miércoles, 25 de abril de 2012
domingo, 22 de abril de 2012
Repollos y Chupetines
Repollos
y Chupetines
“En última
instancia, la política tiende a declinar porque, desgraciadamente, no se ganan
elecciones con ciudadanos sino con consumidores”.
Eduardo
Fidanza
El
vertiginoso ritmo que el maravilloso aparato de comunicación del Gobierno
impone a la agenda de los argentinos, impulsado por la necesidad de ocultar
problemas tales como el affaire Ciccone, el crimen de Once y la falta de
dólares para hacer frente a los pagos de la deuda y de las importaciones de
energía, hace que, en general, se carezca de tiempo para la reflexión. Cada vez
que pretendo pensar en el país futuro, me encuentro con que ha producido algo
de tal magnitud que no se puede dejar pasar y, entonces, caigo nuevamente en
comentar lo cotidiano.
La
expropiación de las acciones de Repsol en YPF –que, más allá de la compartida
responsabilidad de la empresa española en el vaciamiento de la petrolera, tiene
notables elementos inconstitucionales- ha generado en la población en general,
y en la oposición en particular, un apoyo de tal tamaño que recuerda el que
obtuvo la guerra de Malvinas o el que concitó la declaración del default; en
este caso, recuerdo el horror que me produjo contemplar a la Asamblea Legislativa
casi unánimemente en pie, aplaudiendo a rabiar una medida que nos haría caer en
el precipicio.
Galtieri,
Adolfo Rodríguez Saa, Menem y los Kirchner no nacieron de repollos, son
“nosotros”, como fueron “nosotros” todos y cada uno de los presidentes,
gobernadores y legisladores que hemos sabido conseguir a lo largo de nuestra
historia como país independiente, cualquiera fuera el partido, aún el militar,
que lo hubiera entronizado.
Como
pueblo, y vaya Dios a saber por qué razones, lo cierto es que los doscientos
años que hemos dejado atrás no han servido, evidentemente, para convertirnos en
una “nación”. Mal que nos pese, nunca hemos dejado de ser un mero “consorcio”.
Quien
vive en un departamento seguramente comprende a qué me refiero. Tenemos un
territorio (el edificio), un estado (el administrador), una constitución (el
reglamento de copropiedad), un poder legislativo (la asamblea y el consejo de
administración) y, para mantener
funcionando eso, pagamos impuestos (las expensas). Pero no hemos sido, tal vez
nunca, una “nación”, es decir, una unidad de destino, con políticas de estado
de largo plazo, con un rumbo determinado y, sobre todo, con previsibilidad en
su comportamiento.
Así como
nos portamos en casa, tenemos similares conductas en la calle y, en general, en
el espacio público. Los reglamentos de convivencia –eso es, precisamente, la
Constitución Nacional- establecen horarios precisos para los ruidos molestos,
por dónde pueden circular las mascotas, cómo sacar la basura, en qué fecha hay
que pagar las expensas, cómo utilizar los ascensores, etc.; todas esas normas,
por cierto bien elementales y consensuadas para permitir la vida en comunidad,
sufren violaciones permanentes por nuestra parte.
Idéntica
situación se replica cuando salimos de casa. Por ello, tiramos todo tipo de
objetos en la calle, estacionamos nuestros autos donde nos da la gana,
descargamos mercaderías a cualquier hora, invadimos sendas peatonales,
generamos un ruido infernal y convertimos en objeto de nuestro vandalismo a
monumentos, árboles, plazas, fuentes y paredes ajenas.
Como
copropietarios (y como ciudadanos), cada vez que una situación nos lo permite
abusamos del poder circunstancial que nos ha sido dado para imponer nuestra
voluntad, aún cuando ésta vaya a contramano del reglamento que nosotros mismos
nos hemos dado. Nuestros gobernantes –o sea, “nosotros”- hacen exactamente lo
mismo en la función pública, confundiendo adrede gobierno con estado, y
disponiendo de éste y de sus bienes como si fueran propios y privados.
En los
edificios, y aún en los barrios y pequeñas comunidades, muchas veces toleramos
usos y abusos por temor; quien grita más, quien dispone de una mayor fuerza,
nos hace retroceder y evitamos quejarnos por miedo a las represalias. También
esa situación, como vemos todos los días, se repite entre gobernantes y
gobernados. Cierto es que mucho tiene que ver con esa tolerancia y con ese
falso respeto al poderoso nuestra comodidad y la satisfacción de nuestras
pequeñas o grandes necesidades cotidianas.
Que, en
el camino, se hayan triturado normas e instituciones no parece ser una
preocupación de nuestra ciudadanía, al menos en tanto y en cuanto no se afecte
nuestro bolsillo personal.
Olvidamos
que, cuando el gobierno de turno privatiza o estatiza los activos públicos,
también está tocándonos nuestros propios bienes, ya que han sido construidos y
desarrollados con los impuestos que pagamos. Y, como lo olvidamos, dejamos
hacer; si, además, el tema permite que, de una forma totalmente idiota, nos
vistamos con la bandera nacional, mejor aún. Esa falsa manera de comportarnos
nos permite, subconscientemente, reconciliarnos con nosotros mismos y enjugar
la culpa que nos genera nuestro comportamiento cotidiano frente a la patria y a
la república.
Generar
una guerra, declarar el default, realizar injustificados pagos al FMI o
confiscar violentamente empresas nos hace sentir que somos más “argentinos”,
más patriotas. Como el Gobierno lo sabe, ya que es “nosotros”, crea una
situación de ese tipo para obtener nuestro apoyo cada vez que éste mengua. No
tenía duda alguna, por ejemplo, que doña Cristina había crecido
vertiginosamente en la aprobación de su gestión, que venía en caída libre, a
partir del conflicto con YPF; hoy, las más serias empresas de opinión pública,
registran un nivel de 70%, como el que tuvo a partir del 23 de octubre.
Todas
esas medidas, de corte populista y, sobre todo, cortoplacista, son los
verdaderos chupetines que recibimos como los niños que, como ciudadanos, en
realidad somos. Es difícil que un chico piense en el futuro, ya que es algo que
le pertenece por derecho y en lo que no piensa, que le resulta abstracto;
cuando quiere algo, lo exige ya mismo, aún cuando se transforme en perjudicial
a la larga. Eso hacemos los argentinos, y quienes deberían representarnos y
conducirnos utilizan ese conocimiento para mantenernos contentos.
Nuestras
universidades, por ejemplo, que estuvieron por muchas décadas entre las mejores
del mundo, hoy han desaparecido de todos los rankings mundiales. Eso ha
sucedido exclusivamente porque, cada vez, se reduce más el nivel de exigencia
en sus claustros; no protestamos por esa declinación sino que pedimos
acentuarla y así, cuando las pruebas rechazan a un gran número de inscriptos,
pedimos modificarlas y aliviarlas, para evitar que se queden afuera.
Nuestros
gobernantes han prohibido, absurdamente por cierto, que se divulguen los
resultados académicos de los establecimientos educativos, un elemento
fundamental a la hora de elegirlos. Lo toleramos pasivamente y, mientras, los
exámenes de comprensión, de matemáticas y de ciencias a los que son sometidos
nuestros jóvenes arrojan niveles de deterioro cada vez mayores.
Pero, tal
como sintetiza magistralmente Eduardo Fidanza en la frase que encabeza esta
nota, mientras podamos seguir consumiendo lo que queremos, y nos sigan
entregando chupetines nacionalistas, no estaremos dispuestos a encarar ninguna
acción o a levantar ninguna real bandera, aún cuando éstas sean la de la
decencia frente a la corrupción rampante, la de la indignación frente al
sojuzgamiento de la Justicia, la de la libertad frente a los abusos del poder.
La Argentina,
una vez más, se encuentra frente a una dramática encrucijada: debe escoger, y
hacerlo ya mismo, entre madurar como sociedad, recuperar sus instituciones –en especial,
su Justicia- y reinsertarse en el mundo u optar por continuar así, en este
camino de lenta pero permanente decadencia, que terminará por hacerla
desaparecer como entidad jurídica. Si elige mal, alguna vez, como aquel geólogo
encarnado por el incomparable Tato Bores, la humanidad entera se preguntará si alguna vez existimos.
Bs.As.,
22 Abr 12
Publicado por:
Revista
Informativo Rural Nº 173
martes, 17 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
LLuvia de Piedras
Lluvia de Piedras
“Vamos por este mundo como si tuviéramos
uno de repuesto en nuestras maletas”
Jane Fonda
Jane Fonda
La Argentina siempre ha sido un país
original, a punto tal que alguna vez un profesor, hablando de la economía
mundial, establecía cuatro tipos de sistemas: el capitalista, el socialista,
Japón y nuestro país. Pues bien, en estos días, al menos esos laureles de
originalidad han reverdecido.
Dejando a cargo de la Presidencia de la
República a un señor sospechado de todo lo posible, y sobre el cual se está
cerrando un cerco de pruebas del cual le resultará difícil evadirse, la señora
de Kirchner nos representó en Cartagena de Indias, donde se celebró una Cumbre
regional, en la cual obtuvo pésimos resultados.
Obviamente, eso ha sucedido muchas veces y
con muchos presidentes; me refiero a fracasar en sus objetivos al intentar
incluir determinado tema en la declaración final del encuentro. Lo que
convierte este episodio en original es el total desconocimiento, por parte del
ex Twitterman, acerca de los
intereses de cada país a la hora de elegir su postura internacional. Nuestro
egregio Canciller se comportó como aquél del Proceso, Nicanor Costa Méndez, que
creyó que, en la guerra de Malvinas, los Estados Unidos nos apoyarían o, al
menos, se mantendrían neutrales.
A treinta años de esa tragedia, la
Argentina comete los mismos errores en los foros internacionales cuando
pretende, después de castigarlos duramente a través de Patotín y sus prohibiciones a importar, las naciones de América la
acompañen en su postura patotera con relación a las islas. ¡Así le fue a doña
Cristina en Colombia!
La pregunta de oro es: ¿resulta don
Timerman, el mismo que, tenazas en mano, secuestró material estratégico
norteamericano en Ezeiza, el más apto para conducir las relaciones
internacionales de nuestro país en este preciso momento histórico? La obvia
respuesta es que no.
Veamos el escenario global, ese mismo que
“el hijo de Jacobo” (¡gracias, Lanata!) desconoce por completo.
Con los países de la región estamos
peleados porque, para cuidar la caja de dólares, Patotín cerró las importaciones a cal y canto. El problema básico
es que las empresas, en general, distribuyen la fabricación de las partes de
sus productos en distintos países; así, en un proceso que se llama integración,
las automotrices, por ejemplo, fabrican los motores en un país, las cajas de
cambio en otro, los frenos en un tercero, los vidrios en un cuarto, y así
sucesivamente.
Entonces, cuando don Moreno cierra el
ingreso de mercaderías importadas a la Argentina, interrumpe el flujo normal de
todos esos componentes y, con ello, la producción final de las empresas, donde
quiera que esto se concrete. Es fácil entender que esa situación no fue
prevista cuando las inversiones en la región, en toda la región, fueron
imaginadas; cuando los empresarios se quejan a los gobiernos de los otros
países, éstos, porque se ven venir la desocupación local, se indignan con las
trabas que el nuestro les impone y son reacios a acompañarnos en una pelea
frontal con Inglaterra.
Para entender de qué estoy hablando, nada
mejor que leer un artículo altamente esclarecedor por lo simple, que publicó
Leonard Read en 1958 y al que tituló “Yo, el lápiz” (http://www.liberalismo.org/articulo/50/37/lapiz). Ha sido, precisamente, por ignorar estos
principios básicos del comercio y de la industria globalizados que doña Cristina
se dejó convencer por Patotín de las
bondades del cierre de nuestra economía, atrayendo problemas con todos nuestros
socios naturales.
El otro frente complicado, en términos
externos e internos, es el que el niño Kiciloff está agudizando con Repsol, al
pretender que ésta se deje sodomizar en YPF.
Todos quienes han seguido mis notas saben
cuánta responsabilidad adjudico a los Kirchner en la política energética
seguida desde 2003, e instrumentada por don De Vido.
Mi razonamiento es el siguiente. Después de
haber apoyado desaforadamente, y logrado, la privatización de YPF en la época
del neo-kirchnerista Menem, actitud que representó para don Néstor (q.e.p.d.)
el cobro de quinientos millones de dólares en regalías y muchas acciones de la
nueva empresa que, cuando fueron vendidas, agregaron otros setecientos millones
a sus arcas (¿se acuerdan de los desaparecidos “fondos de Santa Cruz”?,
Kirchner, ya en el poder central, decidió “ir por todo” en el sector del
petróleo y el gas.
Para
ello, congeló los precios que cobraban los productores locales, de cualquier
nacionalidad que éstos fueran. Así, logró que Respol-YPF percibiera por cada
millón de BTU (la medida internacional del gas) producidos en la Argentina dos
dólares y medio, a pesar de cobrar, cuando lo producía en Bolivia, siete
dólares. Obviamente, esa política resultó en que las compañías que actuaban en
el país dejaran de buscar nuevos yacimientos y se limitaran a sobreexplotar a
los que ya tenían en producción.
Naturalmente también, esas empresas
empezaron a buscar el modo de salir de nuestro país, en el cual no podían ganar
dinero, al menor costo posible. En el caso de Repsol, nuevamente apareció don
Néstor (q.e.p.d.) para indicar a los españoles que lo que más les convenía era
ceder una parte de la empresa (15% + 10%) a un grupo, los Eskenazi, íntimos
amigos y banqueros suyos.
Como éstos no tenían dinero, Kirchner era
muy amarrete con el propio y Repsol tenía interés en empezar a irse, todos
inventaron el método ideal para que los amigos del Presidente de entonces
pudieran comprar esas porciones de la compañía: el dinero saldría de la propia
Repsol.
Hasta allí, el tema estaba resuelto, pero
los Eskenazi tampoco tenían forma de devolver el préstamo recibido para comprar
las acciones. ¿Cómo se solucionó?, muy simplemente. El contrato estableció –y
el Gobierno argentino lo aprobó, con la firma de Patotín- que los fondos para pagarlo saldrían de las ganancias de
la propia empresa.
Así, establecieron la fórmula mágica. YPF
repartió, durante años, el 140% de sus ganancias –porque incluyó las
anteriores, no distribuidas-. Con el porcentaje que les tocó, los Eskenazi
fueron devolviendo el préstamo (todavía deben algo) y los españoles se llevaron
el 75% restante como ganancia propia. ¡Maravilloso invento!
Claro que, para poder concretarlo, YPF,
hasta entonces dueña de la porción mayoritaria del mercado, dejó de explorar y
consumió sus reservas. Mientras que, en la actividad petrolera mundial, lo
normal era distribuir entre el 25 y el 30% de las utilidades y destinar el
resto a la exploración, YPF se comportó como dije en el párrafo anterior, pero
los Kirchner-Eskenazi se hicieron de una parte importante del negocio.
Con la muerte de don Néstor (q.e.p.d.) y la
crisis desatada por las necesidades de importar más combustibles y más caros,
llegó el momento de las definiciones. Mi impresión –carezco de pruebas, pero
aplico la lógica- es que el niño Máximo fue a ver a los Eskenazi para que le
dieran “la de papá” y, como éstos habrían alegado desconocimiento o cancelación
previa de las obligaciones (recordemos que, en estos casos, no existen los
papeles y las “mejicaneadas” son siempre posibles), se transformaron en los
nuevos enemigos Nº 1 del Gobierno, tal como antes había sucedido con el grupo
Clarín, Alberto La Viuda Fernández o
Moyano y, en estos días, con Righi y con Rafecas.
En resumen, los Kirchner, para concretar
tanto su propia entrada en el mercado del petróleo cuanto la de sus amigos de
siempre (don Cristóbal López y don Lázaro Báez) –recordemos que entregaron a
éstos diez (siete millones y medio de hectáreas) de las doce áreas en una
licitación de la Provincia de Santa Cruz, para lo cual descalificaron a todas
las operadoras internacionales- crearon esta inédita crisis de energía: de ser
un país netamente exportador de combustibles, la Argentina de don Néstor
(q.e.p.d.) y de doña Cristina deberá importar este año US$ 14.000 millones, y
se ha quedado sin reservas.
El niño Kiciloff parece haber convencido a
la Presidente de “ir por todo” en el caso YPF, ya que la movida le permitiría
explotar el populista sentimiento nacionalista local, ocultando los nuevos
escándalos de corrupción y, a la vez, resolver problemas de caja del Gobierno.
Pero, como todo aquí, cualquiera sea la solución que doña Cristina encuentre,
no responde a la pregunta fundamental: ¿de dónde saldrán los fondos necesarios
para que, dentro de cinco o seis años, la Argentina recupere el
autoabastecimiento?
La otra pregunta fundamental de estos días,
y a la cual tampoco nadie responde, es: ¿quién es el dueño de Ciccone, la
imprenta a la cual el Gobierno insiste en encomendar nada menos que fabricar
los billetes?
Como se ve, la Argentina vuelve a ser un
caso de estudio, especialmente en aquellos países que tienen intereses en YPF,
es decir, nada menos que la Unión Europea, México y los Estados Unidos, o que
resultan perjudicados por el cierre patotero de nuestras importaciones: los
nombrados, más Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y hasta China.
Hace algunas semanas, cerré una nota recomendando
la compra de cascos, ya que lloverían piedras. La Cumbre de Cartagena, el
conflicto con Repsol y el affaire Ciccone son sólo el principio de ese fenómeno
climático, y las próximas semanas nos permitirán comprobar cuánto se están
acelerando los tiempos.
Bs.As., 16 Abr 12
Publicado
por:
miércoles, 11 de abril de 2012
Risas y llantos
Risas y LLantos
“Menos mal hacen los delincuentes que un mal juez”
Francisco de Quevedo
La forma en que los hombres y mujeres informados reaccionan hoy frente a lo que está ocurriendo en la Argentina, no sólo depende de la posición de cada uno respecto a las fronteras geográficas de nuestro país sino del cariño que, a contrapelo de nuestros escasos méritos, aún conseguimos suscitar entre quienes, siendo extranjeros, conocen esta rara cosa en la que nos hemos convertido.
Más allá del episodio concreto de Ciccone –reitero que sólo puede haber sido autorizado o compartido por don Néstor (q.e.p.d.), primero, y por doña Cristina, después, dado que en este gobierno nadie siquiera saluda si no tiene permiso previo- lo real es que todo nos está poniendo en primera plana en todos los diarios del mundo, y no precisamente con crónicas a favor.
Como siempre digo: “con una Justicia independiente, seria y rápida, en la Argentina todo será posible; sin ella, nada lo será”.
Veamos, entonces, que agrega el nuevo affaire Ciccone a la imagen que presentamos al mundo como sociedad, que debiera ser el mayor atractivo para las imprescindibles inversiones, propias y ajenas, para que el país pueda desarrollar todo su potencial, dar trabajo genuino, reducir la inflación por ampliación de la oferta, mejorar la educación por la demanda de graduados en carreras duras, sacar de la pobreza a sectores sumergidos, agregar valor a nuestras exportaciones y miles de etcéteras.
Un ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación –don Eugenio Zaffaroni- quedó expuesto como propietario de varios inmuebles en los cuales se ejercía la prostitución; al descubrirse el hecho, no renunció ni dió explicaciones. El resto de los ministros no encontró en el hecho óbice alguno para que ese Juez continuara ejerciendo su alta función.
El Presidente de la misma Corte, don Ricardo Lorenzetti, manifestó, públicamente, haber pautado con el Poder Ejecutivo distintas “políticas” para llevar adelante las causas llamadas de lesa humanidad; esos acuerdos implicaron terminar con los principios de legalidad, de ley previa al hecho del proceso, de inocencia, y vulneraron irremediablemente al derecho de defensa. Tampoco sus pares consideraron esa actitud como un agravio a sus investiduras.
Los jueces federales penales de la Capital Federal, que tienen a su cargo la investigación de los delitos (corrupción en todas sus formas) que cometen los funcionarios públicos, paralizan sine die esas causas, y nunca encuentran culpables de esos hechos. Los fiscales, que deben impulsar esas causas, reciben órdenes de la Procuración para actuar con lentitud o, simplemente, para no hacer nada.
Uno de esos jueces, en particular, que tiene a su cargo varios juzgados –me refiero, obviamente, a don Norberto Oyarbide- no solamente fue asiduo concurrente de prostíbulos homosexuales sino que, con la complicidad de la Policía Federal, protegió esos negocios, hasta que todo estalló en una pelea con el gerente de uno de esos antros, quien difundió un video en el que el Juez aparecía en actitudes poco dignas y, además, escribió un libro relatando los pormenores del episodio; este siniestro personaje se da el lujo de exhibirse con un anillo de un cuarto de millón de dólares, adquirido con fondos que no puede explicar. Cuando don Oyarbide fue denunciado ante el Consejo de la Magistratura, el kirchnerismo impuso su mayoría para eximirlo de toda culpa. Entre otras causas no menos escandalosas, el Juez devolvió favores sobreseyendo, sin trámite alguno, a los propios Kirchner en las denuncias por enriquecimiento ilícito. Los fiscales, seguramente por sugerencia del entonces Procurador General de la Nación, don Esteban Righi, se abstuvieron de apelar esos sobreseimientos.
Los Kirchner, sus ministros y parientes, compraron a precio vil y sin oferta pública, tierras en uno de los más importantes paraísos turísticos de la Argentina, el Calafate. Para investigar ese escándalo, fue designada la Fiscal en el lugar, también compradora de tierras de ese modo, y sobrina de los Kirchner.
El Vicepresidente de la República, don Amado Boudou, quedó involucrado en episodios de, al menos, tráfico de influencias y, para cubrir sus actos, no dudó en mentir públicamente. Al quedar en descubierto, atacó ferozmente al Juez de la causa, don Daniel Rafecas, defendido por sus pares y sus colegas de los claustros universitarios, al mencionado don Righi (acusando al estudio del que era titular hasta el momento de la asunción de su cargo de intentos de cohecho para “aceitar” la relación con los jueces federales) y a Adelmo Gabbi, Presidente de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.
Ya que don Righi mantuviera abierto su estudio mientras se desempeñaba como Procurador General de la Nación resultaba, como mínimo, poco ético pero que, además, sus socios (entre otros, su propia mujer) ejerciera de la defensa de los funcionarios acusados de corrupción por los mismos fiscales que él comandaba se transforma en un verdadero escándalo moral. Recuerdo que, cuando el Dr. Marco Aurelio Risolía dejó la Presidencia de la Corte Suprema, se negó a reintegrarse a la actividad privada por considerar que ello resultaría inmoral, pero esa era otra Argentina.
El ahora despedido Procurador debe añadir a sus malolientes laureles haber sido partícipe necesario de los Kirchner en la tarea de demoler, uno a uno, los distintos organismos de control de la gestión, en especial la Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas, a la cual vació de contenido y facultades.
El Juez Daniel Rafecas, defendido por sus pares y por sus colegas en los claustros universitarios, a cargo de la causa en la que figura el Vicepresidente de la República como imputado, fue denunciado por un íntimo amigo, abogado vinculado a otros sospechados en la misma causa, por intercambiar mensajes electrónicos, sugiriendo conductas o informando medidas procesales.
El Vicepresidente fue denunciado por legisladores de la oposición y por distintos particulares por actos incompatibles con la función pública y por enriquecimiento ilícito; obviamente, no renunció ni pidió licencia. La causa recayó en el Juzgado Federal a cargo de uno de los jueces más sospechados de parcialidad a favor del Gobierno.
Ante la renuncia del Procurador General, la Presidente propuso –y el Senado designará, utilizando las mayorías oficialistas o compradas- como sucesor a don Daniel Reposo, íntimo colaborador de don Boudou en la Anses, en el Ministerio de Economía y en la Sigen, boxeador amateur y colega en los rings empresarios de don Patotín Moreno. Doña Cristina reproduce, así, el episodio de las tierras de Calafate, poniendo como acusador en jefe a un dependiente del acusado, y sospechado de cómplice de éste en la compra directa de autos para el Ministerio de Economía.
Como se ve, cristi-kirchnerismo explícito. El problema es que, como lo vemos nosotros mismos y gracias a la denostada globalización, estos detalles se conocen en todas las capitales del mundo, y en todas las redacciones. Pagaría por acompañar a la señora de Kirchner a la Cumbre de Cartagena del próximo fin de semana, sólo para ver cómo la mirarán los pocos colegas –varios han justificado su ausencia- con los que se encontrará. Mientras tanto, dejará a cargo de la Presidencia a Guita-rrita Boudou. ¿Los argentinos nos merecemos esto?; me temo que sí.
También hubiera pagado, hace unos días, para ver cómo leyó la Presidente la noticia proveniente de Brasil, que informaba que la señora Dilma Rousseff, después de haber echado nada menos que a siete ministros acusados de corrupción, alcanzaba el 77% de aprobación de su gestión, y era recibida por Obama durante tres horas.
Los que creemos que, con muy poco, Argentina podría evitar su triste destino, estamos llorando por una República cada vez más perdida, en un proceso que, de no revertirse a tiempo, concluirá con la desaparición jurídica del país. Mientras tanto, quienes nos contemplan desde lo alto de sus fortunas mal habidas o quienes han debido sufrir, por demasiado tiempo, la prepotencia y la mala educación de los argentinos, se ríen a carcajadas.
Bs.As., 11 Abr 12
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domingo, 8 de abril de 2012
Cada vez, más pasado y menos futuro
Cada vez,
más pasado y menos futuro
“En el gobierno, como en el
cuerpo humano, las
enfermedades más graves proceden de la cabeza”
Plinio el
Joven
Como tantas veces en esta gestión
presidencial iniciada en 2003, los cotidianos escándalos están haciendo que los
verdaderos y graves problemas queden ocultos a la mirada de la ciudadanía en
general.
No voy a abundar sobre el affaire Ciccone, pues mucha tinta ha corrido ya
sobre el tema que, sobre todo después de la pseudo conferencia de prensa de Guita-rrita Boudou, no para de crecer.
Me limitaré a reiterar, al respecto, una pregunta que me formulé hace semanas:
¿resulta imaginable que en este régimen, en el que los funcionarios no
contestan siquiera un saludo sin pedir permiso, el actual Vicepresidente haya
inventado este negociado solo? En la respuesta que cada uno dé estará el
pronóstico acerca de cuál será la actitud de doña Cristina cuando regrese de su
merecido descanso en Calafate.
Ahora bien; una cosa es que don Néstor
(q.e.p.d.) haya autorizado el invento y otra, muy distinta, es haberlo confiado
a este señor, que aparece como un imbécil, capaz de cualquier desaguisado. El
tema es que, como la señora de Kirchner lo inventó, hoy deberá pagar la cuenta,
sea dejándolo caer como un piano (un costo político enorme) o salvándolo del
desastre (un costo aún mayor).
Lamentablemente, este hecho -de inusitada
gravedad institucional, debido a la irresponsable elección, a contrapelo de los
deseos generales, de su compañero de fórmula por la señora Presidente- está
ocultando otros aspectos de la realidad que, desde los cenáculos de La Cámpora
se impondrán, a paso de vencedores, sobre el futuro de la República y de las
libertades individuales.
En la última nota me referí a la limitación
a los jueces en el dictado de medidas cautelares que protejan a los ciudadanos
de los abusos del poder. Ahora, parece existir un proyecto legislativo que
intervendrá fuertemente en el tema de los alquileres, comerciales y
habitacionales, terminando, en la práctica, con la propiedad privada en materia
de inmuebles.
Si esta versión se confirmara, volvería la
Argentina a cometer otro error del primer peronismo, cuando congeló los precios
de las locaciones urbanas y, naturalmente, afectó de manera casi terminal a la
industria de la construcción de viviendas. Pero, de la mano de Patotín y de Kiciloff, este Gobierno
parece no aprender de la historia, y estar dispuesto a sacrificar cualquier
futuro a un presente cada vez más complicado.
Hoy, con la bandera de un pseudo
nacionalismo –emulando a Evo Morales, a Hugo Chávez y a Rafael Correa- y mientras
agita las banderas de Malvinas, el cristi-kirchnerismo mágico avanza sobre la
producción de petróleo y gas en la Argentina.
No necesito explicar a mis sufridos
lectores cuál es mi posición frente a YPF y a la familia Eskenazi, pues han
tenido que soportar innumerables notas al respecto. Sin embargo, cabe recordar
que la actividad hidro-carburífera depende de enormes inversiones, de las
cuales Argentina carece y que seguirán brillando por su ausencia mientras no
consiga transmitir al mundo entero que aquí ha comenzado a imperar la seguridad
jurídica.
Estamos hablando de montos que exceden, por
mucho, las posibilidades de las cajas a las cuales los Kirchner se han
acostumbrado a recurrir para solventar sus locuras populistas. Para recuperar
las reservas de gas y de petróleo que la política llevada adelante por Kichner,
doña Cristina y don De Vido ha hecho desaparecer, no existen en el país dineros
suficientes; según Alieto Guadagni, estamos hablando de trescientos cincuenta
mil millones de dólares, es decir, dos tercios del total recaudado por el
Gobierno desde 2003.
Ahora, cuando el mundo entero observa con
estupor a nuestro país, cada vez más aislado, no sólo se están quitando
concesiones a YPF sino también a Petrobras y a empresas norteamericanas, chinas
y chilenas. ¿Dónde, entonces, buscará la Argentina capitales dispuestos a
invertir aquí?
Con los precios actuales, con el barril por
encima de los US$ 100, todos los jugadores del mercado global buscan dónde
aplicar fondos. Eso incluye, por supuesto, a la plataforma continental de
Brasil, donde se han producido los descubrimientos más importantes desde fines
del siglo XX, y las exploraciones en las aguas de Malvinas. Sin embargo, huyen
de la Argentina como de la peste.
El “capitalismo de amigos”, ese que logró
que casi todos los yacimientos de Santa Cruz fueran entregados a don Cristóbal
López y a don Lázaro Báez, no sirve en un escenario que, día tras día, cambia
de reglas y donde las empresas, las de verdad, se enteran por los diarios del
día siguiente si sus negocios van bien o mal en el país. Así, nadie vendrá –en
ninguna actividad, petrolera o no- a invertir un dólar en la Argentina.
Y sin esas inversiones, imprescindibles
ahora que el Estado se ha quedado sin recursos, es imposible el desarrollo. El
mundo entero se ha globalizado, y las compañías internacionales fabrican una
parte de sus productos terminados en cada país; aquí sucede lo mismo: el
componente nacional en materia de automóviles, por ejemplo, rara vez supera el
30%.
Entonces, al cerrar las fronteras a la
importación y complicar enormemente las cadenas de producción de nuestros
bienes industriales exportables, el Gobierno está llevando al país a un pasado
que ya vivimos, y que aún no hemos dejado de pagar, inclusive en educación.
Argentina, nos guste o no, tiene un mercado
interno sumamente reducido. Somos cuarenta millones de habitantes, de los
cuales consumen, realmente, diez o quince millones; el resto, los que reciben
planes sociales o se desempeñan en el mercado informal, se limitan a gastar
todo lo que ganan en alimentarse.
Es ridículo, entonces, pretender que
nuestro país tenga una industria capaz de desarrollar productos cada vez más
sofisticados, que requieren una monstruosa inversión en investigación y
desarrollo, para tan pocos consumidores. La única solución es integrarnos
fuertemente al mundo, exportando calidad, diseño y precio, y competir con el
resto de los países en los mercados más exigentes; en una nota (http://tinyurl.com/7a2jgdn) ya expuse mi teoría al respecto, por lo
cual no me explayaré más aquí.
Pero, ¿quién –argentino o extranjero-
estará dispuesto a poner un peso en un país donde impera el absurdo y lo
irracional, donde nada es como debiera, donde un solo funcionario decide qué
empresa vive o muere? Durante muchos años, critiqué con rigor al empresariado
argentino, por su vocación por la protección y las prebendas; dije, como
muchos, que todos parecen tener un cadáver en el placard y que el temor a la
Afip era el mejor igualador. Sin embargo, hoy la situación es distinta, ya que
don Patotín, a su solo arbitrio,
puede decidir quién importa y quién no, determinando el presente y el futuro de
cada empresa.
En fin; las próximas semanas dirán cuán
rapaz será el Gobierno y cuán dispuesto a continuar depredando el futuro está.
Muchos de sus pretendidos logros –la masiva jubilación de quienes no aportaron
o la asignación pseudo universal por hijo, por ejemplo- dependerán, para
perpetuarse, de los nuevos saqueos que, para realizar maniobras aún más
populistas, perpetrará contra la Anses, el Bcra, el Pami y las escasas y
menguadas cajas disponibles.
La forma en que evolucione la actual crisis
política que, por falta de fusibles, repercute directamente en la Presidente,
también será un termómetro para medir la temperatura social. Doña Cristina
agradece, sin dudas, la inexistencia de opositores que puedan convertirse en
alternativas válidas para este nefasto presente, ya que nadie está planteando,
con seriedad, caminos alternativos para el futuro.
En estas Pascuas, obviamente, la casa no
está en orden.
Bs.As., 8 Abr 12
Publicado por:
lunes, 2 de abril de 2012
Preguntas sin hacer
Preguntas sin Hacer
“Los funcionarios son como los libros de una biblioteca:
los situados en los lugares más altos son los más inútiles”
Paul Mason
La semana pasada, más allá de los lentos progresos y retrocesos de la causa Ciccone/Boudou, de la confirmación del aislamiento internacional de la Argentina de la mano del reclamo de 40 países ante la OMC, de los reiterados agravios de Patotín Moreno a propios y extraños, y de nuevos y contraproducentes fuegos de artificio sobre el tema Malvinas, me llamaron la atención dos asuntos claves que, sin embargo, no parecen haber recibido tratamiento importante de los medios y que, mucho más curioso aún, que no hayan generado un escándalo.
El primero se refiere al ¿asalto? a una camioneta que, sin custodia de ningún tipo, transportaba un sofisticado arsenal, muy superior en sus prestaciones al que disponen, aquí, las fuerzas de seguridad. La forma misma en que la noticia fue divulgada es, como mínimo, rara. ¿Alguien sabe quién era el propietario de las armas y municiones “robadas”? ¿De dónde salieron y hacia dónde iban?
Como tengo muchos años, pero aún conservo la memoria de los hechos que me tocó vivir, en el momento exacto en que me enteré del hecho y de sus circunstancias pensé en un delivery para alguien interesado en contar con ese armamento. Es decir, tuve toda la sensación de estar contemplando un montaje para ocultar una entrega planificada a algún grupo, subversivo o directamente delincuencial.
En ambos casos, estaríamos ante una situación harto peligrosa. Si se trató de una jugada de delincuentes “comunes”, por la pérdida de vidas policiales y civiles que traerá aparejada la disponibilidad de tan sofisticadas herramientas; si, en cambio, estuviéramos ante una entrega planificada y disfrazada a un grupo político, sería bastante peor, por cierto.
Salvo algunas organizaciones adictas al Gobierno, no existen hoy en la Argentina grupos organizados capaces de generar hechos de violencia; por lo demás, algunas de esas “asociaciones” afines han hecho pública su voluntad de defender al “modelo” y, consecuentemente, a la señora Presidente, “hasta las últimas consecuencias”. Conociendo los antecedentes políticos y terroristas de muchos de los funcionarios actuales, la imaginación no deberá esforzarse demasiado para entender qué quiere decir, en este caso, esa tan remanida frase.
Por lo demás, y en vista a los muchos privilegios que esta nueva y mercantilizada militancia ha obtenido de su cercanía con el poder, resulta dable pensar que estén dispuestos a defender, a como dé lugar, sus pisos en Puerto Madero, sus autos y motos fantásticos, sus campos, sus yates y aviones y, en última instancia, hasta su libertad personal, todo lo cual podría ser puesto en riesgo en caso de que el reinado K terminara abruptamente su ciclo.
El segundo tema, infinitamente más grave, es el proyecto de ley que el Ejecutivo enviará al Congreso para limitar y coartar la posibilidad de los particulares –ciudadanos y empresas- puedan recurrir a la Justicia para frenar abusos de poder por parte del Estado. Como dije, este asunto reviste una gravedad trascendental y definitoria sobre la libertad, en todas sus formas.
Para que resulte comprensible para quienes no son abogados, se trata de restringir la facultad constitucional de los jueces de suspender los efectos de una medida –ley, decreto, resolución u ordenanza- cuando ésta afecta los intereses de un individuo o de un colectivo de ellos. A mero título de ejemplo y, por supuesto, forzando la hipótesis, si ese esperpento legal fuera sancionado de nada valdría que cualquiera, ante la toma de su propia casa ordenada por el Estado, pudiera impedirla por decisión judicial ya que, a partir de entonces, los magistrados no podrían dictar, como sucede ahora, una medida cautelar hasta tanto se decida sobre el fondo de la cuestión.
El Poder Ejecutivo, con su proyecto, avanza en su decisión irrevocable de convertir a doña Cristina en emperatriz de la Argentina, es decir, en terminar irremediablemente con la República.
Lo notable no es que la ciudadanía, que no tiene por qué saber derecho procesal, no reaccione frente a una noticia cuyas implicancias ignora. Lo que asombra es que ninguna de las diferentes asociaciones de abogados, que las hay de todo tipo y color, haya puesto el grito en el Cielo.
Nada, ni Ciccone/Boudou, ni la inaudita prohibición de importar libros que decretó –por supuesto, informalmente y antes de retractarse- don Patotín, ni la miserable utilización política de la gesta de Malvinas, tienen dentro suyo el huevo de la serpiente que esta norma parirá porque, con su sanción por el Congreso express del cristi-kirchnerismo, la libertad habrá muerto en la Argentina y todos los derechos humanos –los actuales, los que verdaderamente debieran ser protegidos y garantizados- establecidos por nuestra Constitución habrán dejado de existir como tales, y se convertirán en una mera gracia del poder.
Esto es lo que legará el período K -¿podríamos decir “la noche” K?- al futuro. Un país sin instituciones, sin vínculo alguno con el mundo, fracturado hasta en su esencia, con su sistema previsional quebrado, sin reservas importantes de petróleo y gas, con sus esquemas públicos de educación y de salud en crisis, con altísima inflación, con una corrupción creciente y endémica, sin infraestructura de transporte y con índices de inseguridad que, poco a poco, nos acercan al México de los narcos y de las maras.
Y lo peor de todo es que ese cúmulo de calamidades se habrá concretado en pos de un proyecto imperial que, tanto por lo trasnochado de sus categorías mentales y por su falta de conexión con la realidad cuanto por estar estructurado en torno a una única e irremplazable persona está, necesariamente, condenado al fracaso, aunque éste sólo dependa, en su última instancia, de la biología.
El domingo pasado, ese maestro de periodistas que se llama Jorge Fernández Díaz escribió, en La Nación, una de las mejores descripciones del cristi-kirchnerismo que he leído y que recomiendo con fervor. En esa nota, a la que tituló “Neosetentismo, esa forma sutil de ser gorila” (http://tinyurl.com/c7wenku), su laureado autor describe, con la precisión de un cirujano, las batallas que se libran, desde el núcleo central del proyecto imperial, contra la vieja y popular cultura peronista, a la que busca no destruir sino reemplazar.
Hoy, cuando ya han pasado nada menos que cincuenta y siete años desde que el primer Perón fue derrocado, y treinta y ocho desde que el segundo muriera, y el tiempo nos permite mirar el pasado con más serenidad, aún a aquéllos que nos tocó vivir e interpretar la historia reciente. Como dice Julio Bárbaro, el peronismo del abrazo con Balbín y del radicalismo adversario que despedía a un amigo, no tiene nada que ver con este proyecto sectario y centrífugo, hoy en el poder; este “modelo” maniqueo, en el cual sólo hay obsecuentes o enemigos, centra su objetivo en la compra más abyecta de voluntades, ignorando que hasta las prostitutas odian a sus clientes, por mucho que éstos les paguen.
Espero, contra toda esperanza, que la señora Presidente reflexione, que entienda que ella –como todos los demás- es finita, y que no avance en la destrucción de los pocos cimientos de República que quedan en la Argentina; porque necesitaremos de esas bases últimas para reconstruirla y, sobre todo porque, si no lo hacemos, dejaremos de ser un país para ser, como tantos otros en la historia de la humanidad, sólo un recuerdo.
En la medida de lo posible, ¡feliz Pascua de Resurrección! y ¡feliz Pésaj!. Hoy, para los 649 héroes de Malvinas, ¡gloria y loor!
Bs.As., 2 Abr 12
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