió a conquistar el planeta sindical a costa de pisar el terreno de sus muchos pares, y logró reunir un enorme poder político, mientras hacía crecer su inconmensurable fortuna personal.

Ya acorralado por la Justicia, y con pavor por los vientos que amenazan terminar con él y su íntimo entorno social y familiar en la cárcel, ha resuelto enfrentar a la sociedad entera y repetir aquí la praxis de los camioneros que, con huelgas y bloqueos de rutas, sumieron a Brasil en un caos por la falta de combustibles, dinero, medicamentos, insumos industriales y alimentos, y obligaron a Michel Temer a ceder a todas sus pretensiones.

Pero las diferencias entre ambos escenarios son abismales. El Presidente de nuestro vecino raya el cero en imagen positiva y, además, está sumamente debilitado en su poder por el inminente proceso electoral, de dificilísimo pronóstico, en el que el rechazo a toda la clase política ha alcanzado cotas hasta hace poco inimaginables y las huelgas policiales han obligado a Brasília a enviar a los militares a las ciudades, asoladas por las guerras entre los narcotraficantes; el jueves último, ese terrible escenario se presentó súbitamente en el Estado de Minas Geraes con quemas generalizadas de ómnibus y ataques a edificios gubernamentales.

Ahora que todos sus congéneres no kirchneristas lo han abandonado, y sólo le quedan los propios camioneros, los “trabajadores de la educación” de Roberto Baradel, los bancarios de Sergio Palazzo, y las variadas formas de la izquierda trotskista, si nuestro Hoffa criollo intentara concretar sus amenazas, se encontraría con un Mauricio Macri más fuerte, respaldado en sus peores momentos por un cuarenta por ciento de la sociedad, y con gobernadores de la talla de María Eugenia Vidal, a los que no le resultará fácil arrancarles concesiones, en especial aquéllas que más preocupan a Hugo Moyano, es decir, las que más amenazan su libertad y su patrimonio.

Tampoco están dispuestos a inmolarse en esa extraña hoguera los líderes de las diferentes tribus peronistas, ni los mandatarios que ejercen el poder local con esa sigla, que pretenden enfrentar al oficialismo en las urnas el año próximo. Tienen la más absoluta certeza de lo letal que resultaría para sus propias ambiciones políticas aparecer en una foto con todo el arco destituyente y, menos aún, cuando las razones de la convocatoria resultan tan bastardas y personales.

Esta guerra recién comienza, y sólo la ganará la sociedad si ésta se muestra dispuesta a pagar todos los costos que, en materia de enormes complicaciones en la vida cotidiana, la conflagración implicará. Esta semana, el enemigo hasta se disfrazó de dueño de camiones para justificar sus bloqueos, pero la coincidencia con Moyano fue tal que resultó imposible creer en una mera casualidad. Por eso, si dejamos que el Gobierno, con sus tropas al mando de Patricia Bullrich, luche solo contra la mafia, ésta habrá ganado antes de empezar el combate, y Argentina entera se habrá despeñado a un abismo insondable.

Porque, enfrente, tenemos a lo peor de nuestro país, como lo demuestran las ya incontables investigaciones judiciales que avanzan, a paso redoblado, sobre el Negro cacique y sus adláteres más conspicuos; los delitos cometidos por ellos son innumerables: lavado de dinero, tráfico de drogas, extorsión, asesinatos, coerción, cohecho, amenazas, lesiones graves, abuso de armas, atentado contra las instituciones democráticas, etc., o sea, todo el Código Penal.  

 En ese universo, ¿alguien puede dudar que el apoyo que recibe Moyano de Hebe de Bonafini y sus Madres truchas se debe al progreso de la causa “Sueños Compartidos”? ¿No fue acaso desesperación lo que se traslució en su alucinada alocución del jueves en Plaza de Mayo, cuando volvió a reclamar el golpe de Estado contra Macri, mientras llamaba a una huelga general de cuarenta y ocho horas?

El acuerdo firmado con el FMI, sumado al fortísimo respaldo internacional que recibió su gestión, significará un sideral alivio para el Gobierno; los oscuros nubarrones se estaban acumulando sobre el cielo patrio: al aumento de las tasas de interés en Estados Unidos y a la sequía que afectó a gran parte de nuestro mejor territorio produciendo una importantísima merma en nuestras cosechas, se le sumaron repentinamente la crisis de Brasil, nuestro mayor socio comercial, y el descrédito mundial que produjo la sanción de la absurda ley de la retracción de las tarifas de los servicios, sancionada por el H° Aguantadero y vetada por Macri, que llevó a los grandes operadores a temer el regreso del populismo a la Argentina.

El eterno escorpión del PJ volvió a mostrar su naturaleza entonces cuando, los legisladores de casi todo su camaleónico arco, a sabiendas que sus votos favorables al adefesio beneficiaban sólo a los habitantes de la Capital y el Conurbano en desmedro de quienes viven en las provincias que representan, no dudaron a la hora de levantar la afirmativa mano; se buscaba que fuera únicamente Macri quien pagara el costo político de un veto por el cual todos rogaban.

Pero ese acuerdo con el FMI también expresa a las claras el fracaso del extremo gradualismo con que se intentó salir de la gravísima crisis –no percibida- que dejó Cristina Elizabet Fernández con dolo, premeditación y alevosía, un ocultamiento que el Gobierno convalidó en nombre de una actitud “políticamente correcta”. Esta forma de ejercer el poder, tratar de quedar bien con el inconquistable enemigo, también colapsó en estos días, como lo demostraron los diferentes piquetes, siempre financiados a través de quienes mediatizan, por tolerancia gubernamental, los subsidios y planes sociales; mientras tanto, las bases electorales de Cambiemos sufren diariamente sus efectos y, claro, se quejan del enorme gasto público, tan mal aplicado.

En esta guerra que ya ha comenzado, y cuyas batallas costarán sangre, sudor y lágrimas, tendremos que decidir de qué lado estamos o, mejor aún, que privilegiamos los argentinos: ¿volveremos a optar por el presente a costa del futuro?; si lo hacemos, ¿de dónde obtendremos los fondos necesarios que necesitamos para seguir dilapidando? Nuestros capitanes de la industria nacional, ¿seguirán reclamando cazar en el zoológico y pescar en la bañadera?. Nuestros comerciantes, ¿seguirán intentando esconder su vocación por el maximizado lucro inmediato detrás de argumentos infantiles?

Todas ellas son preguntas importantes pero, con seguridad, la más seria es: ¿habrá comprendido el Gobierno que resulta inútil intentar cooptar al enemigo, a costa de sacrificar el apoyo del amigo? Esa es, hoy también, la cuestión.

Bs.As., 9 Jun 18

sábado, 2 de junio de 2018

Estrenando pantalones largos




Estrenando pantalones largos


"Toda revolución, con sus excesos, lo mismo que toda guerra civil, despliega 
los talentos más escondidos. Hace surgir a hombres extraordinarios que 
dirigen a otros hombres ... Se trata de remedios terribles, pero necesarios". 
Arturo Pérez-Reverte.


A esta altura de nuestra historia, convendría que nos preguntáramos todos si, esta vez, estamos dispuestos a modificar el siniestro rumbo de colisión que hemos mantenido, como sociedad, durante más de siete décadas o si, por el contrario, volveremos gozosos a él en octubre de 2019.

Tal como era previsible, porque siempre ha sido así, el peronismo, jamás resignado a transitar el desierto, unió a todos sus caciques –algunos teóricamente “racionales”- de todas las procedencias y, juntos, lograron que el H° Aguantadero Nacional le pegara un tiro al país sólo para esmerilar a Mauricio Macri y al gobierno que encabeza.

Sin mayores deserciones, en el mayoritario pelotón suicida se inscribieron los “dialoguistas” de Miguel Pichetto y Diego Bossio, los renovadores de Sergio Massa, los destituyentes del kirchnerismo más rancio, y lo peor del submundo delincuencial provinciano (vgr., José Alperovich) que aún conserva el poder feudal en las zonas más pauperizadas de nuestra geografía.

LLevaban dos años tratando de convencer a todos de lo irreparable de su separación, y de la vocación patriótica de algunos a buscar una solución para los siderales problemas que dejara la última “década ganada”. Muchos de ellos siguen mamando de la gran teta del Estado Nacional, aprovechando la juvenil ingenuidad de los jóvenes del PRO que ignora todavía un viejo apotegma de la política vernácula: “al peronismo se le cobra primero, y se le paga en cuotas”; particularmente, Carolina Stanley debiera investigar de dónde salió el dinero que ayer y siempre financian la movilización de las organizaciones piqueteras.

Hace relativamente poco charlaba con un connotado jerarca del PJ que ha utilizado todas sus diferentes camisetas desde los inicios de su carrera política, muchos años atrás. Me sugirió hacerme peronista; le respondí que, en realidad, llevaba un tiempo pensándolo, pero que no sabía a cuál de los peronismos debía sumarme y, dado que él había transitado por todos, le pedí consejo: al del primer Perón, de Cámpora, del segundo Perón, de Isabel y López Rega, de los Montoneros, de Menem, de Duhalde, de Kirchner o de Cristina Fernández; cuando percibió mi ironía, se enojó y nunca más cruzamos palabra. Es siempre así: cambia el director técnico, pero los jugadores son los mismos, aunque alguna vez se hayan matado entre ellos. Y el país que hoy tenemos es, sin ninguna duda, el que tantas décadas de populismo, amoralidad y saqueo nos dejaron, con nuestra obvia complicidad.

Ayer, en la ciudad de Buenos Aires, toda esa historia se repitió. Allí formaron, después de despellejarse mutuamente en público, personajes nefastos como Hugo Moyano y sus camioneros, Roberto Baradel y sus “trabajadores de la educación”, Sergio Palazzo y sus bancarios, los fanáticos “metrodelegados”, los “papistas” Gustavo Vera y Juan Gabrois, el “pacífico nobel” Adolfo Pérez Esquivel (llamó a derrocar al Gobierno), el inefable Hugo Yatski y Pablo Micheli con sus respectivas CTA, La Cámpora, algunos notorios integrantes de Unión Ciudadana CFK, las soñadoras y compartidas Madres de Plaza de Mayo, varias mujeres portando pañuelos verdes abortistas y, por supuesto, toda la fauna roja-rojita que pondera a Cuba y Venezuela pero no se mudaría en ningún caso a esos paraísos socialistas. Sin atreverse a subir al palco y salir en esa terrible foto, asistieron también Juan Carlos Schmid y Héctor Daer, integrantes del triunvirato que lidera, por ahora, a la CGT.

El fulminante veto presidencial al adefesio legislativo sancionado el miércoles, que pretendía retrotraer las tarifas de energía a diciembre de 2017, lo cual implicaba un costo adicional fiscal para el Estado de ciento quince mil millones de pesos sólo para este año, permitió que pudiéramos ver a otro Mauricio Macri, bien diferente al que conocíamos, modelo zen y permantente optimista.

Era tiempo, porque la enorme porción de la ciudadanía que lo acompañó en la loca aventura de ganar las elecciones presidenciales de 2015, y ratificó su apoyo en las legislativas del año pasado, estaba comenzando a arrepentirse de haberlo hecho ante la manifiesta pusilanimidad para controlar la calle que demostraron, al menos hasta ayer, quienes administran los distritos más calientes.

De todas maneras, no creo que cejen en sus confesas intenciones de derribar al Gobierno; el acto fallido del Senador tucumano durante el debate no hizo más que demostrarlo: “nadie quiere que a Macri le vaya bien”. Es que, muchos de ellos tienen claro que, además de haber perdido el poder y de la posibilidad de seguir saqueando el país, se están arriesgando ya a entregar la libertad y las pestilentes e inexplicables fortunas acumuladas y claro, ¡con eso no se juega!   

Mientras escuchaba al mugriento líder de los maestros despotricar contra el ¿ajuste?, el “plan económico” y el veto a la ley de retrotracción de las tarifas de energía, mientras convocaba a un paro general contra éste y contra la reciente recurrencia al FMI, y a todos los otros oradores que se expresaron en igual sentido en Plaza de Mayo, me asaltaron varias preguntas.

¿Tan imbéciles nos consideran a los demás?, ¿piensan que no recordamos el veto de Cristina Fernández a la ley que pretendía consagrar el 82% móvil a las jubilaciones?. Pero las cuestiones más serias eran otras, ya que se vinculan con el futuro y no con el cínico oportunismo que, milagrosamente, una parte de la sociedad parece haber dejado atrás.

Supongamos, por un momento, que las próximas elecciones las ganara algún peronista, cualquiera de ellos, y éste comenzara a gobernar un país que habría confirmado así su vocación suicida. Aún cuando los reclamos en la calle cesaran instantáneamente, ¿cómo generaría, transportaría y distribuiría la energía que necesitará regalar?, ¿a quién le pediría el dinero necesario para financiar el gasto público?, ¿qué inversores aceptarían correr el riesgo de venir a la Argentina?, al no poder obtener fondos externos ¿cuánto dinero precisaría emitir?, ¿qué cotas de inflación se alcanzarían?, ¿quiénes pagarían las jubilaciones y pensiones?, ¿y los sueldos de los millones de empleados públicos?, ¿cuánto volverían a caer las producciones de granos y carnes?, ¿qué y a quién exportaría el país?.

Porque eso es, exactamente, lo que está sucediendo en Venezuela que, muerta de hambre, ha visto huir del país a un porcentaje enorme de sus ciudadanos más preparados; basta para confirmarlo la rapidez con que obtienen trabajo en Buenos Aires. Una notable comprobación: mientras en Plaza de Mayo las hordas aúllan contra la imposibilidad de conseguirlo y, por ello, siguen exprimiendo planes sociales que tercerizan los punteros, los inmigrantes saben dónde buscarlo, y siempre “en blanco”; las empresas grandes, medianas y pequeñas que han tomado a estos empleados ya se cuentan por cientos.

Como sociedad, ha llegado la hora dejar nuestra infancia atrás y de ponernos los pantalones largos, asumir que tenemos el destino en nuestras propias manos, que ya no hay a quien echarle la culpa de nuestra decadencia, y comenzar todos juntos a trabajar por un mejor futuro.

Bs.As., 2 Jun 18

sábado, 26 de mayo de 2018

A la Hora Señalada




A la Hora Señalada


“No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del 
fracaso es tratar de complacer a todo el mundo”. 
Woody Allen

Los carteles que portaban muchos de quienes concurrieron a protestar al Obelisco ayer y hasta la pantalla gigante colocada ante el monumento repetía: “La Patria está en peligro”. Los acorralados (por la Justicia) camioneros, las irredentas CTA, los tristemente famosos “metrodelegados”, a un desaforado grupo de kirchneristas y a los izquierdistas de siempre fueron a gritar que enfrentarán al Gobierno en las calles (balas o urnas, al igual que Nicolás Maduro, en Venezuela), y las razones son claras.

Resultó notable la hipocresía de reclamar por los “presos y presas” políticos del Gobierno –ignoro a quiénes se referían- mientras exigían que se pudran en las cárceles dos mil ancianos militares, cuyas prisiones preventivas exceden cualquier máximo legal, o han sido condenados en juicios amañados para satisfacer la necesidad de Néstor Kirchner de encontrarse con la izquierda porque, según él mismo confesó, da fueros.

La convocatoria, por cierto multitudinaria, otra vez fue financiada –en ómnibus, choripanes y algunos pesos- por los intendentes del Conurbano y, quizás, con fondos arriesgados por Cristina y sus enriquecidos cómplices. Están buscando ahora un muerto, ya que fracasaron con Santiago Maldonado y, nuevamente, tendremos que preguntarnos todos si seguiremos con la suicida actitud de cuestionar a las fuerzas de seguridad.

Gritemos todos que la Patria no está en peligro, pero que sí lo estará si vuelve el kirchnerismo al poder, y eso deberemos discutirlo, sólo en las urnas, en octubre del año próximo. Mientras tanto, acompañemos al Gobierno que hemos elegido –inclusive aquéllos que no lo votaron- porque es la única forma en que podremos tener algún futuro. Me refiero a un país ideal, en que todos seamos lo suficientemente civilizados para elegir qué queremos como sociedad y, sobre todo, quién va a pagar por ello.

Tal como era fácil de prever, las protestas de todo tipo transformaron nuestra vida, en especial la de los porteños, en un infierno que sólo acaba de encenderse; a medida que avancen los días y los meses, y tal como anunciaran ellos mismos el 25 de Mayo, saldrán a pelear la calle con más frecuencia. Y recordemos que, entre quienes lo dijeron, estaban los maestros y los bancarios, capaces de infligir los daños mayores a los chicos y al trabajo diario de todos. ¿Seremos capaces de soportarlo o, una vez más, probaremos que la dura madera con que fuimos forjados se ha transformado en un leño podrido y perforado por las termitas?

Los reclamos eran diversos: salarios, despidos, la inexistente apertura de la economía y, en especial, la relación con el FBI y el pedido de auxilio financiero al que tuvo que recurrir el Gobierno. En este último tema viene a cuento un mensaje que inundó las redes sociales: “si usted no está de acuerdo con solicitar esa ayuda, sea coherente y renuncie a todos los subsidios y los planes sociales que recibe”.

Porque es esa la verdad. Mauricio Macri intentó convencer a la sociedad que el gradualismo, en mi opinión indispensable, era la única receta que podía utilizarse para paliar la gigantesca crisis que había heredado, a riesgo de desatar un gigantesco conflicto social. No me cansaré de decir que no explicarla en detalle a un país que no la percibía fue el pecado original de Cambiemos, y lo seguirá purgando.

Pero ese gradualismo necesitaba financiación. Ésta no podía surgir de un aumento de impuestos –sí de una ampliación del universo que los tributa- porque ya teníamos la presión fiscal más alta del mundo, ni tampoco del ahorro interno, puesto que los argentinos tienen cerca de trescientas mil millones de dólares fuera, sin vocación de retornar. Entonces, ¿qué fuente quedaba disponible?

Obviamente, la primera y más obvia solución fue salir a pedir en los mercados internacionales de crédito, aunque para ello hubo que asumir tasas de interés altísimas, en razón de nuestra historia de defaulteadores seriales y de la inexistencia de seguridad jurídica. Y ese camino funcionó hasta que Donald Trump comenzó a fortalecer la economía de los Estados Unidos, transformándola en una gran aspiradora universal dinero que obligó a todos los países a devaluar sus monedas.

Y si le sumamos a esa circunstancia, ciertamente predecible, la fenomenal sequía que afectó al campo, con una pérdida de miles de millones de dólares en exportaciones (contra la favorable coyuntura de la que disfrutó Néstor Kirchner), la suba internacional del precio del petróleo (que puede incrementarse en razón de la denuncia del Presidente norteamericano del acuerdo de desnuclearización con Irán, y del aumento de la conflictividad en Medio Oriente), al cual nuestros combustibles están necesariamente atados, y la confirmada incapacidad de domar el potro de la inflación, tenemos el combo perfecto para explicar los problemas que debió afrontar el Gobierno en los últimos días.

La recurrencia al FMI, al cual –mal que les pese a los olvidadizos peronistas de todas las tribus- nunca dejamos de pertenecer, abarata el costo de la deuda que esta administración está obligada a asumir, a riesgo de desatar un problema social aún mayor y de impredecibles consecuencias. Pero, claro, la ayuda que vendrá, impulsada por un inédito apoyo internacional de casi todos los países importantes del mundo, no será simplemente un crédito para que la Argentina vuelva a despilfarrarlo; le será exigido al Gobierno una aceleración en la reducción del gasto que, indudablemente, generará nuevas protestas y conflictos.

El título de esta nota remite a una fantástica película de 1952, protagonizada por Gary Cooper. En ella, un sheriff se ve enfrentado a un criminal al cual puso en la cárcel y que, ya en libertad, regresa al pueblo para vengarse; sus conciudadanos lo dejan solo, y nadie sale a apoyarlo en ese duelo final. Hoy, más allá de las declamaciones favorables de las grandes organizaciones empresariales, cada uno de sus integrantes aprovecha la coyuntura para aumentar los precios e intentar maximizar sus ganancias.

Para controlar a los formadores de precios, el Gobierno no recurre a la pistola, al estilo de Guillermo Moreno, sino a poner en marcha a la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, que dormía hace años, para evitar la cartelización de la oferta en sectores claves de la economía. Porque estos días ha quedado claro que muchos sectores continúan practicando esa nefasta forma de hacer negocios. Los afectados, como siempre, se sumarán a los quejosos, olvidando que ese organismo de control existe en todos los países serios del mundo, y ha aplicado multas a los grandes conglomerados (Microsoft, por ejemplo) y los ha obligado a dividir el mercado.

Macri ha tomado, tal vez por imposición de los grandes jugadores de las finanzas internacionales, una medida correcta: designó como coordinador de todos los ministerios vinculados, de un modo u otro, al devenir económico, a Nicolás Dujovne, que ha demostrado tener la cintura necesaria para negociar con ese difícil interlocutor, ahora personificado en Christine Lagarde, al cual se pretende transformar en un comprensivo acreedor,.

La virulencia en la calle es –casi- comprensible, porque el desierto que deben atravesar los opositores (y algunos aliados) a Cambiemos es muy duro, sobre todo para aquéllos acostumbrados a las mieles y dineros que el poder conlleva, pero lo es menos cuando de los que creíamos más sensatos del universo tribal del PJ se trata. El miércoles próximo será tratado en el pleno de la Cámara de Senadores –por favor, lector, note que no he dicho “Honorable”- el tema de las tarifas de la energía.

En realidad, ninguno de los más encumbrados representantes del peronismo quiere seriamente que los precios vuelvan a diciembre de 2017, como planteó Sergio Massa, y menos a diciembre de 2015, como pretenden los energúmenos kirchneristas, y sólo buscan que Macri pague el costo político de vetar un adefesio, pero sé cuánto le costará al país la mera discusión del tema: los escasos inversores reales están huyendo en manada.

En fin, hemos festejado un nuevo 25 de Mayo y, aún, seguimos siendo un país. Espero que mis hijos y nietos puedan vivir en algo más: una Nación, es decir, algo mejor que un simple consorcio en el que convivimos sin respetar ninguna ley ni los derechos de nuestro prójimo.

Bs.As., 26 May 18

sábado, 19 de mayo de 2018

Flora, la gata nacional




Flora, la gata nacional



“Argentina es un país con héroes 
anónimos y sinvergüenzas famosos”. 
Edgardo Antoñana


Sobrevivimos al martes tan amenazadoramente negro y, en general, la crisis cambiaria parece haber sido dejada atrás, al menos por el momento. Pero la sociedad, esa que tanto adora a la mascota del título deberá ponerse a pensar en serio acerca de qué país quiere habitar de aquí en más, ya que el anterior, el del gradualismo en la transformación financiado mediante deuda externa, se probó absolutamente inviable cuando Estados Unidos puso en marcha esa histórica aspiradora de fondos mundiales que es la tasa de interés de los bonos de su deuda..

Está lógicamente extendida la convicción de la necesidad de reducir el gasto público, que para sostenerse requiere de mantener un nivel de impuestos que impide el desarrollo normal y registrado de la actividad privada. Aunque no se hable demasiado de ello, la realidad nos dice que gran parte del precio que pagamos por la energía y los combustibles corresponde a todo tipo de tributos, esos mismos que robaron Cristóbal López, Fabián de Souza y Ricardo Echegaray para financiar la expansión del grupo económico cuya nave insignia fue Oil; es decir, si pudiéramos reducirlos, terminaría la discusión por las tarifas de la luz, el gas y el agua, y la nafta y el gasoil podrían venderse a valores comparables a los del resto del mundo.

Pero está claro que donde más se percibe la enormidad de ese gasto es en los subsidios, los salarios de los empleados públicos y en la gigantesca masa de jubilaciones que el kirchnerismo regaló sin justificación alguna, como no fuera poner en práctica el populismo e intentar seducir a una clase media que, en definitiva, no lo acompañó.

Y en esa imprescindible batalla veremos, precisamente, cuánto estamos dispuestos a tolerar el indispensable ajuste. Si, sin razón, los que habitamos en las grandes ciudades padecemos enloquecedores piquetes diarios, no quiero pensar qué sucederá cuando el Estado prescinda del millón y medio de funcionarios de todo nivel o de los tres millones de jubilados que Cristina Fernández puso injustificadamente sobre nuestras ya cansadas espaldas de contribuyentes, o cuando la Justicia avance definitivamente sobre Hugo Moyano y sus camioneros.

Porque, convengamos, la habitual hipocresía y la adquirida esquizofrenia que padecemos piden a gritos que las autoridades repriman esas permanentes violaciones al derecho a transitar libremente que todos tenemos, pero repudiamos inmediatamente cualquier intento de ponerles coto. A quienes protestan de ese absurdo e ilegal modo, que forman bajo banderas rojas con la estrella de cinco puntas y la imagen del Che Guevara, habría que preguntarles que creen que les pasaría si intentaran cortar las calles de La Habana, de Caracas, de Moscú o de Teherán.

La crisis de la que acabamos de emerger, más o menos indemnes, ha servido ciertamente al Gobierno, aunque fuera al costo de perder caudal político por recurrir al denostado FMI: se vio obligado a aceptar una devaluación que ya se había mostrado más que necesaria, licuó la deuda estatal en pesos, mejoró la competitividad de nuestras exportaciones, devolvió la independencia al Banco Central y redujo la importancia relativa del costo de la burocracia.

Pero todos esos beneficios no serán gratuitos, ya que a corto plazo veremos extenderse las protestas de los empleados estatales que, esta semana, fueron encabezadas por tristemente famosos “metrodelegados”, los bancarios y los “trabajadores de la educación” bonaerenses, todos kirchneristas irredentos. ¿Estaremos dispuestos a soportar más conflictos de ese tipo para tener algún futuro?

Un ejemplo parecido de nuestra duplicidad mental se vincula a la seguridad pública. Todos, sin excepción pero, en especial, los más pobres, estamos hartos de los delincuentes que nos roban y matan con total impunidad. Sin embargo, reaccionamos repudiando a las fuerzas del orden cuando éstas simplemente cumplen con su deber, como quedó demostrado en el caso de Santiago Maldonado, el tatuador ahogado en Neuquén, cuya muerte se pretendió masivamente imputar a la Gendarmería.

Esta semana se “viralizó” un video filmado en una escuela de Brasil, cuando un hombre armado apuntó, ignoro con qué fines, a los niños y a sus madres que los esperaban a la salida: en segundos, una de ellas, policía de franco, sacó su arma reglamentaria y disparó por sorpresa. La mujer fue condecorada, ascendida y se ha transformado en una estrella en un país que padece nuestros mismos males; aquí seguimos persiguiendo judicialmente a Luis Chocobar, que mató a un asesino frustrado cuando desobedeció la orden de alto. En resumen, pedimos más seguridad, pero no aceptamos la represión del delito.

El Gobierno recibió un gigantesco apoyo mundial; que los Estados Unidos, Europa, Brasil, etc., se amontonaran para respaldar las políticas de Macri y apurar una definición del Fondo favorable a la Argentina, tiene pocos antecedentes históricos. Y si a ello se le suma el éxito alcanzado por el primer llamado internacional del programa de Participación Público-Privada en la construcción de infraestructura (recordemos que las condiciones ofertadas fueron, en promedio, 33% inferiores a los costos máximos previstos por Vialidad Nacional), podemos entender la satisfacción que traslució la actitud del Presidente durante la semana.

Mauricio Macri ha aprendido la lección y, por primera vez desde que Cambiemos llegó al gobierno nacional, ha puesto en duda el método de comunicación que, sin duda, le permitió ganar elecciones imposibles pero, quizás, no resultó útil para administrar. Como siempre se ha dicho, la negociación es la base de cualquier democracia y, para una coalición que carece de mayorías en las cámaras de H° Aguantadero, resulta una esencial necesidad; la incorporación a la mesa de decisión de importantes figuras del radicalismo y de la Coalición Cívica permitirá, sin duda, una mejor tracción entre la Casa Rosada y la sociedad.

El susto que pasamos hace pocos días repercutió también en la oposición, a pesar de algunas posiciones –la idiota pretensión de regular las tarifas, por ejemplo- adoptadas sólo para la foto. El abismo estuvo demasiado cerca como para ignorarlo impunemente, y tal vez todos hayamos aprendido a jugar menos con fuego.

Los gobernadores e intendentes deben entender, de una buena vez, que ahora la perinola cayó en “todos ponen”, y dejar de lado las actitudes que convalidan la necesidad de apretar el cinturón siempre que no sea el propio; no podemos seguir tirando manteca al techo mientras pedimos plata al mundo para pagar esas insensateces. Seguir pretendiendo ejercer el poder con métodos populistas, con falsos e imposibles regalos, sólo nos hará mantener el rumbo de degradación y decadencia que la Argentina escogió desde hace más de siete décadas y que nos ha convertido casi en un país inviable.

Bs.As., 19 May 18

sábado, 12 de mayo de 2018

¡Suicidémonos al contado!





¡Suicidémonos al contado!


“No hay cosa como la muerte para mejorar a la gente” 
Jorge Luis Borges


Llevamos intentando nada menos que siete décadas hacerlo en cuotas; a esta altura, ya deberíamos haberlo conseguido. Nos hemos pasado los últimos setenta años buscando a quien echar la culpa de nuestra decadencia, pero jamás nos hemos mirado al espejo para encontrarlo. Cuando, finalmente, logremos terminar con nuestra vida, el resto del mundo nos recordará, si es que lo hace, con el mismo asombro con que Tato Bores, disfrazado de arqueólogo, nos contaba por televisión que “según dicen, aquí había un país que se habría llamado Argentina”.

Hace nada más que treinta meses que elegimos un Presidente y le encargamos la ardua tarea de cambiar nuestro destino, que antes habíamos puesto en manos de una asociación ilícita que se llevó lo mucho que aún quedaba y nos dejó desnudos y a los gritos. Pero recordemos, sin hipocresía, que durante doce años y medio estuvimos encantados con la fiesta que organizaron para, en pleno festejo, desvalijarnos. Es más, sólo cuatro años antes habíamos renovado nuestra ciega confianza en los organizadores del evento con el 54% de los votos y, aún hoy, cuando el cielo está empañado por los espectros de fondos santacruceños, reservas monetarias, viviendas sociales, cloacas, puertos, vías férreas, rutas, petróleo, gas, luz y agua faltantes, una porción nada despreciable de nosotros sigue aferrado al culto de la psicótica personalidad de su jefa.

Cuando la clase media no tuvo más remedio que darse por enterada del desquicio en que se había convertido la República, forzada sin opciones a hacerlo por los bolsos que volaban en los conventos o por los impúdicos videos de La Rosadita y, sin ponerse colorada, se mostró horrorizada cuando los podridos cimientos del kirchnerismo quedaron expuestos a la luz y, con un fervor nunca visto, se dedicó a fiscalizar los comicios para impedir que, nuevamente, la aceitada maquinaria electoral del peronismo del Conurbano consiguiera torcer la democracia. Así logró que Mauricio Macri-Gabriela Michetti y María Eugenia Vidal-Daniel Salvador llegaran al poder por pequeñísimos márgenes, pese a que sus contendientes eran nada menos que Daniel Scioli-Carlos Zannini y Anímal Fernández-Martín Sabbatella, los grandes oficiales de la Orden del Latrocinio y la Droga.

La crisis que dejó Cristina Elisabet Fernández fue muchísimo peor que la que sufrimos en 2001, pero nadie la percibió, y el Gobierno cometió la imperdonable estupidez de no inventariarla detalladamente. En aquel entonce, sólo se trató de un problema bancario y cambiario, derivado del estallido de la convertibilidad, ese invento de Domingo Cavallo que a todos nos gustó, a punto tal que todos los candidatos presidenciales en 1989 juraron conservarla. Sería bueno que recordáramos que volvimos a aplaudir cuando, pocos días después, Adolfo Rodríguez Saa le cantó la vacía a los acreedores y el Congreso entero gritó su felicidad al mundo.

Pero el final de Carlos Menem y la frustración de Fernando de la Rúa habían dejado una inmensa capacidad ociosa, tanto fabril cuanto energética, y eso permitió, con una fuerte devaluación asimétrica, salir rápidamente del pantano. En cambio, la arquitecta egipcia hizo todo lo contrario ya que, exacerbando el consumo y “regalando” la luz y el gas a los porteños, no dejó posibilidad alguna de rápida recuperación; su única virtud –por cierto, impuesta por el desprestigio nacional y la disparatada política exterior- fue dejar escaso endeudamiento externo.

Cuando el Gobierno había comenzado a encarrilar un poco la situación externa –con la salida del default y del cepo cambiario-, mientras se negaba a ejecutar el tajante ajuste del gasto fiscal que reclamaban a coro los economistas más ortodoxos por el impagable costo social que el mismo acarrearía, llegó nuevamente el populismo demagógico a intentar incendiar el país para recuperarse del frío que implica transitar por el desierto: primero, generando un monumental conflicto social cuando se sancionó la más que tibia ley de reforma previsional; luego, aplicando tributos a la renta financiera (que ya los pagaba, a través del normal impuesto a las ganancias de personas y sociedades); y ahora, pretendiendo retrotraer las tarifas de la energía y del agua a valores de 2017 (los curiosos ¿renovadores? de Sergio Massa) o, directamente, a diciembre de 2015 (las hordas de Axel Kiciloff).

Como Cambiemos no tiene mayoría en ninguna de las cámaras del H° Aguantadero nacional, las tribus peronistas pueden reunirse, invitar a la izquierda nihilista y a varios imbéciles de la propia coalición gobernante a construir rápidamente una barricada para impedir que se pueda avanzar hacia la seguridad jurídica; lo logró dando media sanción a una loca ley que pretende que la energía se regale, como se hizo durante la gestión anterior, que así consiguió el extraño logro de perder la autosuficiencia energética. De esa pérdida derivó el monstruoso drenaje de divisas (US$ 50 mil millones) para pagar –y, en el camino, cobrar los indispensables sobreprecios- la importación de gas, energía eléctrica y hasta fueloil; de las vacías arcas del Banco Central surgió, a su vez, la mayor inflación, con el crecimiento exponencial de la pobreza que siempre conlleva.

Gran parte de la culpa del éxito que ha obtenido la hipócrita demagogia en el Congreso corresponde al propio Gobierno, que nunca tuvo el tino de explicar, clara y profundamente, cómo había sido la fiesta de los K (imperios hoteleros y estancieros, coimas de toda clase y color pero un solo destino, aviones y helicópteros fabulosos, flotas de autos de lujo, empresas financiadas reteniendo nuestros impuestos, red de medios de comunicación al servicio de la banda, destrucción de la ganadería, pérdidas de mercados internacionales, cooptación de jueces y fiscales, uso político de la educación, más de US$ 11,2 mil millones pagados por indemnizaciones aún hoy oscuras a los terroristas y sus familiares, etc.), para que supiéramos todos cómo sería el día después de la noche anterior, y qué esfuerzo debíamos hacer para que se nos pasaran los efectos de esa nefasta borrachera generalizada.

Hoy, que Macri se ve obligado a volver al Fondo (en realidad, nunca nos fuimos) a solicitar un crédito que le permita superar la renovada crisis cambiaria -¡por favor, no compararla con el 2001!- que esos mismos cretinos irredentos han generado con su demagogia pasada y presente, la hipócrita clase media parece haberse dado vuelta, y despotrica contra el Gobierno por los aumentos que debe pagar si quiere seguir despilfarrando la escasa energía; mientras, sale gozosa a comprar dólares transformando la devaluación de nuestro pobre peso en una profecía autocumplida. Por lo que dice la encuesta de Berenstein-D’Alessio, también critica la negociación abierta con el FMI, que seguramente resultará exitosa, dado el enorme apoyo internacional que ha obtenido el Gobierno en estos momentos.

El peronismo festeja, claro, la posibilidad de obligar al Presidente a ir al ballotage en 2019, para cuando su delirio le permite creer que tendrá un candidato único y competitivo. Pero me permito desilusionarlo: sé, con toda certeza, que esa clase media, que hoy llora por la gran parte del mini-ajuste que le toca soportar, aunque sea tapándose la nariz volverá a votar por Cambiemos; así se sumará a muchos que, en el Conurbano profundo, han visto por primera vez a un Estado presente, traducido en obras tangibles, en pavimentos, en cloacas, en iluminación pública, en agua potable, en redes de gas, etc., y todo ello mientras zafan del día a día con tarifas sociales.

Pero -recordémoslo cuando se intensifiquen las protestas en la calle- que todos reclamos que el Estado se achique fuertemente, porque no hay economía que resista que 6,5 millones de ciudadanos productivos mantengan a casi 12 millones que no trabajan. ¡Muchachos, la fiesta terminó, y hay que pagar hoy mismo la cuenta!. Como no podemos lavar los platos, elijamos de una vez: convirtámonos de una vez por todas en un país normal -con la sangre, sudor y lágrimas que nos costará- o suicidémonos al contado.

Bs.As., 12 May 18

sábado, 5 de mayo de 2018

Culpas Compartidas





Culpas Compartidas


“Le hizo pensar que contemplaba el mundo a 
través de la transparente pátina del tiempo”. 
Leonardo Padura


Pensaba escribir mis impresiones sobre lo que sucedió esta semana en la economía, pero ya han corrido ríos de tinta sobre ello, producidos por quienes saben tanto más que yo, que me parece que sería impropio y hasta atrevido.

En cambio, insistiré en mi frontal crítica a los oportunistas de la política, calificativo que merecen tanto todas las camaleónicas tribus peronistas, cuanto algunos desaprensivos integrantes del propio oficialismo, que insisten en retrotraer a alguna época pasada los precios de la energía en un país que carece de ella.

Tengo claro que, dados los anticipos salidos de la Casa Rosada en cuanto a qué sucedería si el Congreso lograra consensuar algún disparate por el estilo, lo que buscan es sólo hacerle pagar a Mauricio Macri el costo político que el veto a una ley conlleva.

Pero el nuevo daño a la imagen del país estará infligido, de cara a las recientes licitaciones en materia de energías renovables, cuyos contratos se verían en peligro de alteración, y a la búsqueda de nuevos inversores interesados en compartir proyectos de infraestructura con participación público-privada. Argentina lleva dos años y medio intentando reconstruir confianza a partir del desastre que, como en tantas otras materias, dejó la década verdaderamente infame que terminó -¡vaya uno a saber por cuánto tiempo!- en diciembre de 2015. Si nuestros representantes siguen jugando con fuego dentro del polvorín, ¿qué insano vendrá a poner su dinero aquí, en especial cuando las tasas en Estados Unidos se vuelven mensualmente más atractivas?

Atar los precios de la energía al solo efecto de la inflación, como propone ahora Sergio Massa, (o volver a los cuadros tarifarios vigentes en la época de Cristina Elisabet Fernández, una propuesta de su Unión Ciudadana y de la izquierda) significa dejar de acomodarlos a la realidad, representada por los costos de explorar nuevos yacimientos, de extraer petróleo y gas y refinarlos, de producir electricidad, de transportarlos y de distribuirlos. Y sin esa justa recompensa, como sucedió cuando el kirchnerismo decidió robarse YPF, las compañías desaparecerán de nuestra geografía y retornará la escasez, traducida en cortes de suministro. ¿Eso queremos?

Porque -¡por Dios, seamos conscientes!- el mundo está lleno de oportunidades para esta industria de enormes riesgos, incluso en escenarios de graves conflictos, donde es más seguro invertir que aquí, donde recaeremos en esa absoluta falta de seguridad jurídica que ha convertido a Venezuela, que flota literalmente sobre un mar de petróleo, en el país más miserable de América del Sur.

Pero la culpa no es exclusiva de quienes miran el futuro con la vista puesta sólo en el limitado horizonte de las elecciones del año próximo y vociferan propuestas populistas que les resultará imposible cumplir sin caer en un nuevo default y en una hiperinflación por la vía de emitir dinero sin respaldo alguno. La comparte un buen sector del Gobierno.

Aún el gradualismo que, correctamente, viene aplicando desde que asumió, a costa de incrementar la dependencia de créditos de un exterior que se está secando, golpea en los bolsillos de todos, acostumbrados como estamos a creer que el santo padre Estado debe regalarnos todo para que podamos seguir despilfarrando lo que no tenemos; el populismo consiguió convencer a los argentinos que todo es gratis, aunque lo paguemos con la presión impositiva más alta del mundo.

Pero, desde el Poder Ejecutivo se ha optado por no comunicar y no informar adecuadamente el por qué de cada medida impopular que se ve forzado a adoptar. Aunque parezca absurdo, y en su afán de no atosigar como lo hacía la anterior inquilina de la Casa Rosada con sus cadenas nacionales, olvidó que ella misma anunció, con total desparpajo, que vetaba la ley que obligaba al Estado a ajustar las jubilaciones al 82% de los salarios de la actividad; cuando la realidad impuso al Gobierno la necesidad de una  modestísima reforma previsional, como nadie lo explicó con total claridad, estalló la calle movilizada por ese kirchnerismo desvergonzado y por la sempiterna izquierda insurreccional.

Por eso me pregunto por qué, con racionalidad y oportunidad, no se dan a conocer los verdaderos logros de esta gestión. Como detalló Guillermo Oliveto recientemente, en el primer trimestre crecieron la construcción (14,3% y, sólo en marzo, 8,3%), la producción de acero (20,6% en ese mes), las ventas de pisos y revestimientos (17%), el cemento (13%), las placas de yeso (12%), los sanitarios (8%), el asfalto vial (38%). Y no se trata sólo de la enorme importancia de la obra pública, ya que el índice Construya, que mide la evolución de los insumos para la construcción, creció 14% impulsada por los créditos hipotecarios, una forma de financiar la compra de viviendas que había desaparecido hace muchos años la Argentina; en la ciudad de Buenos Aires, las ventas de inmuebles crecieron más del 30% en ese mismo período, y 35% en todo el país.

En materia de empleo, el sector de la construcción generó un 11% más de puestos de trabajo, alcanzando los 450.000 registrados, y superando por mucho al comercio (2,3%) y a los servicios financieros (1,6%). Y qué decir de las numerosas obras públicas, reales y palpables, que la población ha comenzado ya a disfrutar, sobre todo en lugares donde el asfalto, el agua corriente y las cloacas siempre han sido vistos como inalcanzables.

Pero el Gobierno, inexplicablemente, calla. Y ese enorme espacio de silencio lo ocupan, sobre todo a través de las redes sociales a las cuales es tan afecto, los eternos miembros del “club del helicóptero”, que desparraman malas noticias o, lisa y llanamente, las falsean. Esta misma semana, al menos hasta la fuerte reacción del viernes, se cometió el mismo error de falta de comunicación y de información, que tanto inquietó a los mercados.

Para concluir, quiero contribuir a defender la libertad de prensa, cuyo día internacional se conmemoró precisamente el jueves, ofreciéndole la posibilidad de ver el documental “Será Venganza”, cuya proyección estaba programada para ese mismo día en la Feria Internacional del Libro, actividad que fue levantada por los directivos de ese gigantesco mercado, aplicando la censura previa. Bastará con que pinche este link (https://tinyurl.com/y9trdb73), y lo difunda en la medida de sus posibilidades; será la forma de evitar que el fascismo kirchnerista que profesan los organizadores de la Feria tenga un nuevo éxito, como cuando, hace algunos años, se impidió hablar a Mario Vargas Llosa o, la semana anterior, a los ministros de Cultura de la Nación y de la Ciudad de Buenos Aires.

Bs.As., 5 May 18

sábado, 28 de abril de 2018

¡Los Reyes Magos son los padres!




¡Los Reyes Magos son los padres!


“Que las verdades no tengan complejos, 
que las mentiras parezcan mentiras”. 
Joaquín Sabina

Los argentinos en general, y quienes vivimos en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores en particular, seguimos sufriendo y discutiendo los nuevos valores de la energía en todas sus formas, que golpean sin piedad los presupuestos familiares, afectados por una inflación que no cede con la velocidad prometida. Con la natural hipocresía que siempre caracteriza a los opositores a cualquier gobierno, nuestros políticos en el llano aprovechan la coyuntura para sumarse al coro de quejosos, tratando de llevar agua a sus propios molinos, sin explicar nunca a qué solución recurrirían si se encontraran en el poder.

El peronismo, en su penúltimo disfraz (el duhaldismo), después de contribuir con su innegable capacidad de movilización a derrocar a Fernando de la Rúa, rápidamente pudo salir de la crisis por algunas razones que, de tan elementales, no debiera ser necesario recordar. La caída de la convertibilidad, causada por el desenfreno de su anterior máscara (el menemismo) para perpetuarse en el poder, llevó a que el país tuviera una enorme capacidad ociosa, tanto en materia de energía –exportábamos los excedentes de gas a Chile, Brasil y Uruguay y de electricidad a los dos últimos- cuanto industrial, y a ello se sumó la fuerte devaluación que orquestó el Ministro Jorge Remes Lenicov; al ponerse nuevamente en marcha la economía, se llamó a elecciones generales, en las cuales el Partido Justicialista dirimió su interna.

Con la deserción de quien saliera primero, llegó una nueva mutación del peronismo (el kirchnerismo) a la Casa Rosada, ahora de la mano de un matrimonio que creyó haber encontrado la fórmula mágica para permanecer en ella por décadas, con el simple método de alternar en el sillón de Rivadavia las posaderas de los cónyuges y, desde allí robar todo lo posible, sin parar mientes en los costos que tuviera el saqueo para el país entero.

Como el pater familæ venía escaso de votos propios, salió a la conquista de la clase media y media-alta urbana, siempre reacia a sumarse a los fieles del gigantesco mito inventado para sostener esa fenomenal y aceitada maquinaria electoral que Juan Domingo Perón amasó sesenta años antes. Y lo hizo con un caramelo irresistible: regaló la energía que entonces sobraba; el precio de tamaño disparate fue la creación de la cultura del despilfarro, a la cual muchísimos se acostumbraron rápidamente.

Evidentemente, no se puede negar que tuvo un éxito fulminante ya que, desde el magro 6% propio que lo acompañó en 2003, su cónyuge supérstite se alzó nada menos que con el 54% en 2011. Tal fue el suceso que acompañó al desaforado populismo, que la votaron incluso los vilipendiados productores rurales, pese a que ella misma les había declarado la guerra en 2008.

Pero, como bien se dice en la economía, no hay almuerzo gratis, y llegó la hora de pagar la cuenta de una fiesta que todos los argentinos vivimos con la cortedad de miras que se ha transformado en nuestro raro distintivo nacional. Mientras Brasil, por ejemplo y a pesar de todos los nubarrones actuales que cubren sus cielos, tiene un Ministerio de Planeamiento que establece planes a tres décadas adelante, que se ajustan finamente cada año, nuestro nac&pop Julio de Vido dedicó sus mejores esfuerzos a destruir el futuro para robar en todas las formas posibles mientras durara el efímero presente que, cuando se esfumó hoy lo tiene tras las rejas.

Pero la cultura del despilfarro, con sólidas bases en tarifas de energía que eran absolutamente ridículas (la luz eléctrica costaba mensualmente el equivalía a una pizza chica, y el gas, a un café) además de socialmente injustas, perduró hasta que el déficit fiscal se transformó en una bestia tan ardua de domeñar que requiere, para evitar una crisis gigantesca, pedir prestado la friolera de US$ 30 mil millones por año. El kirchnerismo, que no podía hacerlo porque los mercados internacionales no le atendían el teléfono a la Argentina desde que una mutación peronista anterior (el rodriguezsaaísmo) se diera el lujo de decretar el default más grande de la historia en una asamblea legislativa que aplaudió de pie tamaño suicidio, le daba a la máquina de fabricar pesos las 24 horas del día, fuera en la Casa de la Moneda, en Ciccone Calcográfica o en Brasil.

La natural contrapartida del regalo indiscriminado de la energía fue la pérdida del autoabastecimiento, la indispensable inversión del sentido de gasoductos y líneas de alta tensión (comenzaron a traer lo que antes llevaban) y un subproducto ideal para la voracidad delictiva de los muchachos encaramados en el poder: la importación de gas licuado, con monstruosos sobreprecios y negocios non sanctos de toda índole. Y la inevitable consecuencia fue la monumental pérdida de divisas que todo ello trajo aparejada, que derivó en la famosa inflación, aún incontrolada.

El equipo que se hizo con el triunfo electoral en 2015 cometió, y aún lo hace graves torpezas: al inicio, no informó seria y detalladamente a la sociedad la magnitud de la venenosa herencia recibida (su informe “El estado del Estado” no fue difundido como debía) y continúa explicando muy mal –cuando lo hace- las medidas que se ve obligado a adoptar. No aprendió con la reforma previsional, y tampoco parece haberlo hecho con el tema de las tarifas.

Porque debió recordar que, enfrente, no sólo tiene a verdaderos buitres (“vamo a volver, vamo a volver”) que viven el llano como una maldición, sino a una sociedad muy especial que, mientras llora por los aumentos de tarifas de los servicios, no deja de consumir comunicaciones móviles y televisión paga y viaja batiendo records de turismo local y externo.

Pero la pregunta que todos debemos hacernos, entre muchas otras, es: ¿quién debe pagar la energía que consumimos? ¿Los Reyes Magos? Recordemos que todos los subsidios que el Estado otorga salen de nuestros impuestos, es decir, todos –incluidos los que intentan economizar luz y gas- pagan por ese despilfarro al que tantos años de falsa bonanza nos acostumbraron. Y también hagámoslo pensando en la cantidad enorme que, por carecer de medios para afrontar los aumentos, continúan recibiendo subsidios a través de la tarifa social.

¿A qué se debe que el Gobierno no lo explique con claridad?, que no se tome el trabajo de utilizar, por una vez, la cadena nacional de la que tanto abusara la predecesora para dar a conocer cuántos y a quiénes se está subsidiando, identificando el lugar de residencia de los mismos y, sobre todo, exhibiendo cuadros comparativos del precio de la luz y del gas en cada provincia y ciudad. Tal vez, contra toda esperanza, consiga que la vergüenza por los enormes privilegios de los que hemos gozado hasta ahora en desmedro de muchos de nuestros conciudadanos, nos haga llamar a silencio.

Para terminar, un brevísimo comentario acerca de lo sucedido en la inauguración de la Feria del Libro, cuando cien jóvenes imbéciles, que se oponen inexplicadamente a que los institutos de formación docente capitalinos se transformen en una universidad (como lo hacen los gremios de los “trabajadores de la educación en la Provincia de Buenos Aires frente a los premios por presentismo), con vistas a aumentar la calidad de la enseñanza, impidieron patoterilmente hablar a los ministros de Cultura de la Nación (Pablo Avelluto) y de la Ciudad (Enrique Avogadro). Simplemente, que agradezcan haberse encontrado con ellos y no conmigo; otro hubiera sido el cantar entonces.

Bs.As., 28 Abr 18