El ocaso del consenso
por Enrique Guillermo
Avogadro (Nota N° 1068)
“El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”.
Antonio Gramsci
La democracia liberal, esa construcción que
durante décadas asumimos como el estado natural de la política y que Occidente
pretendió sin éxito imponer al mundo entero, atraviesa un periodo de
redefinición traumática. No se trata de un fenómeno aislado, sino de un síntoma
global con manifestaciones locales divergentes, pero profundamente conectadas
por un mismo hilo conductor: la ruptura del contrato social que alguna vez
sostuvo la estabilidad.
En Europa – ya sólo “un gran parque
temático”, al decir de Arturo Pérez Reverte - la crisis de la democracia
está íntimamente ligada al debilitamiento del Estado de bienestar, acentuado ahora
por la imposición de Washington a la Comunidad de incrementar fuertemente los
presupuestos de defensa en cada uno de los países que la integran y,
consecuentemente, restar dinero a otros destinos. Durante la posguerra, el
pacto social europeo se basó en una premisa simple: crecimiento económico
compartido y redes de seguridad social robustas a cambio de paz y legitimidad
democrática.
Sin embargo, la persistencia de las crisis
económicas, la deslocalización industrial, la necesidad de redirigir masivos recursos
públicos para atender a la eventual expansión continental de la invasión de
Rusia a Ucrania, la ceguera de los dirigentes para prevenir la inevitable crisis
energética, los problemas generados por la indiscriminada y descontrolada inmigración
– en especial, por aquellos individuos que se niegan a integrarse y pretenden
imponer sus propias costumbres y leyes (como la sharía), sobre las del país que
los ha recibido - y la incapacidad de los partidos tradicionales para gestionar
la incertidumbre, han provocado un desencanto profundo.
Cuando el Estado deja de ser el garante de la
seguridad social básica (salud, educación, vivienda, jubilaciones y pensiones),
el vacío no queda desierto; es ocupado por narrativas populistas que prometen
soluciones simples a problemas sistémicos complejos. Para comprobarlo, basta con
ver lo sucedido en Alemania recientemente: mientras en Sajonia-Anhalt triunfó
un partido (AfD) de extrema derecha, casi nazi, en Berlín lo hizo uno (Die
Linke) de signo inverso, prácticamente comunista. La erosión del bienestar, que
sin duda se acentuará en un futuro inmediato por el excesivo endeudamiento de
los países, ha transformado la desconfianza ciudadana en una forma de
"desafección democrática", donde las instituciones son vistas, cada
vez más, como mecanismos de protección de las élites, no de la ciudadanía. La
consecuencia es un parlamentarismo debilitado y una fragmentación política que
impide el consenso necesario para gobernar.
Si en Europa el síntoma es la desafección y el
rechazo de la juventud a verse obligada a participar en cualquier guerra, en
América - con Estados Unidos como caso emblemático, pero presente en todas las
naciones del continente - el síntoma es la polarización extrema. A diferencia
del viejo continente, donde el Estado de bienestar fue una conquista histórica,
en nuestra región, sobre todo al sur del río Bravo (o Grande), el Estado a
menudo ha sido percibido como ineficiente, capturado por intereses clientelares
o lisa y llanamente corruptos, criminales y narcoterroristas.
Mucho de ese deterioro conceptual y reputacional
del Estado deviene de la incapacidad de su Justicia, cooptada por intereses
políticos o meramente espurios, de asumir el rol que nuestras democracias
constitucionales le atribuyen. La impunidad y la protección que concede a los
poderosos, un nefasto problema recurrente y presente en muchísimos países, no
sólo para enriquecerse robando masivamente a sus pueblos sino para atentar
contra las propias reglas del sistema democrático, es un factor determinante de
ese descreimiento generalizado.
La polarización, esa "grieta" que
define nuestra vida cotidiana en casi todo Occidente, no es un fenómeno
puramente ideológico; es el resultado de un fracaso en la representación; para
comprobarlo miremos qué está sucediendo en España, Francia, Brasil, Colombia,
Reino Unido, Estados Unidos, Bolivia o la misma Argentina. Cuando las
instituciones no logran encauzar las demandas sociales, la política se reduce a
un juego de suma cero: el “otro” no es un adversario legítimo con el que
se debe negociar, sino un enemigo que debe ser eliminado del juego democrático.
En este contexto, la política se transforma en una
guerra cultural donde los datos y la realidad – la verdad - quedan subordinados
a la identidad grupal. Mientras el descontento busca refugio en el populismo
para recuperar seguridad económica y social, la polarización extrema sirve para
canalizar una frustración identitaria que ve en el "otro" la
causa de todos los males.
Lo que observamos es una convergencia inquietante.
Tanto la crisis del Estado de bienestar cuanto la polarización extrema comparten
una raíz común: la incapacidad de los sistemas democráticos actuales para
ofrecer una narrativa de futuro que sea inclusiva y creíble.
La democracia no puede sobrevivir únicamente como un
procedimiento electoral. Requiere, esencialmente, de una base material y simbólica
que permita la convivencia. La pregunta que debemos hacernos – por ejemplo, tanto
en Brasil (25 Oct), cuanto en Israel (27 Oct), Estados Unidos (3 Nov) o en
España (29 Nov) - no es solo quién ganará la próxima elección, sino cómo
reconstruir un suelo común donde el debate sea posible y donde la política deje
de ser el campo de batalla de una sociedad fracturada.
Aún es posible corregir este rumbo, pero el desafío
es, simplemente, enorme: recuperar la legitimidad democrática exige, primero,
reconocer que el "consenso", la “negociación” y la “transacción” no son
palabras sucias, sino las únicas herramientas legítimas y capaces de gestionar
las inevitables tensiones de una sociedad moderna. De lo contrario, seguiremos
navegando hacia una deriva autoritaria, disfrazada de democracia, pero completamente
despojada de su alma.
Bs.As., 17 Oct 26




