viernes, 4 de septiembre de 2026

Demasiadas piezas en el tablero

 


Demasiadas piezas en el tablero

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1061)

“La historia no se repite, pero rima”.
Mark Twain

Hay momentos en que el mundo parece avanzar hacia ninguna parte. Los acontecimientos se suceden con una velocidad tal que resulta difícil distinguir lo importante de lo accesorio, mientras las grandes potencias mueven sus piezas en un tablero cada vez más peligroso.

Ucrania continúa desangrándose, sin que Rusia consiga imponer definitivamente sus condiciones ni Occidente encuentre la fórmula para terminar con una guerra que ya lleva demasiado tiempo. Donald Trump intenta abrir una puerta hacia la negociación con Vladimir Putin, pero las distancias entre Moscú y Kiev son enormes. Y ésa es la característica más preocupante del mundo actual: nadie parece saber con certeza hacia dónde vamos.

Mientras Europa mira con preocupación hacia Moscú, EEUU tiene otro adversario mayor: China. La disputa ya no es simplemente comercial. Es una pelea por el siglo XXI. Tecnología, inteligencia artificial, energía, telecomunicaciones, minerales estratégicos, rutas marítimas y capacidad militar forman parte de la batalla. China produce, innova, invierte, compra empresas, construye infraestructura y desarrolla una formidable capacidad tecnológica y militar. EEUU intenta contener ese avance con aranceles, sanciones y restricciones tecnológicas. Beijing responde acelerando su autonomía y extendiendo sus vínculos por Asia, África, Medio Oriente y América Latina. Y aquí aparece una diferencia fundamental con la Guerra Fría: había dos bloques, hoy hay muchos jugadores.

India quiere comerciar con EEUU y comprar petróleo ruso. Arabia Saudita mantiene vínculos con Washington y Beijing. Turquía pertenece a la OTAN, pero conversa con Moscú. Brasil procura relacionarse con todos. Los países ya no quieren elegir. Quieren negociar. Los BRICS crecen, el llamado Sur Global reclama protagonismo y la hegemonía occidental encuentra límites que parecían inimaginables. Pero sería igualmente ingenuo creer que EEUU está en retirada. Continúa siendo la principal potencia militar del planeta, conserva una enorme capacidad financiera, tecnológica y diplomática y posee una red de alianzas que China todavía no puede igualar. Lo que está terminando no es la influencia norteamericana. Es su hegemonía indiscutida.

Y allí aparece Taiwán. China considera a la isla parte de su territorio y no ha renunciado a recuperarla, incluso por la fuerza. Taiwán, mientras tanto, mantiene su democracia y su autonomía de hecho. EEUU la respalda, aunque conserva cierta ambigüedad sobre qué haría ante una invasión. El equilibrio es delicado. Porque una guerra allí no sería otra guerra regional. Sería un enfrentamiento entre las dos principales potencias militares y económicas. Una guerra en ese estrecho podría paralizar industrias enteras, alterar el comercio mundial y provocar una crisis de dimensiones inimaginables. Pero existe algo todavía más grave: EEUU y China poseen armas nucleares. Y cuando dos potencias de esa magnitud comienzan a acercarse demasiado al abismo, ya no importa quién tiene razón sino quién conserva la cabeza fría.

En Medio Oriente, la guerra de EEUU contra Irán ha colocado al estrecho de Ormuz en el centro de la escena. Por allí circula una parte (20%) del petróleo que consume el planeta. Y eso significa que una guerra en el Golfo nunca es solamente eso. Una interrupción del transporte marítimo encarece alimentos, fertilizantes, seguros y fletes en países a miles de kilómetros. La globalización, que alguna vez fue presentada como garantía de paz, ha demostrado también su otra cara: nunca fuimos tan interdependientes y nunca fuimos tan vulnerables. Las guerras modernas se libran con petróleo, gas, aranceles, sanciones, chips, minerales, información y dinero. La geopolítica se ha convertido en geoeconomía.

Frente a este panorama, la Argentina no puede continuar comportándose como si el mundo fuera un asunto ajeno. Tenemos petróleo y gas, alimentos, litio y minerales estratégicos, una enorme plataforma marítima, el Atlántico Sur, la Antártida. Y tenemos, además, una ubicación geográfica que adquirirá creciente importancia a medida que el mundo vuelva a valorar los recursos naturales y las rutas de abastecimiento. Por eso resulta incomprensible que nuestra política exterior continúe tan atada a las simpatías o antipatías del gobierno de turno. No podemos ser fervorosos amigos de uno y enemigos del otro según quién ocupe la Casa Blanca o el Kremlin. Los países no tienen amigos permanentes, tienen intereses permanentes, y deberíamos aprenderlo.

Malvinas constituye, en ese sentido, una prueba de madurez. El petróleo descubierto alrededor de las islas y el creciente interés estratégico por el Atlántico Sur vuelven a colocar la soberanía en un escenario mucho más complejo que el de décadas atrás. Tenemos todo el derecho a defender nuestra reivindicación, pero hacerlo con inteligencia. No recuperaremos las Malvinas a fuerza de discursos, ni las empresas británicas abandonarán sus proyectos porque las amenacemos. Necesitamos diplomacia, paciencia, estrategia y una política de Estado que sobreviva a los gobiernos. Porque si algo ha demostrado la historia es que los países serios construyen sus objetivos durante décadas.

El mundo que conocimos después de la caída del Muro de Berlín está desapareciendo. Creímos que el comercio sustituiría a las guerras, que la globalización haría más costoso enfrentarse y que la democracia avanzaría. Nos equivocamos. La guerra regresó a Europa. Medio Oriente continúa siendo un polvorín. Estados Unidos y China disputan el liderazgo mundial. Rusia desafía a Occidente. Europa vuelve a armarse. Los BRICS intentan construir una arquitectura diferente. Y nuevas tecnologías permiten que un dron barato destruya un equipo militar que cuesta millones de dólares. El mundo es hoy más poderoso que nunca. Y, paradójicamente, también más frágil.

Las grandes guerras no siempre comienzan porque alguien decide provocarlas. A veces, porque alguien calcula mal: un avión derribado, un barco atacado, una respuesta que obliga a otra respuesta, y después nadie recuerda quién comenzó. Esa es mi mayor preocupación. Hay demasiados jugadores. Demasiados intereses. Demasiadas armas. Demasiados conflictos: Ucrania, Gaza, Irán, Taiwán, el Ártico, el Atlántico Sur. Demasiadas piezas moviéndose sobre un tablero cuyo final nadie conoce. La Argentina deberá decidir si quiere limitarse a observar la partida o comenzar, por una vez, a pensar cuál debe ser su propio movimiento. Porque esta vez no estamos mirando el tablero desde afuera, también somos una pieza. Sería imperdonable descubrirlo cuando ya sea demasiado tarde.

Bs.As., 5 Sep 26