viernes, 9 de octubre de 2026

El mundo no espera


                                                    El mundo no espera

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1067)

 

"Democracia es la patética creencia en la sabiduría colectiva de la ignorancia individual". Henry Louis Mencken

 

El mundo continúa girando, pero cada vez se parece menos al que conocimos. Las reglas que ordenaron las relaciones internacionales desde la II Guerra Mundial están siendo reemplazadas por la voluntad de los más poderosos, mientras las instituciones multilaterales contemplan cómo se desmorona su autoridad. Donald Trump ha convertido la diplomacia en una mezcla de amenazas, aranceles, negocios y demostraciones de fuerza, sin advertir - o sin importarle - que sus decisiones pueden escapar a su control.

 

La guerra con Irán y sus consecuencias sobre el petróleo y el comercio mundial exhiben la fragilidad de los equilibrios internacionales. Vladimir Putin continúa apostando al desgaste de Ucrania, mientras Xi Jinping observa cómo los errores de sus adversarios amplían el margen de maniobra de China. Europa, atrapada entre la amenaza rusa y las incertidumbres de su alianza con Washington, debe decidir si seguirá dependiendo de una protección que Estados Unidos utiliza cada vez más como instrumento de presión.

 

Pero el Viejo Continente enfrenta, además, otra amenaza: el creciente malestar de sus propias sociedades. En Francia, las protestas estudiantiles contra los recortes y el deterioro de la educación han derivado en enfrentamientos con la Policía; en Bélgica e Italia también se multiplican las movilizaciones. En España, la crisis habitacional y los alquileres prohibitivos han llevado a miles de personas a las calles. A ello se suman el encarecimiento de los combustibles y las huelgas contra los ajustes presupuestarios. No estamos ante una única rebelión coordinada, sino frente a distintas expresiones de una misma insatisfacción: ciudadanos que sienten que sus gobiernos les exigen sacrificios mientras no consiguen resolver problemas elementales. La paradoja es evidente: las democracias europeas, que durante décadas fueron presentadas como modelos de prosperidad y protección social, enfrentan dificultades crecientes para conciliar sus compromisos fiscales con las demandas de sus habitantes. Cuando la política no ofrece respuestas, los extremos suelen encontrar terreno fértil.

 

Las próximas elecciones agregan incertidumbre. En Brasil, Lula y Flávio Bolsonaro disputarán el balotaje del 25 de octubre, y su resultado influirá sobre el equilibrio regional. Para Javier Milei, la victoria de su aliado ideológico podría encerrar una paradoja: Brasil tiene un peso económico y diplomático muy superior al argentino y podría desplazar a nuestro Presidente del protagonismo latinoamericano que procura ejercer. El 3 de noviembre, las elecciones legislativas pondrán a prueba, a su vez, la autoridad de Trump.

 

Argentina no puede permanecer ajena. La energía, los alimentos y los minerales críticos nos ofrecen oportunidades extraordinarias, pero también estamos expuestos a las turbulencias de los mercados globales. Vaca Muerta constituye una ventaja estratégica; aprovecharla requiere infraestructura, inversiones y reglas previsibles, no solamente anuncios grandilocuentes. Milei insiste en presentar el equilibrio fiscal y la reducción de la inflación como los pilares de su gestión. Nadie sensato puede desconocer la importancia de esos objetivos después de décadas de emisión descontrolada, despilfarro y endeudamiento. Pero tampoco podemos confundirlos con la solución definitiva de nuestros problemas. La debilidad del consumo, las dificultades de la industria y la incertidumbre sobre la recuperación económica obligan a preguntarse cuánto tiempo puede sostenerse un programa si sus beneficios no llegan a amplios sectores de la sociedad.

 

No se trata de reivindicar el regreso al proteccionismo indiscriminado ni a los privilegios corporativos, sino de comprender que la competitividad no se decreta: se construye mediante crédito, infraestructura, impuestos razonables y seguridad jurídica. Tenemos recursos para convertirnos en un proveedor confiable de un mundo necesitado de energía y alimentos. Sin embargo, seguimos atrapados entre las urgencias fiscales, las disputas políticas y la incapacidad de acordar políticas de Estado que sobrevivan a los cambios de gobierno. Tampoco podemos desatender nuestras instituciones. La legitimidad electoral no equivale a una autorización ilimitada para gobernar. La independencia judicial, las atribuciones del Congreso y el respeto por la Constitución no son obstáculos que deba remover el Poder Ejecutivo: son garantías que protegen a los ciudadanos frente a los errores y abusos de quienes ejercen el poder.

 

El panorama internacional no invita al optimismo fácil. Sobran conflictos, escasean los liderazgos capaces de construir acuerdos y crece la desconfianza hacia los dirigentes. Las protestas europeas recuerdan que ni siquiera las sociedades más desarrolladas están inmunizadas contra el descontento cuando la política pierde contacto con las necesidades cotidianas. La Argentina tiene una oportunidad que sería imperdonable desperdiciar. Pero necesita algo más que afinidades ideológicas con quienes ocupan circunstancialmente las principales capitales: una política exterior que defienda sus intereses, una economía que estimule la producción y una República que inspire confianza.

 

El mundo no esperará a que resolvamos nuestras eternas disputas. Las potencias seguirán moviendo sus piezas, las guerras modificarán los mercados y las sociedades reclamarán respuestas. La pregunta es si tendremos la inteligencia necesaria para anticiparnos o si, una vez más, nos limitaremos a contemplar cómo otros deciden nuestro destino. Porque no basta con estar del lado correcto de la historia. También hay que saber qué hacer cuando la historia llama a nuestra puerta.

 

Bs.As., 10 Oct 26

viernes, 2 de octubre de 2026

Dios salve a las urnas


                                                 Dios salve a las urnas

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1066)

 

“La Historia era así de fluctuante: a veces, su ritmo estaba signado por las campanadas de las

 catedrales; otras, las pulsaciones de los corazones empalmaban directamente con su cadencia”.

 Diego Rojas

 

Mañana mismo comenzará un ciclo de elecciones cuyos resultados, seguramente, impactarán en el mundo entero pero tendrán especial influencia en los escenarios bélicos que hoy tan razonablemente lo inquietan y en la deriva política de América Latina. Me refiero, en orden temporal, a las presidenciales en Brasil, a las parlamentarias en Israel del 27 y las de medio término en Estados Unidos, el 3 de noviembre.

 

En nuestro gran vecino, competirán – los únicos con probabilidades de vencer, aunque se presentarán otros tres candidatos - Luiz Inácio Lula da Silva que, con su Partido dos Trabalhadores (PT), buscará su reelección luego de gobernar tres períodos no consecutivos, y Flávio Bolsonaro, hijo del ex Presidente Jair Bolsonaro, indiscutido líder de la derecha brasileña. La segunda vuelta, de cuya necesidad no hay quien dude, se sustanciará tres semanas después. Además del próximo inquilino del Palácio do Planalto, en Brasília, se renovarán dos tercios del Senado (54 sobre 81), la totalidad de las bancas (513) en Diputados – hay que mirar con mucha atención las nuevas composiciones que resulten - y las 27 gobernaciones estaduales.

 

Para Javier Milei, esa elección presenta una paradoja: ha respaldado sin fisuras a Bolsonaro e insultado a Lula pero, si aquél triunfara, nuestro Presidente perdería su actual liderazgo de la derecha de América Latina y menguaría la atención que hasta ahora ha recibido de EEUU, pues Brasil, un país más grande y poderoso que la Argentina, pasará a ser el aliado crucial de la Casa Blanca en la región. Para Donald Trump esta elección reviste un particular interés, pues está en juego la disputa con China y los BRICS y toda su aspiración continental (la doctrina “Donroe”), hoy puesta en fuerte cuestionamiento precisamente por la negativa de Lula de aceptar sus decisiones arancelarias y geopolíticas, en una dura posición compartida nada menos que por las otras dos mayores economías de América: México y Canadá.

 

En un régimen parlamentario, como tiene Israel, la supervivencia y la libertad del Primer Ministro Benjamin Netanyahu – de quien Milei es un ferviente fanático - dependerá del resultado de las elecciones que se celebrarán el 27 de este mes porque si sus aliados, halcones y ultraortodoxos, no resultaran triunfadores, su gobierno caerá y Bibi deberá enfrentar en los tribunales viejas denuncias por corrupción y las más recientes, que le imputan no haber evitado, pese a los avisos previos recibidos de la inteligencia de Emiratos Arabes Unidos y Egipto, el criminal ataque de Hamás de hace tres años. Netanyahu ha conservado hasta hoy su cargo manteniendo a su país en guerra en múltiples frentes – Irán, Gaza, Cisjordania y Líbano – porque “nadie cambia de caballo en mitad del río”. Claramente, de estas elecciones dependerá el futuro inmediato de Medio Oriente y, sobre todo, la relación entre Tel Aviv y Washington.

 

Para cerrar el calendario de importantes eventos electorales, el 3 de noviembre los estadounidenses concurrirán a las urnas para renovar la totalidad (435) de la Cámara de Representantes (diputados) y un tercio (35 sobre 100) del Senado, amén de los gobernadores de 36 Estados. Históricamente, y salvo en tres ocasiones, los oficialismos han perdido las elecciones de medio término pero, dada la agresiva y perniciosa actitud que mantiene Trump contra las instituciones federales y estaduales y la prensa libre, sus políticas arancelarias, la guerra del Golfo Pérsico, los tradicionales aliados de EEUU en todo el mundo, los inmigrantes, etc., esta vez podrían tener un resultado trágico para el magnate.

 

  Así, con el gigantesco impacto negativo que provoca en su propia grey política el aumento del precio de los combustibles, es prácticamente seguro que el Partido Republicano perderá la actual mayoría en la Cámara de Representes y, aunque menos probable, en el Senado. Si fuera derrotado, Trump podría tener que enfrentar un proceso de impeachment que, aunque no pudiera prosperar por las mayorías especiales requeridas, confirmaría su debilitamiento y su condición de pato rengo.

 

La pública oferta de un cheque por US$ 5.000 que enviaría su administración a cada ciudadano si conservara el control del Capitolio, el más que cuestionable enriquecimiento personal que ha experimentado con su propia moneda digital, el regalo de un avión que recibió del Emir de Qatar, la controversial actuación de sus negociadores especiales en los escenarios de conflicto - Steve Witkoff y Jared Kurchner (el “yernísimo”) - y el acceso anticipado – por US$ 100.000 mensuales - a sus anuncios y mensajes en su red Truth Social, que diariamente alteran mercados y cotizaciones, sin duda serán objeto de duro escrutinio, tanto como las tentativas para modificar los sistemas electorales y sus maniobras para eludir el control parlamentario sobre sus “poderes de guerra” en todos los frentes.

 

Para cerrar, un breve comentario local. Esta semana, la Corte Suprema – con la honrosa excepción de Carlos Rosenkrantz – revocó el sobreseimiento del Tte. Gral. (RE) César Milani en la causa por la desaparición del conscripto Alberto Ledo en 1976, cuando el ex Jefe del Ejército - en la época de Cristina Fernández - era sólo un Subteniente de 21 años destinado en Tucumán; con esta tan reprobable resolución, que ignora cómo funcionan las fuerzas armadas, continúa la política de persecución a quienes derrotaron a la subversión terrorista en la guerra civil que éstas desataron para implantar un régimen similar al cubano. El fallo, sin embargo, por otro camino hace justicia con este siniestro personaje que, en su momento y abrazado a Hebe Bonafini, proclamó su deseo de construir un “ejército popular” para respaldar y custodiar al pero-kirchnerismo ladrón, mientras espiaba y perseguía a sus enemigos políticos y se enriquecía robando al propio Estado.

 

Bs.As., 3 Oct 26

Publicado en:

https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/10/02/dios-salve-a-las-urnas.htm

https://www.notiar.com.ar/index.php/opinion/142882-dios-salve-a-las-urnas-por-enrique-guillermo-avogadro

https://totalnewsagency.com/2026/10/02/dios-salve-a-las-urnas/

https://www.informadorpublico.com/dios-salve-a-las-urnas/

https://prisioneroenargentina.com/dios-salve-a-las-urnas/

http://www.diarioenfoques.net/index/edition/e/2469/s/16

viernes, 25 de septiembre de 2026

Necesaria Lección


                                                     Necesaria Lección

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1065)

 

“Se suele decir que la historia la escriben siempre los vencedores, pero en el caso de la guerra civil … quienes más la han hecho han sido los simpatizantes de los perdedores”. 

Antony Beevor 

 

En el marco de la Asamblea General de la ONU, una organización que ha perdido toda relevancia, quien dio una magnífica lección que debiera dar vergüenza a varios de sus homólogos de la región – Javier Milei incluido - fue Keiko Fujimori, Presidente de Perú, un país que - en su caso, a través de Sendero Luminoso - sufrió la misma salvaje agresión que Cuba desató contra tantos países latinoamericanos - la Argentina padeció a Montoneros, ERP, etc. - buscando exportar su revolución comunista. En su magnífico discurso de sólo quince minutos (https://me-l.co/zpyibbsu), esta notable mujer revindicó sin ambages a quienes tuvieron que asumir, por orden del Estado peruano, la penosa tarea de derrotar al terrorismo, y se lamentó porque, después de décadas, muchos de ellos se encuentran aún presos por la clara violación del principio del debido proceso, tal como aquí sucede.

 

En este momento, cuando la fuerza se impone a la negociación y al acuerdo entre países y todo el sistema comercial – que ha permitido a tantos millones de seres humanos salir de la pobreza y extender la expectativa de vida – ha saltado por el aire a fuerza de bombazos, resulta innegable que la ONU carece de capacidad de evitar conflictos. Su Consejo de Seguridad tiene cinco miembros permanentes – los vencedores de la II Guerra Mundial, o sea Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Gran Bretaña – con derecho a veto, más diez temporarios; es decir, su composición ya no responde a la realidad actual, ya que los dos últimos han dejado de ser relevantes pero conservan su capacidad de bloquear las decisiones generales cuando chocan contra sus intereses particulares.

 

Su Asamblea anual, hoy sólo es un atril frente a un auditorio casi siempre vacío, desde el cual cada mandatario nacional expone su política e intenta convencer a los demás de la rectitud de sus objetivos, mientras despotrica contra sus enemigos circunstanciales. La celebrada esta semana en Nueva York no fue una excepción, sobre todo cuando Donald Trump la utilizó para amenazar, una vez más, a Irán con desatar el Apocalipsis y volverlo a la Edad de Piedra si no cede a sus exigencias respecto al tránsito en el Estrecho de Ormuz y sus existencias de uranio enriquecido.

 

Milei formuló el reclamo por las Malvinas, algo habitual, en un momento en que la decadencia del Reino Unido, que seguramente comenzó con el Brexit, luce como irreversible; su Primer Ministro, Andy Burnham, es el noveno que ocupa el cargo en este siglo y los últimos cinco duraron menos de tres años cada uno. Hoy Gran Bretaña se enfrenta a un incipiente movimiento independista desde Escocia, Gales e Irlanda del Norte; a partir de ahora, deberá abandonar su absurda posición sobre la autodeterminación de los “kelpers” para sostener su ilegal ocupación de las islas australes, ya que el argumento será utilizado por quienes, en su propio archipiélago, ahora quieren dejar de ser británicos.

 

El hecho más relevante fue la visita de Estado de Xi Jinping a Washington, donde Trump lo recibió con extremos honores. Pese a que, al menos hasta ahora, no ha trascendido sobre lo tratado, es indudable que abarcó las regulaciones a la AI, los aranceles, las guerras en Ucrania y el Golfo Pérsico y la situación de Taiwan. En el primero, debemos recordar que Beijing controla gran parte de los materiales críticos y dispone de la capacidad científica necesaria para avanzar; allí está la razón de la negativa del magnate a establecer controles a las empresas de EEUU, a contramano de los pavorosos avisos que ellas mismas han dado al respecto.

 

China ha contribuido a evitar una gravísima crisis del petróleo al limitar, voluntariamente, sus compras a Irán y apelar a sus reservas estratégicas, y está presionando a todos los contendientes para que pongan fin a los conflictos bélicos, que complican el tránsito de mercaderías en sus rutas marítimas. Es claro su apoyo al creciente universo de los BRICS – más del 50% de la población mundial - que busca, mediante el uso de sus propias monedas en las transacciones entre sus miembros, competir con el monopolio del dólar – y del sistema SWIFT - en el comercio internacional. Suena razonable que Xi actúe de este modo porque pretende regir, con sus Franja y Ruta de la Seda, el aún incipiente “Sur Global”.

 

Con respecto a Taiwan, cuya anexión es fuertemente resistida por Japón y Filipinas, el líder chino ha logrado una cesión algo extraña: EEUU suspendió la venta de material bélico – aviones y misiles – a la acosada isla por un monto de US$ 14.000 millones, amén de retirar del Pacífico Sur los sistemas defensivos que protegían a sus aliados (ambos, más Sur Corea) para trasladarlos al Océano Indico por su conflicto con Irán. En resumen, Trump ha tratado y, consecuentemente reconocido, a Xi como un igual, confirmando la gran novedad de este siglo: la bipolaridad.

 

Pero no debemos perder de vista el escenario mundial, en Europa y Medio Oriente. Veo casi inevitable la derrota de Ucrania que, como mínimo, se traducirá en la pérdida del territorio ocupado ya por Rusia, sobre todo el Donbass, donde se encuentran los mayores yacimientos de tierras raras. Y es que la sangría humana, aunque sea mayor en las fuerzas de Vladimir Putin, y la falta de apoyo de EEUU en material bélico e inteligencia, convertirán en imposible la resistencia de Volodimir Zelensky aunque la OTAN lo respalde.

 

Los ataques entre los hutíes yemenitas, respaldados por Irán, y Arabia Saudita, no sólo aliada de EEUU sino integrante de un nuevo pacto defensivo con Turquía y Paquistán, están poniendo cada vez en mayor riesgo el gasoducto este-oeste que busca eludir los problemas causados por el cierre de Ormuz y el tráfico por el estrecho de Bar-el-Mandeb, donde también juegan los piratas somalíes que, desde el Cuerno de Africa, tienen enorme experiencia en el secuestro de buques y tripulaciones para la obtención de rescates.  

 

Como se ve - y los avisos de la CIA sobre la posibilidad concreta de ataques rusos contra Italia, Francia e Italia, no permiten olvidarlo – seguimos viviendo sentados sobre un volcán, aunque confío en que, finalmente, prevalecerá el raciocinio en los liderazgos de las grandes potencias.

 

Bs.As., 26 Sep 26


Publicado en:

https://prisioneroenargentina.com/necesaria-leccion/

https://totalnewsagency.com/2026/09/26/necesaria-leccion/

https://www.informadorpublico.com/necesaria-leccion/

https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/09/26/necesaria-leccion.htm

https://www.notiar.com.ar/index.php/opinion/142752-necesaria-leccion-por-enrique-guillermo-avogadro

http://www.diarioenfoques.net/index/edition/e/2468/s/14

viernes, 18 de septiembre de 2026

Cambiar todo para que nada cambie

 


Cambiar todo para que nada cambie

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1064)

 

  1. “Las mujeres que han cambiado el mundo no han necesitado mostrar otra cosa que su inteligencia”.
  2.  Rita Levi-Montalcini

 

En Venezuela resulta difícil distinguir entre una transición y una simple mutación. Nicolás Maduro ya no está en Miraflores, pero su desaparición no implicó la caída del régimen. Delcy Rodríguez, una de las principales figuras del chavismo, administra el Estado y buena parte de su estructura permanece intacta. Washington combatió durante años al régimen en nombre de la democracia, pero ahora negocia con una dirigente proveniente del movimiento que gobierna desde 1999. Mientras la oposición reclama elecciones, EEUU colocó en primer plano la reconstrucción de la industria petrolera. Es fácil entender su interés: reponer sus menguadas reservas, apartar las manos de China y asfixiar a Cuba. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo, pero su industria fue devastada por años de estatizaciones, corrupción, falta de inversiones y deterioro de la infraestructura. Ahora las grandes compañías estadounidenses estudian regresar y EEUU impulsa la recuperación del sector. El problema es otro: ¿puede la reconstrucción económica preceder indefinidamente a la democrática?

 

Delcy asegura que habrá elecciones. Donald Trump también, pero sostiene que Venezuela todavía no está preparada. La frase encierra un riesgo evidente: las transiciones deben tener un final; sin fecha puede convertirse, en otra forma de poder permanente. El diálogo entre gobierno y oposición acaba de reanudarse y tiene sobre la mesa reformas judiciales, derechos políticos, libertad de expresión y cambios electorales. Es un cambio, pero no es democracia, sólo la posibilidad de construirla. Y el chavismo no desapareció. Durante 27 años construyó una extensa estructura política, judicial, militar y territorial. Por eso resultaba ingenuo imaginar que la caída de Maduro podía desarmarla automáticamente. La ONU advirtió que las estructuras fundamentales de represión permanecen intactas: funcionarios vinculados a abusos anteriores continúan en posiciones de poder y persisten organismos de seguridad asociados con la persecución de opositores.

 

Hay otra ironía difícil de ignorar. Durante años, el chavismo convirtió a EEUU en el gran enemigo. Ahora, el adversario participa activamente en la reconstrucción política y económica venezolana. Las empresas estadounidenses vuelven al petróleo y Washington interviene en las conversaciones entre gobierno y oposición. Se convirtió en el socio de hoy.

 

Eso no significa que las inversiones petroleras sean necesariamente negativas. Venezuela necesita capital, tecnología, infraestructura y mercados. La cuestión fundamental es bajo qué reglas y quién controla ese proceso. Una Venezuela que vuelva a producir petróleo pero conserve instituciones débiles podría recuperar ingresos sin recuperar democracia. Por eso el verdadero desafío no es sustituir a un presidente. Es reconstruir un Estado, recuperar la justicia, garantizar las libertades, reorganizar las fuerzas de seguridad, liberar a los detenidos y establecer mecanismos de justicia que investiguen los abusos sin convertir la transición en una interminable venganza política.

 

EEUU puede facilitar ese proceso, pero no puede decidir indefinidamente quién preside. La Venezuela de hoy ofrece oportunidades y peligros. Hay señales de apertura, diálogo e inversiones; pero también persisten la ausencia de una fecha electoral y buena parte del aparato represivo del antiguo régimen. Por eso la verdadera pregunta es si los venezolanos recuperarán aquello que perdieron mucho antes: la posibilidad de decidir libremente quién los gobierna y bajo qué instituciones quieren vivir.

 

La principal dirigente opositora, María Corina Machado, decidió no participar en el diálogo auspiciado por Washington entre el gobierno de Delcy y sectores de la oposición. Junto con Edmundo González Urrutia, dejó en claro que no había intervenido en el diseño de esa mesa y que, por lo tanto, no asumiría responsabilidad por sus decisiones. Pero tampoco se colocó como obstáculo: anunció que observaría sus resultados a partir de hechos concretos y verificables, como la recuperación de las instituciones democráticas, la liberación de los presos políticos, garantías para todos los actores y, fundamentalmente, un cronograma para elecciones presidenciales.

 

Su actitud revela una posición tan firme como incómoda. No parece dispuesta a legitimar una negociación que, a su juicio, podría terminar sustituyendo el resultado de las urnas por un nuevo reparto de poder, pero evita enfrentarse abiertamente con Washington, cuyo respaldo considera decisivo para la transición. Este mes volvió a cuestionar el acuerdo petrolero entre EEUU y Delcy, pero sostuvo que Washington es el principal socio que Venezuela necesita para reconstruirse. Su dilema es evidente: necesita de la presión norteamericana, pero procura que esa presión no termine dejando en manos de otros la definición del futuro político venezolano.

 

Porque cambiar al ocupante de Miraflores no alcanza; terminar con el régimen exige algo mucho más profundo: que el poder deje de estar por encima de la ley, que las elecciones dejen de ser una promesa, que la oposición deje de ser un delito y que el petróleo deje de ser una herramienta de dominación. De lo contrario, podría ocurrir algo que América Latina conoce demasiado bien: que se cambie todo para que, en definitiva, nada cambie.

 

Bs.As., 19 Sep 26

Publicado en:

https://totalnewsagency.com/2026/09/19/cambiar-todo-para-que-nada-cambie/

https://prisioneroenargentina.com/cambiar-todo-para-que-nada-cambie/

https://www.notiar.com.ar/index.php/opinion/142625-cambiar-todo-para-que-nada-cambie-por-enrique-guillermo-avogadro

https://www.informadorpublico.com/cambiar-todo-para-que-nada-cambie/

http://www.diarioenfoques.net/index/edition/e/2467/s/18

https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/09/18/cambiar-todo-para-que-nada-cambie.htm

viernes, 11 de septiembre de 2026

Sin árbitros


                                                                    Sin árbitros

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1063)

“Cuando las reglas desaparecen, el poder ocupa su lugar”

 

La interdependencia no eliminó la confrontación. Simplemente proporcionó nuevas armas para ejercerla. Hoy se puede castigar a un adversario sin disparar un tiro: basta con bloquearle mercados, tecnología, crédito, energía o materias primas. La geopolítica se ha convertido en geoeconomía. Pero las armas tradicionales siguen allí, y ésa es una combinación peligrosa. Es una de las paradojas de nuestro tiempo: una decisión tomada en un lugar remoto puede terminar afectando la vida cotidiana de millones de personas que jamás habían oído hablar de quienes la tomaron.

 

Vladimir Putin juega su propia partida y le alcanza con resistir, conservar posiciones y esperar que Ucrania se desgaste, Europa la pierda paciencia, EEUU modifique sus prioridades y, sobre todo, que las democracias occidentales se pregunten cuánto tiempo están dispuestas a sostener una guerra sin final. Donald Trump habla de negociaciones con Moscú y sostiene que Putin quiere un acuerdo con Ucrania, pero negociar no significa capitular ni aceptar las condiciones del otro. El problema es que la paz se convierte en una palabra ambigua cuando cada parte entiende algo diferente por ella.

 

Xi Jinping observa y no necesita precipitarse. Mientras Washington consume recursos y atención en distintos escenarios, Beijing continúa acumulando capacidad industrial, tecnológica y financiera. La disputa ya no consiste en quién vende más productos sino quién dominará las tecnologías que definirán el próximo medio siglo: inteligencia artificial, semiconductores, baterías, telecomunicaciones, robótica y sistemas militares. Y detrás de todo ello permanece Taiwan. Ese es, quizás, el punto del planeta donde una equivocación podría desencadenar consecuencias mucho mayores que las que cualquiera de sus protagonistas imagina. China puede esperar; EEUU, en cambio, parece obligado a responder simultáneamente en demasiados frentes.

 

Europa disfrutó su prosperidad mientras delegaba su seguridad en EEUU, hasta que la invasión rusa a Ucrania destruyó esa comodidad. Ahora debe gastar más en defensa, reconstruir capacidades militares y preguntarse cuánto puede confiar en Washington. Una alianza funciona mientras todos creen que el compromiso del otro es creíble; si esa certeza desaparece, surge algo mucho más peligroso: la necesidad de que cada país calcule por sí mismo hasta dónde está dispuesto a llegar. Y ése es exactamente el tipo de situación que las instituciones internacionales fueron creadas para evitar.

 

La política exterior estadounidense empieza a entrelazarse cada vez más con la interna electoral. Trump ha relacionado la duración de la guerra con las elecciones de noviembre, y acaba de prometer entregar US$ 5.000 a cada ciudadano adulto si los republicanos conservan el control de ambas cámaras. La frontera entre política exterior, política económica y campaña electoral desaparece, y eso también forma parte del nuevo mundo.

 

Hay algo, sin embargo, que me preocupa más que cualquiera de estos conflictos, incluyendo los que plantea la IA: el riesgo de que todos crean que pueden controlarlos. Las guerras rara vez comienzan porque sus protagonistas hayan decidido destruir el mundo; muchas veces comienzan por una sucesión de decisiones que, aisladamente, parecen razonables: un ataque, una represalia, un aliado que debe responder, otro que teme quedar debilitado si no lo hace, una interpretación errada de las intenciones del adversario. La Historia está llena de accidentes que produjeron tragedias que nadie había planeado. Por eso las instituciones, los tratados y las líneas de comunicación entre enemigos no son adornos diplomáticos, son mecanismos de seguridad. Y cuando comienzan a desaparecer, aumenta el precio de cada error.

 

¿Quién pone el límite? Esa es la pregunta que debería quitarnos el sueño. ¿Quién puede hoy imponer un límite a Rusia? ¿Quién puede hacerlo con EEUU? ¿Quién puede impedir que China cambie por la fuerza el statu quo de Taiwan? ¿Quién puede evitar que Irán cierre Ormuz o Bar el-Mandeb si lucha por su supervivencia? ¿Quién puede obligar a cualquier potencia a aceptar una decisión contraria a sus intereses vitales? La ONU difícilmente. Europa no tiene la fuerza necesaria. EEUU no puede ni quiere resolver todos los problemas. Y las restantes potencias tampoco parecen interesadas en construir un árbitro internacional que pueda limitar sus propias decisiones. Esa es la verdadera novedad: no estamos simplemente ante un mundo multipolar, sino ante un mundo multipolar sin una autoridad multipolar.

 

Argentina debe dejar de mirar el mundo desde la platea. No porque seamos una gran potencia sino porque no lo somos. Deberíamos sostener el principio de que las reglas importan. No elegir entre Washington y Beijing sino tener intereses propios y una diplomacia capaz de defenderlos, y comprender que nuestra seguridad no se limita a las fronteras terrestres. El Atlántico Sur, Malvinas, Antártida, nuestras aguas jurisdiccionales y las enormes reservas energéticas y minerales tienen extraordinaria relevancia en un mundo que compite por recursos estratégicos. Tenemos una oportunidad, pero no una política: necesitamos instituciones, infraestructura, defensa, energía, inversión y, sobre todo, una política de Estado que sobreviva a los gobiernos. Porque, si cada administración vuelve a empezar desde cero, serán otros quienes decidan qué hacer con lo que tenemos.

 

No sé si marchamos hacia una tercera guerra mundial. Tal vez el mayor peligro de nuestro tiempo no sea que alguien quiera desencadenarla, sino que nadie tenga ya autoridad para impedirla. Y por eso, más que preguntarnos quién va a ganar la próxima partida, deberíamos empezar a preguntarnos algo más: ¿quién queda para detenerla cuando todos decidan que tienen razón?

 

Bs.As., 12 Sep 26

Publicado en:

https://totalnewsagency.com/2026/09/12/sin-arbitros/

https://prisioneroenargentina.com/sin-arbitros/

https://www.informadorpublico.com/sin-arbitros/

https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/09/11/sin-arbitros.htm

https://www.notiar.com.ar/index.php/opinion/142513-sin-arbitros-por-enrique-guillermo-avogadro

http://www.diarioenfoques.net/index/edition/e/2466/s/20

lunes, 7 de septiembre de 2026

Cuando la toga se arrodilla

 


Cuando la toga se arrodilla

por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1062)

 

“Cuando la ley ya no te protege de los corruptos, sino que protege a los corruptos de ti, sabes que la nación está condenada”.      Ayn Rand

 

La Justicia, en su concepción platónica, es una virtud. En la Argentina, en cambio, se ha convertido demasiadas veces en una variable de ajuste político. Cuando los ciudadanos comienzan a sospechar que una misma ley puede tener distinto significado según quién sea el acusado, quién la víctima o qué intereses estén en juego, ya no estamos ante una simple deficiencia del servicio de Justicia: estamos ante una enfermedad de la República. La Corte Suprema, como cabeza del Poder Judicial, tiene la obligación de percibir el enorme desprestigio que éste ha acumulado ante una ciudadanía que contempla, entre inerme y resignada, el manto de impunidad que demasiados jueces y camaristas federales tienden sobre los poderosos — sean empresarios, políticos o dirigentes de la AFA — termina preguntándose si existe realmente una Justicia igual para todos.

Y esa pregunta es devastadora. No hay República posible cuando el ciudadano común siente que la ley cae sobre él con todo su peso mientras se vuelve maleable cuando llega a los despachos donde se deciden los destinos de los poderosos. No me refiero solamente a la proverbial lentitud de nuestros tribunales. El problema es más profundo: la percepción de que los tiempos, las interpretaciones y hasta las competencias judiciales pueden modificarse según las circunstancias. Hay causas que duermen durante décadas y otras que de pronto adquieren una velocidad sorprendente. Hay decisiones que parecen definitivas hasta que cambia el escenario político y jueces que sostienen una interpretación para luego encontrar argumentos para sostener exactamente la contraria.

El propio diseño constitucional atribuyó al Consejo de la Magistratura la selección mediante concursos públicos, cuya terna es elevada luego al Poder Ejecutivo. El problema aparece cuando los mecanismos destinados a garantizar el mérito se convierten en terrenos fértiles para la discrecionalidad, las negociaciones y los favoritismos. La alteración de órdenes de mérito, las sospechas sobre concursos, las designaciones y subrogancias y el peso de las relaciones personales alimentan una percepción particularmente dañina: que para llegar a determinados cargos judiciales no siempre alcanza con ser el mejor. Y, si esa percepción se instala, la toga pierde autoridad antes incluso de que su titular dicte su primera sentencia.

Por eso resulta auspicioso que la propia Corte haya intentado recientemente corregir algunos de estos defectos. En marzo presentó un proyecto de reglamento para los concursos de magistrados destinado a reforzar la idoneidad y el mérito, reducir la discrecionalidad, garantizar el anonimato de las pruebas de oposición y establecer reglas más claras para las entrevistas personales. Es un paso en la dirección correcta. Pero una reforma reglamentaria no será suficiente si quienes deben aplicarla siguen sometidos a los mismos incentivos políticos que han deteriorado el sistema.

La causa relacionada con el ingreso de los Eskenazi a YPF, iniciada en 2006 y dormida desde entonces en el despacho del inefable Juez Ariel Lijo es un ejemplo de cómo el paso del tiempo se convierte en impunidad. Pero también preocupa la volatilidad de algunos criterios judiciales. Lo ocurrido recientemente con los jueces de Casación Diego Barroetaveña y Mariano Borinsky, al dar marcha atrás sobre sus propios criterios y disponer que la causa relacionada con la denominada “quinta de la AFA” sea instruida por el Juzgado Federal de Campana, como pretendían los imputados, vuelve a plantear una pregunta elemental: ¿qué principios permanecen inalterables cuando cambian las circunstancias? No se trata de exigir que los jueces jamás modifiquen sus decisiones; sería absurdo: pueden equivocarse y corregir sus errores. Lo que la sociedad no puede aceptar es que la coherencia jurídica parezca depender del viento político.

Existe, además, un problema mucho más doloroso. Los jueces y camaristas que intervienen en causas por delitos de lesa humanidad tienen una enorme responsabilidad respecto de las condiciones de detención de personas de edad avanzada que, en muchos casos, padecen enfermedades graves. El fallecimiento de más de mil detenidos durante los últimos años, y las condiciones en que muchos atravesaron sus últimos días, demuestra que el Estado argentino no ha cumplido sus obligaciones constitucionales. Un Estado de Derecho no puede convertirse en un Estado de venganza, y quienes administran justicia también están sometidos a la ley.

Aquí aparece el problema esencial: la captura de la toga. No hablo solamente de corrupción, que debe ser castigada con todo rigor, sino de algo más sutil y peligroso: la progresiva identificación de determinados magistrados con intereses del poder político, económico o corporativo. Un juez no debe ser amigo ni enemigo del Gobierno, ser oficialista ni opositor, buscar el aplauso de los medios ni de las redes sociales. Mucho menos debe preguntarse qué consecuencias políticas tendrá una sentencia antes de decidir conforme al derecho. Su obligación es sencilla y difícil: aplicar la ley. A veces esa decisión favorecerá al Gobierno y otras lo perjudicará, beneficiará a un empresario y otras lo condenará; puede proteger a un dirigente político o terminar con él en prisión. Eso es precisamente la independencia judicial. La verdadera independencia no consiste en que los jueces sean independientes cuando nadie los contradice, sino en que puedan ser impopulares sin miedo cuando la Constitución y la ley así lo exigen.

La Argentina necesita jueces que comprendan que su legitimidad no nace de su proximidad con el poder, sino de su capacidad para resistirlo. Necesita concursos transparentes, órdenes de mérito respetados, antecedentes evaluados con rigor, reglas previsibles y decisiones fundadas. Necesita una Justicia veloz, porque una Justicia tardía muchas veces equivale a una Justicia denegada. Y, sobre todo, una Justicia que no tenga miedo de equivocarse contra el poder.

La seguridad jurídica no es una abstracción. Es la certeza de que las reglas serán las mismas para todos: que un contrato será respetado, una inversión tendrá protección, una empresa no dependerá de una decisión arbitraria, un ciudadano podrá reclamar contra el Estado y un poderoso podrá ser condenado si viola la ley. Sin esa certeza no habrá inversiones genuinas, crédito, crecimiento sostenible ni trabajo registrado y bien remunerado. La Argentina ya ha demostrado una extraordinaria capacidad para destruir su moneda, su ahorro, sus empresas y sus oportunidades. Es imperdonable que haya destruido también la confianza en la Justicia.

Por eso, ésta es una carta abierta a los ministros de la Corte. No les pedimos que sean héroes sino algo mucho más elemental: que sean jueces. Que recuerden que la toga no es un escudo para proteger privilegios, sino una carga que obliga a soportar presiones. Que comprendan que la independencia judicial no se declama: se ejerce. Y que sepan que, cuando un juez se atreve a aplicar la ley aún contra el poder, quizá pierda amigos, titulares y aplausos, pero gana algo infinitamente más importante: la República.

 

Bs.As., 8 Sep 26

Publicada en:

https://totalnewsagency.com/2026/09/08/cuando-la-toga-se-arrodilla/

https://www.informadorpublico.com/cuando-la-toga-se-arrodilla/

https://prisioneroenargentina.com/cuando-la-toga-se-arrodilla/

https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/09/07/cuando-la-toga-se-arrodilla.htm