sábado, 13 de marzo de 2010

Escasez de cóndores

Escasez de Cóndores

"Hablaban en voz alta, y el anciano
con acento vibrante,
"¡Vendrá", exclamaba, "el héroe predilecto
de esta cumbre gigante!"
"El Nido de Cóndores", de Olegario V. Andrade

Debo confesar que, a partir del 29 de junio de 2009 y ni aún en mis peores pesadillas, llegué a pensar en un Congreso cuya bandada opositora estuviera tan repleta de pavos reales, de chimangos rapiñadores, de gallitos tan dispuestos a vender su cresta al mejor postor y, sobre todo, tan vacía de cóndores majestuosos.

Lo que hemos visto por televisión, y leído en todos los diarios, revistas e Internet en estos días implica, lisa y llanamente, que la República ha dejado de existir, aunque todavía parezca viva en sus formas.
Un tipo que, según los encuestólogos de todo pelaje (salvo el CEOP), no llega al veinte por ciento de aprobación y al diez de intención de voto, se ha llevado puesta a la República, esa misma que tanto nos costó a los argentinos construir a partir de 1853.
El Cid Campeador, según la historia o la mitología, conquistó Valencia ya muerto, enfundado en su armadura y sostenido por una cruz de madera oculta bajo su capa. Lamentablemente, los ideales que lo condujeron, a través de toda su vida, a esa victoria post mortem se fueron con él a la tumba de los grandes de la humanidad.
Sin embargo, en la Argentina de principios del siglo XXI, parece haberle salido un competidor a Rodrigo Díaz de Vivar, ya que aquí también un muerto -¿es tan así?- sigue ganando batallas.
A partir de ahora, y dado el exitoso raid de shopping que realizó el kirchnerismo estos días, el poder seguirá concentrado en manos de don Néstor que, mal que nos pese (a nosotros y al país) es el más astuto de los políticos. Que carezca por completo de principios y de grandeza es harina de otro costal, aunque resulte enorme el precio que tengamos que pagar, en un futuro muy cercano, por sus desmadres.
No hay, en el plexo opositor, nadie con tanta voluntad de poder y tanta capacidad de reacción como el tirano de Olivos, que es capaz de inventar, todos los días, nuevas fintas para luchar, desde todos los atriles y en todos los campos y todas las condiciones, con sus adversarios.
Porque, entre otras cosas, éstos se demostraron aterrados ante la sola idea de que la efectiva pérdida de poder en el Parlamento llevara a una crisis interna de magnitud, fogoneada por los Kirchner, que terminara tirándoles el Gobierno por la cabeza.
Ahora bien; si aspiran llegar al poder el año próximo –una pregunta al margen, pero bien inquietante: ¿alguien se imagina a don Néstor o a doña Cristina entregándole, democráticamente, la banda presidencial a un sucesor no elegido por ellos?- deberían saber que la situación en que recibirían el mando será muchísimo peor que la actual.
Porque, niñitos opositores, para entonces las reservas habrán desaparecido, la deuda externa habrá adquirido un color rojo subido y el gasto público estará todavía más crecidito. Quien gane las elecciones, aún los propios Kirchner, deberá comenzar a desmontar el entrecruzamiento infernal de los subsidios y, en la medida en que no podrá pedir plata a los mercados voluntarios, también carecerá de dinero para seguir gastando como se ha hecho hasta ahora.
Pero mucho más grave –creo no equivocarme al afirmar que será el problema más grave que deberá enfrentar don Néstor hasta entonces- será que la inflación habrá salido, totalmente, de control. Porque debemos recordar que la pérdida de valor de la moneda tiene un enorme componente psicológico, que la acelera por razones diferentes a las meramente económicas o fiscales.
Ese fenómeno es el que hace que un comerciante remarque en exceso su mercadería, porque ignora cuánto deberá pagar para reponerla y prefiere curarse en salud.
Salvo quienes hoy tienen menos de veinticinco años, todos los argentinos tenemos altamente desarrollado el olfato inflacionario, porque hemos convivido con dos hiperinflaciones, varias denominaciones para los pesos, la pérdida de tantos ceros que ya ni me acuerdo. Ya hemos llegado, si se anualiza la inflación de febrero, a niveles superiores al treinta por ciento, y la psicología comenzará –si no lo ha hecho ya- a jugar su rol.
Es por eso que creo que, esta vez, nos caímos en serio del mapa. Porque, si quienes luchan y se matan por llegar tienen tanto miedo de hacerlo, ¿quién estará en condiciones de reemplazar a éstos sátrapas?
¿Quién estará dispuesto a hacer todo lo necesario –mucho de lo cual deberá pagar con su propia piel- para arreglar el país?
¿Quién tendrá los redaños suficientes para decirle claramente a la población que no hay más dinero para subsidiar el transporte, la luz y el gas?
¿Quién le dirá que los argentinos deberemos dejar de comer todo aquello que sea exportable?
¿Quién asumirá el costo político implícito en el cambio de planes sociales por la cultura del trabajo real?
¿Quién estará dispuesto a sacrificar el futuro inmediato y de corto plazo para invertir en educación, un producto que tarda, al menos, una generación en madurar?
¿Quién estará dispuesto a luchar contra los carteles de la droga y las corruptas corporaciones policiales para brindar verdadera seguridad a la población?
¿Quién asumirá la pelea con los gremios de los maestros, para que los que en serio trabajen puedan cobrar más, y mandando al resto a la calle?
Tristemente, no parece haber nadie con la grandeza suficiente para ser un cóndor. Y la República deberá ser, finalmente, enterrada.
Bs.As., 13 Mar 10

1 comentario:

acardoso1 dijo...

Quizá Enrique los cóndores estén empollando en alguna ladera lejana y escarpada, y lleguen finalmente. Ojalá sea así. Cordiales saludos. Alejandro María Cardoso
alejandrocardoso@yahoo.com