sábado, 9 de junio de 2018

El carnaval argentino del Negro Jimmy




El carnaval argentino del Negro Jimmy


“El secreto para arreglárselas es mantener a los cinco tipos que 
te odian lejos de los cinco que todavía no se han decidido”. 
Casey Stengel


Hugo Moyano ha puesto a prueba ese consejo desde hace mucho tiempo pero ha llegado el momento en que no ha podido evitar que los diez se hayan encontrado, y los últimos cinco ya se han decidido. Inspirado en la vida de Jimmy Hoffa, salió a conquistar el planeta sindical a costa de pisar el terreno de sus muchos pares, y logró reunir un enorme poder político, mientras hacía crecer su inconmensurable fortuna personal.

Ya acorralado por la Justicia, y con pavor por los vientos que amenazan terminar con él y su íntimo entorno social y familiar en la cárcel, ha resuelto enfrentar a la sociedad entera y repetir aquí la praxis de los camioneros que, con huelgas y bloqueos de rutas, sumieron a Brasil en un caos por la falta de combustibles, dinero, medicamentos, insumos industriales y alimentos, y obligaron a Michel Temer a ceder a todas sus pretensiones.

Pero las diferencias entre ambos escenarios son abismales. El Presidente de nuestro vecino raya el cero en imagen positiva y, además, está sumamente debilitado en su poder por el inminente proceso electoral, de dificilísimo pronóstico, en el que el rechazo a toda la clase política ha alcanzado cotas hasta hace poco inimaginables y las huelgas policiales han obligado a Brasília a enviar a los militares a las ciudades, asoladas por las guerras entre los narcotraficantes; el jueves último, ese terrible escenario se presentó súbitamente en el Estado de Minas Geraes con quemas generalizadas de ómnibus y ataques a edificios gubernamentales.

Ahora que todos sus congéneres no kirchneristas lo han abandonado, y sólo le quedan los propios camioneros, los “trabajadores de la educación” de Roberto Baradel, los bancarios de Sergio Palazzo, y las variadas formas de la izquierda trotskista, si nuestro Hoffa criollo intentara concretar sus amenazas, se encontraría con un Mauricio Macri más fuerte, respaldado en sus peores momentos por un cuarenta por ciento de la sociedad, y con gobernadores de la talla de María Eugenia Vidal, a los que no le resultará fácil arrancarles concesiones, en especial aquéllas que más preocupan a Hugo Moyano, es decir, las que más amenazan su libertad y su patrimonio.

Tampoco están dispuestos a inmolarse en esa extraña hoguera los líderes de las diferentes tribus peronistas, ni los mandatarios que ejercen el poder local con esa sigla, que pretenden enfrentar al oficialismo en las urnas el año próximo. Tienen la más absoluta certeza de lo letal que resultaría para sus propias ambiciones políticas aparecer en una foto con todo el arco destituyente y, menos aún, cuando las razones de la convocatoria resultan tan bastardas y personales.

Esta guerra recién comienza, y sólo la ganará la sociedad si ésta se muestra dispuesta a pagar todos los costos que, en materia de enormes complicaciones en la vida cotidiana, la conflagración implicará. Esta semana, el enemigo hasta se disfrazó de dueño de camiones para justificar sus bloqueos, pero la coincidencia con Moyano fue tal que resultó imposible creer en una mera casualidad. Por eso, si dejamos que el Gobierno, con sus tropas al mando de Patricia Bullrich, luche solo contra la mafia, ésta habrá ganado antes de empezar el combate, y Argentina entera se habrá despeñado a un abismo insondable.

Porque, enfrente, tenemos a lo peor de nuestro país, como lo demuestran las ya incontables investigaciones judiciales que avanzan, a paso redoblado, sobre el Negro cacique y sus adláteres más conspicuos; los delitos cometidos por ellos son innumerables: lavado de dinero, tráfico de drogas, extorsión, asesinatos, coerción, cohecho, amenazas, lesiones graves, abuso de armas, atentado contra las instituciones democráticas, etc., o sea, todo el Código Penal.  

 En ese universo, ¿alguien puede dudar que el apoyo que recibe Moyano de Hebe de Bonafini y sus Madres truchas se debe al progreso de la causa “Sueños Compartidos”? ¿No fue acaso desesperación lo que se traslució en su alucinada alocución del jueves en Plaza de Mayo, cuando volvió a reclamar el golpe de Estado contra Macri, mientras llamaba a una huelga general de cuarenta y ocho horas?

El acuerdo firmado con el FMI, sumado al fortísimo respaldo internacional que recibió su gestión, significará un sideral alivio para el Gobierno; los oscuros nubarrones se estaban acumulando sobre el cielo patrio: al aumento de las tasas de interés en Estados Unidos y a la sequía que afectó a gran parte de nuestro mejor territorio produciendo una importantísima merma en nuestras cosechas, se le sumaron repentinamente la crisis de Brasil, nuestro mayor socio comercial, y el descrédito mundial que produjo la sanción de la absurda ley de la retracción de las tarifas de los servicios, sancionada por el H° Aguantadero y vetada por Macri, que llevó a los grandes operadores a temer el regreso del populismo a la Argentina.

El eterno escorpión del PJ volvió a mostrar su naturaleza entonces cuando, los legisladores de casi todo su camaleónico arco, a sabiendas que sus votos favorables al adefesio beneficiaban sólo a los habitantes de la Capital y el Conurbano en desmedro de quienes viven en las provincias que representan, no dudaron a la hora de levantar la afirmativa mano; se buscaba que fuera únicamente Macri quien pagara el costo político de un veto por el cual todos rogaban.

Pero ese acuerdo con el FMI también expresa a las claras el fracaso del extremo gradualismo con que se intentó salir de la gravísima crisis –no percibida- que dejó Cristina Elizabet Fernández con dolo, premeditación y alevosía, un ocultamiento que el Gobierno convalidó en nombre de una actitud “políticamente correcta”. Esta forma de ejercer el poder, tratar de quedar bien con el inconquistable enemigo, también colapsó en estos días, como lo demostraron los diferentes piquetes, siempre financiados a través de quienes mediatizan, por tolerancia gubernamental, los subsidios y planes sociales; mientras tanto, las bases electorales de Cambiemos sufren diariamente sus efectos y, claro, se quejan del enorme gasto público, tan mal aplicado.

En esta guerra que ya ha comenzado, y cuyas batallas costarán sangre, sudor y lágrimas, tendremos que decidir de qué lado estamos o, mejor aún, que privilegiamos los argentinos: ¿volveremos a optar por el presente a costa del futuro?; si lo hacemos, ¿de dónde obtendremos los fondos necesarios que necesitamos para seguir dilapidando? Nuestros capitanes de la industria nacional, ¿seguirán reclamando cazar en el zoológico y pescar en la bañadera?. Nuestros comerciantes, ¿seguirán intentando esconder su vocación por el maximizado lucro inmediato detrás de argumentos infantiles?

Todas ellas son preguntas importantes pero, con seguridad, la más seria es: ¿habrá comprendido el Gobierno que resulta inútil intentar cooptar al enemigo, a costa de sacrificar el apoyo del amigo? Esa es, hoy también, la cuestión.

Bs.As., 9 Jun 18

sábado, 2 de junio de 2018

Estrenando pantalones largos




Estrenando pantalones largos


"Toda revolución, con sus excesos, lo mismo que toda guerra civil, despliega 
los talentos más escondidos. Hace surgir a hombres extraordinarios que 
dirigen a otros hombres ... Se trata de remedios terribles, pero necesarios". 
Arturo Pérez-Reverte.


A esta altura de nuestra historia, convendría que nos preguntáramos todos si, esta vez, estamos dispuestos a modificar el siniestro rumbo de colisión que hemos mantenido, como sociedad, durante más de siete décadas o si, por el contrario, volveremos gozosos a él en octubre de 2019.

Tal como era previsible, porque siempre ha sido así, el peronismo, jamás resignado a transitar el desierto, unió a todos sus caciques –algunos teóricamente “racionales”- de todas las procedencias y, juntos, lograron que el H° Aguantadero Nacional le pegara un tiro al país sólo para esmerilar a Mauricio Macri y al gobierno que encabeza.

Sin mayores deserciones, en el mayoritario pelotón suicida se inscribieron los “dialoguistas” de Miguel Pichetto y Diego Bossio, los renovadores de Sergio Massa, los destituyentes del kirchnerismo más rancio, y lo peor del submundo delincuencial provinciano (vgr., José Alperovich) que aún conserva el poder feudal en las zonas más pauperizadas de nuestra geografía.

LLevaban dos años tratando de convencer a todos de lo irreparable de su separación, y de la vocación patriótica de algunos a buscar una solución para los siderales problemas que dejara la última “década ganada”. Muchos de ellos siguen mamando de la gran teta del Estado Nacional, aprovechando la juvenil ingenuidad de los jóvenes del PRO que ignora todavía un viejo apotegma de la política vernácula: “al peronismo se le cobra primero, y se le paga en cuotas”; particularmente, Carolina Stanley debiera investigar de dónde salió el dinero que ayer y siempre financian la movilización de las organizaciones piqueteras.

Hace relativamente poco charlaba con un connotado jerarca del PJ que ha utilizado todas sus diferentes camisetas desde los inicios de su carrera política, muchos años atrás. Me sugirió hacerme peronista; le respondí que, en realidad, llevaba un tiempo pensándolo, pero que no sabía a cuál de los peronismos debía sumarme y, dado que él había transitado por todos, le pedí consejo: al del primer Perón, de Cámpora, del segundo Perón, de Isabel y López Rega, de los Montoneros, de Menem, de Duhalde, de Kirchner o de Cristina Fernández; cuando percibió mi ironía, se enojó y nunca más cruzamos palabra. Es siempre así: cambia el director técnico, pero los jugadores son los mismos, aunque alguna vez se hayan matado entre ellos. Y el país que hoy tenemos es, sin ninguna duda, el que tantas décadas de populismo, amoralidad y saqueo nos dejaron, con nuestra obvia complicidad.

Ayer, en la ciudad de Buenos Aires, toda esa historia se repitió. Allí formaron, después de despellejarse mutuamente en público, personajes nefastos como Hugo Moyano y sus camioneros, Roberto Baradel y sus “trabajadores de la educación”, Sergio Palazzo y sus bancarios, los fanáticos “metrodelegados”, los “papistas” Gustavo Vera y Juan Gabrois, el “pacífico nobel” Adolfo Pérez Esquivel (llamó a derrocar al Gobierno), el inefable Hugo Yatski y Pablo Micheli con sus respectivas CTA, La Cámpora, algunos notorios integrantes de Unión Ciudadana CFK, las soñadoras y compartidas Madres de Plaza de Mayo, varias mujeres portando pañuelos verdes abortistas y, por supuesto, toda la fauna roja-rojita que pondera a Cuba y Venezuela pero no se mudaría en ningún caso a esos paraísos socialistas. Sin atreverse a subir al palco y salir en esa terrible foto, asistieron también Juan Carlos Schmid y Héctor Daer, integrantes del triunvirato que lidera, por ahora, a la CGT.

El fulminante veto presidencial al adefesio legislativo sancionado el miércoles, que pretendía retrotraer las tarifas de energía a diciembre de 2017, lo cual implicaba un costo adicional fiscal para el Estado de ciento quince mil millones de pesos sólo para este año, permitió que pudiéramos ver a otro Mauricio Macri, bien diferente al que conocíamos, modelo zen y permantente optimista.

Era tiempo, porque la enorme porción de la ciudadanía que lo acompañó en la loca aventura de ganar las elecciones presidenciales de 2015, y ratificó su apoyo en las legislativas del año pasado, estaba comenzando a arrepentirse de haberlo hecho ante la manifiesta pusilanimidad para controlar la calle que demostraron, al menos hasta ayer, quienes administran los distritos más calientes.

De todas maneras, no creo que cejen en sus confesas intenciones de derribar al Gobierno; el acto fallido del Senador tucumano durante el debate no hizo más que demostrarlo: “nadie quiere que a Macri le vaya bien”. Es que, muchos de ellos tienen claro que, además de haber perdido el poder y de la posibilidad de seguir saqueando el país, se están arriesgando ya a entregar la libertad y las pestilentes e inexplicables fortunas acumuladas y claro, ¡con eso no se juega!   

Mientras escuchaba al mugriento líder de los maestros despotricar contra el ¿ajuste?, el “plan económico” y el veto a la ley de retrotracción de las tarifas de energía, mientras convocaba a un paro general contra éste y contra la reciente recurrencia al FMI, y a todos los otros oradores que se expresaron en igual sentido en Plaza de Mayo, me asaltaron varias preguntas.

¿Tan imbéciles nos consideran a los demás?, ¿piensan que no recordamos el veto de Cristina Fernández a la ley que pretendía consagrar el 82% móvil a las jubilaciones?. Pero las cuestiones más serias eran otras, ya que se vinculan con el futuro y no con el cínico oportunismo que, milagrosamente, una parte de la sociedad parece haber dejado atrás.

Supongamos, por un momento, que las próximas elecciones las ganara algún peronista, cualquiera de ellos, y éste comenzara a gobernar un país que habría confirmado así su vocación suicida. Aún cuando los reclamos en la calle cesaran instantáneamente, ¿cómo generaría, transportaría y distribuiría la energía que necesitará regalar?, ¿a quién le pediría el dinero necesario para financiar el gasto público?, ¿qué inversores aceptarían correr el riesgo de venir a la Argentina?, al no poder obtener fondos externos ¿cuánto dinero precisaría emitir?, ¿qué cotas de inflación se alcanzarían?, ¿quiénes pagarían las jubilaciones y pensiones?, ¿y los sueldos de los millones de empleados públicos?, ¿cuánto volverían a caer las producciones de granos y carnes?, ¿qué y a quién exportaría el país?.

Porque eso es, exactamente, lo que está sucediendo en Venezuela que, muerta de hambre, ha visto huir del país a un porcentaje enorme de sus ciudadanos más preparados; basta para confirmarlo la rapidez con que obtienen trabajo en Buenos Aires. Una notable comprobación: mientras en Plaza de Mayo las hordas aúllan contra la imposibilidad de conseguirlo y, por ello, siguen exprimiendo planes sociales que tercerizan los punteros, los inmigrantes saben dónde buscarlo, y siempre “en blanco”; las empresas grandes, medianas y pequeñas que han tomado a estos empleados ya se cuentan por cientos.

Como sociedad, ha llegado la hora dejar nuestra infancia atrás y de ponernos los pantalones largos, asumir que tenemos el destino en nuestras propias manos, que ya no hay a quien echarle la culpa de nuestra decadencia, y comenzar todos juntos a trabajar por un mejor futuro.

Bs.As., 2 Jun 18