Demasiadas piezas en el tablero
por Enrique Guillermo
Avogadro (Nota N° 1061)
“La historia no se repite, pero rima”.
Mark Twain
Hay momentos en que el mundo
parece avanzar hacia ninguna parte. Los acontecimientos se suceden con una
velocidad tal que resulta difícil distinguir lo importante de lo accesorio,
mientras las grandes potencias mueven sus piezas en un tablero cada vez más peligroso.
Ucrania continúa desangrándose,
sin que Rusia consiga imponer definitivamente sus condiciones ni Occidente
encuentre la fórmula para terminar con una guerra que ya lleva demasiado
tiempo. Donald Trump intenta abrir una puerta hacia la negociación con Vladimir
Putin, pero las distancias entre Moscú y Kiev son enormes. Y ésa es la
característica más preocupante del mundo actual: nadie parece saber con certeza
hacia dónde vamos.
Mientras Europa mira con
preocupación hacia Moscú, EEUU tiene otro adversario mayor: China. La disputa ya
no es simplemente comercial. Es una pelea por el siglo XXI. Tecnología,
inteligencia artificial, energía, telecomunicaciones, minerales estratégicos,
rutas marítimas y capacidad militar forman parte de la batalla. China produce,
innova, invierte, compra empresas, construye infraestructura y desarrolla una
formidable capacidad tecnológica y militar. EEUU intenta contener ese avance con
aranceles, sanciones y restricciones tecnológicas. Beijing responde acelerando
su autonomía y extendiendo sus vínculos por Asia, África, Medio Oriente y
América Latina. Y aquí aparece una diferencia fundamental con la Guerra Fría: había
dos bloques, hoy hay muchos jugadores.
India quiere comerciar con EEUU
y comprar petróleo ruso. Arabia Saudita mantiene vínculos con Washington y
Beijing. Turquía pertenece a la OTAN, pero conversa con Moscú. Brasil procura
relacionarse con todos. Los países ya no quieren elegir. Quieren negociar. Los
BRICS crecen, el llamado Sur Global reclama protagonismo y la hegemonía
occidental encuentra límites que parecían inimaginables. Pero sería igualmente
ingenuo creer que EEUU está en retirada. Continúa siendo la principal potencia
militar del planeta, conserva una enorme capacidad financiera, tecnológica y
diplomática y posee una red de alianzas que China todavía no puede igualar. Lo
que está terminando no es la influencia norteamericana. Es su hegemonía
indiscutida.
Y allí aparece Taiwán. China
considera a la isla parte de su territorio y no ha renunciado a recuperarla,
incluso por la fuerza. Taiwán, mientras tanto, mantiene su democracia y su
autonomía de hecho. EEUU la respalda, aunque conserva cierta ambigüedad sobre
qué haría ante una invasión. El equilibrio es delicado. Porque una guerra allí
no sería otra guerra regional. Sería un enfrentamiento entre las dos
principales potencias militares y económicas. Una guerra en ese estrecho podría
paralizar industrias enteras, alterar el comercio mundial y provocar una crisis
de dimensiones inimaginables. Pero existe algo todavía más grave: EEUU y China
poseen armas nucleares. Y cuando dos potencias de esa magnitud comienzan a
acercarse demasiado al abismo, ya no importa quién tiene razón sino quién
conserva la cabeza fría.
En Medio Oriente, la guerra de EEUU
contra Irán ha colocado al estrecho de Ormuz en el centro de la escena. Por
allí circula una parte (20%) del petróleo que consume el planeta. Y eso
significa que una guerra en el Golfo nunca es solamente eso. Una interrupción
del transporte marítimo encarece alimentos, fertilizantes, seguros y fletes en
países a miles de kilómetros. La globalización, que alguna vez fue presentada
como garantía de paz, ha demostrado también su otra cara: nunca fuimos tan
interdependientes y nunca fuimos tan vulnerables. Las guerras modernas se
libran con petróleo, gas, aranceles, sanciones, chips, minerales, información y
dinero. La geopolítica se ha convertido en geoeconomía.
Frente a este panorama, la
Argentina no puede continuar comportándose como si el mundo fuera un asunto
ajeno. Tenemos petróleo y gas, alimentos, litio y minerales estratégicos, una
enorme plataforma marítima, el Atlántico Sur, la Antártida. Y tenemos, además,
una ubicación geográfica que adquirirá creciente importancia a medida que el
mundo vuelva a valorar los recursos naturales y las rutas de abastecimiento. Por
eso resulta incomprensible que nuestra política exterior continúe tan atada a
las simpatías o antipatías del gobierno de turno. No podemos ser fervorosos
amigos de uno y enemigos del otro según quién ocupe la Casa Blanca o el
Kremlin. Los países no tienen amigos permanentes, tienen intereses permanentes,
y deberíamos aprenderlo.
Malvinas constituye, en ese
sentido, una prueba de madurez. El petróleo descubierto alrededor de las islas
y el creciente interés estratégico por el Atlántico Sur vuelven a colocar la
soberanía en un escenario mucho más complejo que el de décadas atrás. Tenemos
todo el derecho a defender nuestra reivindicación, pero hacerlo con
inteligencia. No recuperaremos las Malvinas a fuerza de discursos, ni las
empresas británicas abandonarán sus proyectos porque las amenacemos. Necesitamos
diplomacia, paciencia, estrategia y una política de Estado que sobreviva a los
gobiernos. Porque si algo ha demostrado la historia es que los países serios
construyen sus objetivos durante décadas.
El mundo que conocimos después
de la caída del Muro de Berlín está desapareciendo. Creímos que el comercio sustituiría
a las guerras, que la globalización haría más costoso enfrentarse y que la
democracia avanzaría. Nos equivocamos. La guerra regresó a Europa. Medio
Oriente continúa siendo un polvorín. Estados Unidos y China disputan el
liderazgo mundial. Rusia desafía a Occidente. Europa vuelve a armarse. Los
BRICS intentan construir una arquitectura diferente. Y nuevas tecnologías
permiten que un dron barato destruya un equipo militar que cuesta millones de
dólares. El mundo es hoy más poderoso que nunca. Y, paradójicamente, también
más frágil.
Las grandes guerras no siempre
comienzan porque alguien decide provocarlas. A veces, porque alguien calcula
mal: un avión derribado, un barco atacado, una respuesta que obliga a otra
respuesta, y después nadie recuerda quién comenzó. Esa es mi mayor
preocupación. Hay demasiados jugadores. Demasiados intereses. Demasiadas armas.
Demasiados conflictos: Ucrania, Gaza, Irán, Taiwán, el Ártico, el Atlántico Sur.
Demasiadas piezas moviéndose sobre un tablero cuyo final nadie conoce. La
Argentina deberá decidir si quiere limitarse a observar la partida o comenzar,
por una vez, a pensar cuál debe ser su propio movimiento. Porque esta vez no
estamos mirando el tablero desde afuera, también somos una pieza. Sería
imperdonable descubrirlo cuando ya sea demasiado tarde.
Bs.As., 5 Sep 26