sábado, 14 de julio de 2018

¡Qué minas!





¡Qué minas!



“Una gabardina colgada del perchero ha 
conservado la forma del cuerpo ausente”. 
Dolores Soler-Espiauba


Aunque muchos se lo suplicaron en diciembre de 2015 y a principios de 2016, los asesores de Mauricio Macri lo convencieron de que sería contraproducente describir con precisión la situación económica y social que Cristina Elisabet Fernández le había dejado en reemplazo de la banda presidencial y del bastón de mando, y así se perdió una oportunidad histórica: entregar formalmente a la sociedad un croquis detallado que le permitiera transitar con alguna seguridad a través de ese inmenso campo minado.

  Sin embargo, nadie podía prever que, mientras caminábamos aterrados por la posibilidad cierta de una explosión, del cielo cayeran bombas aún más destructivas: la sequía que trajo La Niña y las inundaciones que, conjugadas, llevaron a una sideral pérdida de nuestras cosechas. En cambio, sí resultaba previsible que las políticas comerciales de Donald Trump –“USA first!”- trajeran aparejada una revalorización fuerte del dólar y un aumento progresivo de las tasas de interés norteamericanas, que se transformaron en una gigantesca aspiradora de los fondos mundiales que, mientras subsistían tasas casi negativas, habían buscado lucrar en los mercados emergentes y de frontera, como era la Argentina.

Al frente de un país como el nuestro, cuyo Estado gasta muchísimo más que lo que recibe, no genera los dólares comerciales por exportaciones capaces de corregir tanto déficit ni el ahorro interno necesario para financiarlo, que mantiene una presión tributaria record sobre el sector formal (el otro evade sin medida) y una inflación cercana al 30% anual, y que carece de moneda propia (aquí el peso no es un refugio de valor), el Presidente optó razonablemente por aplicar una receta de corrección gradual de los gravísimos problemas heredados.

La alternativa, el ajuste inmediato de tantas variables desacomodadas a propósito por su antecesora, fue dejada de lado por la conmoción social que, sin duda, hubiera provocado. Para comprobar este aserto basta con recordar qué sucedió cuando se puso en marcha una más que tibia reforma previsional o se incrementaron las tarifas de los servicios y de los combustibles, sobre todo a la capital y el Conurbano.

Entonces, se recurrió a los mercados voluntarios internacionales de crédito que, como dije, estuvieron encantados de prestarnos dinero mientras no existían otras posibilidades mejores y de renta segura; cuando éstas aparecieron, salieron corriendo pese a los altísimos rendimientos que aquí les ofrecemos. Esa fuga fue, precisamente, la que provocó la crisis cambiaria que soportamos hasta hace quince días, mucho más fuerte –por nuestra permanente fragilidad- que las que sacudieron a las demás economías en todo el mundo.

Nuestro pobre peso –sólo una unidad de intercambio-, que venía con un claro atraso comparativo, se devaluó como ninguna otra moneda regional, si se excluye al bolívar de la asesinada Venezuela, y ello pese que, cumpliendo su compromiso, el Gobierno no emitió, como hizo el kircherismo para enmascarar sus permanentes desaguisados.

Y así llegamos al FMI que, con el inmenso apoyo internacional que recoge esta administración, nos sacó un poco las papas del fuego. Pero, como se dice, no hay almuerzo gratis, y ahora hemos llegado al momento en que debemos dejar de lado los modos graduales de reducir el gasto público y el derroche al que los argentinos somos tan afectos. Ahora, Macri debe aplicar recetas duras, aunque ya no cuente con la popularidad que lo llevó a ganar en 2015 y 2017, que le hubiera permitido sortear con mayor tranquilidad el temporal que viene con vientos fuertes: la economía enfriándose, una inflación indomable que este mes superará el 3% y los coletazos que llegarán desde lejanas playas por la guerra comercial pronta a desatarse entre Estados Unidos y China, que hará temblar al mundo entero.

La tormenta social es inevitable, pero eso no me impide preguntarme cuál es la receta que aplicarían para alivianarla quienes protestan todos los días en la calle, quienes se resisten al achicamiento de la planta de empleados estatales, quienes se rasgan las vestiduras por los aumentos en los precios del transporte, del gas, de la electricidad, de la nafta o del gasoil, o los periodistas que se desgañitan quejándose del Gobierno.

Sergio Massa y su equipo, que recientemente presentaron un pseudo plan económico, confirmando la validez del teorema de Baglini obviaron maliciosamente explicarnos de dónde saldrían los fondos necesarios para continuar subsidiando todo eso; y lo mismo hacen tanto las restantes tribus peronistas cuanto los movimientos insurreccionales de izquierda.

Señores: o nos ponemos serios o llegará a la Casa Rosada un símil de Nicolás Maduro para expropiar todas las empresas, propiedades y campos, para enriquecer a su claque incondicional y para, cuando hasta eso se acabe, hambrear a la población y sumirla en la desesperación más absoluta, como prueba el masivo éxodo de venezolanos que llegan en masa a los países de la región. Pensemos que, a pesar de flotar sobre un inmenso mar de petróleo, el chavismo ha producido esa gigantesca catástrofe humanitaria que hoy obliga a sus ciudadanos a abandonar todo para no sucumbir ante las enfermedades y el hambre.

No se trata de recurrir al viejo apotegma –“yo o el diluvio”- sino de un hecho casi físico: alguien debe pagar tanto disparate, y ese alguien hoy no existe; no hay, ni siquiera entre los propios argentinos, quien esté dispuesto a enterrar aquí sus ahorros para que sigamos transitando este insano camino de gastar más de lo que tenemos. Si aumentamos los impuestos, ahogaremos aún más nuestra economía; y si no pagamos lo que nos prestaron hasta ahora, caeremos en un nuevo default, con todas las terribles consecuencias que acarrea caerse del mapa del mundo.

  Me parece que, mal que le pese, Macri debe hacer uso de la cadena nacional y explicarle todo esto a un país angustiado por muchas voces interesadas en hacerse con el poder para lucrar desde él, como han hecho casi todos en los últimos setenta años. Pero, otro gran problema comunicacional del Gobierno, también para enumerar las obras de infraestructura que se han encarado, y de las cuales dan escasísima cuenta sólo las informaciones que nos llegan, desde el interior, a través de las redes sociales.

¿Por qué se permite a los miembros del “club del helicóptero” el monopolio de los micrófonos y de las cámaras de televisión? ¿Por qué no mostrar las cloacas, las viviendas, las rutas, los puentes, los pavimentos que se han hecho y que benefician a miles de compatriotas? Es cierto que el kirchnerismo hizo claro y mentiroso abuso de esa forma de relacionarse con la sociedad, pero Cambiemos está pagando un alto precio por abstenerse irracionalmente de hacerlo.

Basta con que se diga la verdad, aún cuando esa verdad sea dolorosa, ya que costará mucho más seguir permitiendo a tantas inescrupulosas voces  propalar de la desesperanza.  

Bs.As., 14 Jul 18


viernes, 6 de julio de 2018

Cristinita, ¿otros US$ 5.000 MM?




Cristinita, ¿otros US$ 5.000 MM?


“La historia la juzgará. Pero tiene el 
mejor de los abogados: el olvido”. 
Roberto Fontanarrosa


A veces, como todo el mundo, me he preguntado, al enterarme de las enormes fortunas que han acumulado algunas personas en el mundo, para qué quieren más; es el caso de algunos megamillonarios, futbolistas, especuladores y, sobre todo, funcionarios políticos que han robado hasta el hartazgo. Gracias a Dios, América Latina y Europa están llenas de ejemplos de estos últimos que hoy miran la realidad desde el otro lado de las rejas.

Argentina, como todos sabemos, es la excepción –como en tantas otras cosas negativas- en la inmensa ola de represión a la corrupción que está recorriendo el planeta y que, con ella, trajo significativos cambios en los regímenes políticos, por la presión civil que las sociedades mantienen sobre sus dirigencias; en la región, los últimos ejemplos son, claro, la ensangrentada Nicaragua, Guatemala y, desde hace una semana, México.

Pero hubo una noticia que, en medio del mundial de fútbol y la crisis cambiaria que se desató aquí, pasó absolutamente desapercibida: un fondo especulativo, Burford Capitals, que ¿compró? los derechos del grupo Petersen a litigar contra nuestro país por la expropiación del 51% de YPF, porque no se ofreció comprar todo el resto de las acciones, demandó a la Argentina ante el mismo Tribunal del fallecido Juez Thomas Griesa, en Nueva York, por la suma de US$ 3.000 MM que, con los gastos y costas, puede llevar el total a la cifra mencionada.

La historia: ¿quién es el grupo Petersen? Un conglomerado perteneciente, al menos en teoría, a la familia Ezkenazi. Por si no la recuerda, éstos son los dueños del Banco de Santa Cruz, sí, ¡el mismo que operó los fondos desaparecidos de la Provincia cuando don Néstor era Gobernador!; esos dineros faltantes surgieron de la privatización de YPF.

Carlos Menem ofreció a los gobernadores de las provincias petroleras una fórmula que recalculaba las regalías que les correspondían, pero condicionó su aplicación a la aprobación de la ley que habilitaba la venta de la empresa; el famoso “pelo…” Oscar Parrilli fue el miembro informante de la ley, Kirchner llegó al extremo de enviar el avión sanitario para permitir a un legislador del norte llegar al Congreso para la sanción definitiva, y la norma fue aplaudida de pie, por “patriótica”, en el recinto. La Provincia de Santa Cruz recibió entonces más de US$ 600 MM, y acciones de la compañía privatizada, que había comprado Repsol.

Luego, don Néstor vendió esas acciones, con lo cual se hizo de otros US$ 500 MM y, todos sumados, se fueron a pasear por los bancos del mundo, en cuentas a nombre ¡personal! del Gobernador, y nunca regresaron. La Legislatura provincial, bajo su control, aprobó permanentemente sus sucesivas explicaciones, a pesar de los alaridos de los escasos opositores.

Y comenzó el segundo acto de la tragedia. Para entender por qué la califico así baste recordar que, cuando los pingüinos llegaron a la Casa Rosada, Argentina era exportadora neta de energía, y había construido varios gasoductos para exportar el fluido a Chile y a Uruguay, y líneas de alta tensión para enviar electricidad a nuestros vecinos orientales y a Brasil.

Don Néstor comenzó a apretar, vía un populista congelamiento de tarifas, a las empresas que generaban, extraían, destilaban, transportaban y distribuían energía en el país; se llegó al extremo de pagarle a Repsol, por el gas que obtenía en el sur argentino, un tercio del precio que se le reconocía por el mismo gas que producía en Bolivia.

Esa política produjo nefastos resultados: la producción de hidrocarburos cayó en picada y obligó al Gobierno a invertir el sentido de los flujos de los ductos para importar electricidad y gas licuado, otra fuente de “negocios” para los funcionarios, incluyendo las operaciones con Venezuela, “arregladas” con el socio Hugo Chávez. Y, en el caso, llevó a los españoles a mirar con buenos ojos la posibilidad de irse del país.

Alguien les acercó entonces una idea muy original: vender una importante proporción del capital social de YPF (15% + 10%) a una familia local, lo cual sería muy bien visto por Kirchner; por si no lo imagina, se trató de los mismos Eskenazi. Nada importaba que éstos, de la industria petrolera, lo único que sabían era cómo cargar combustible en sus automóviles. Pero, además, los banqueros carecían del dinero necesario para pagar las acciones que compraron así que, “naturalmente”, la propia Repsol les prestó los fondos necesarios y, por si fuera poco, les cedió la administración de la compañía.

Los españoles, encabezados por Antonio Brufau, no eran tontos. Exigieron que el préstamo otorgado fuera pagado por los Eskenazi distribuyendo como dividendos, como mínimo, el 95% de las utilidades de YPF, y que el contrato fuera firmado por don Néstor y por Guillermo Patotín Moreno. En la industria del petróleo, ninguna empresa distribuye más del 30/35%, porque el resto debe destinarse a exploración de nuevos yacimientos; o sea, YPF dejó de buscar y, nuevamente, cayó la producción. Y, por cada US$ 100 que repartió, Repsol se llevó los US$ 75 que le correspondían por sus propias acciones, y los otros US$ 25 como pago de la deuda familiar. ¡Todos de fiesta, salvo la Argentina!

Muerto su marido, Cristina Elisabet Fernández logró, sin esfuerzo, una ley, también aplaudida de pie y por idénticos principios, que le permitió expropiar las acciones que quedaban en manos españolas; cuando éstas protestaron (no sólo no se les pagaría sino que se les cobrarían daños ambientales), la noble viuda envió a Axel Kiciloff a negociar a Madrid y el Ministro, iniciando un hábito que luego ratificó con el Club de Paris, le tapó la cara a billetazos. ¡Le pagó US$ 10.000 MM!, y sus compatriotas, agradecidos, construyeron un monumento a Brufau.

Es decir que la compulsión de los Kirchner por robar no solamente implicó que Argentina perdiera el autoabastecimiento energético y requiriera importar ingentes cantidades de electricidad y gas, sino que esas operaciones significaron un drenaje monumental de divisas, lo cual llevó al default, al cepo cambiario y a la terrible inflación que hoy padecemos.

Las acciones que habían “comprado” los Eskenazi fueron puestas a nombre de dos compañías con nombres similares –Petersen algo- radicadas en España y que, a su vez, pertenecían a otra empresa, también llamada así, creada en Australia. No se sabe –y nadie se ha preocupado por averiguarlo- quiénes son los dueños reales de esta última pero, como soy malpensado, presumo que su apellido comienza con K.

Si acierto en mis sospechas, Cristina y sus hijos no perdieron su vocación por el saqueo, no les basta con los dineros acumulados en las Seychelles y en Angola, y hoy van por más, mucho más; si el Senado sancionara la demorada ley de extinción de dominio, y el H° Aguantadero permitiera el desafuero de la jefa y de Máximo, seguramente otro sería el cantar.      

Bs.As., 7 Jul 18