Cambiar todo para que nada cambie
por Enrique Guillermo
Avogadro (Nota N° 1064)
- “Las mujeres que han cambiado el mundo no han necesitado mostrar otra cosa que su inteligencia”.
- Rita Levi-Montalcini
En Venezuela resulta difícil
distinguir entre una transición y una simple mutación. Nicolás Maduro ya no
está en Miraflores, pero su desaparición no implicó la caída del régimen. Delcy
Rodríguez, una de las principales figuras del chavismo, administra el Estado y
buena parte de su estructura permanece intacta. Washington combatió durante
años al régimen en nombre de la democracia, pero ahora negocia con una
dirigente proveniente del movimiento que gobierna desde 1999. Mientras la
oposición reclama elecciones, EEUU colocó en primer plano la reconstrucción de
la industria petrolera. Es fácil entender su interés: reponer sus menguadas
reservas, apartar las manos de China y asfixiar a Cuba. Venezuela posee las
mayores reservas probadas de petróleo, pero su industria fue devastada por años
de estatizaciones, corrupción, falta de inversiones y deterioro de la
infraestructura. Ahora las grandes compañías estadounidenses estudian regresar
y EEUU impulsa la recuperación del sector. El problema es otro: ¿puede la
reconstrucción económica preceder indefinidamente a la democrática?
Delcy asegura que habrá
elecciones. Donald Trump también, pero sostiene que Venezuela todavía no está
preparada. La frase encierra un riesgo evidente: las transiciones deben tener
un final; sin fecha puede convertirse, en otra forma de poder permanente. El
diálogo entre gobierno y oposición acaba de reanudarse y tiene sobre la mesa
reformas judiciales, derechos políticos, libertad de expresión y cambios
electorales. Es un cambio, pero no es democracia, sólo la posibilidad de
construirla. Y el chavismo no desapareció. Durante 27 años construyó una
extensa estructura política, judicial, militar y territorial. Por eso resultaba
ingenuo imaginar que la caída de Maduro podía desarmarla automáticamente. La
ONU advirtió que las estructuras fundamentales de represión permanecen intactas:
funcionarios vinculados a abusos anteriores continúan en posiciones de poder y
persisten organismos de seguridad asociados con la persecución de opositores.
Hay otra ironía difícil de
ignorar. Durante años, el chavismo convirtió a EEUU en el gran enemigo. Ahora,
el adversario participa activamente en la reconstrucción política y económica
venezolana. Las empresas estadounidenses vuelven al petróleo y Washington
interviene en las conversaciones entre gobierno y oposición. Se convirtió en el
socio de hoy.
Eso no significa que las
inversiones petroleras sean necesariamente negativas. Venezuela necesita
capital, tecnología, infraestructura y mercados. La cuestión fundamental es
bajo qué reglas y quién controla ese proceso. Una Venezuela que vuelva a
producir petróleo pero conserve instituciones débiles podría recuperar ingresos
sin recuperar democracia. Por eso el verdadero desafío no es sustituir a un presidente.
Es reconstruir un Estado, recuperar la justicia, garantizar las libertades,
reorganizar las fuerzas de seguridad, liberar a los detenidos y establecer
mecanismos de justicia que investiguen los abusos sin convertir la transición
en una interminable venganza política.
EEUU puede facilitar ese
proceso, pero no puede decidir indefinidamente quién preside. La Venezuela de
hoy ofrece oportunidades y peligros. Hay señales de apertura, diálogo e
inversiones; pero también persisten la ausencia de una fecha electoral y buena
parte del aparato represivo del antiguo régimen. Por eso la verdadera pregunta
es si los venezolanos recuperarán aquello que perdieron mucho antes: la posibilidad de decidir libremente quién
los gobierna y bajo qué instituciones quieren vivir.
La principal dirigente
opositora, María Corina Machado, decidió no participar en el diálogo auspiciado
por Washington entre el gobierno de Delcy y sectores de la oposición. Junto con
Edmundo González Urrutia, dejó en claro que no había intervenido en el diseño
de esa mesa y que, por lo tanto, no asumiría responsabilidad por sus
decisiones. Pero tampoco se colocó como obstáculo: anunció que observaría sus
resultados a partir de hechos concretos y verificables, como la recuperación de
las instituciones democráticas, la liberación de los presos políticos,
garantías para todos los actores y, fundamentalmente, un cronograma para
elecciones presidenciales.
Su actitud revela una posición tan firme
como incómoda. No parece dispuesta a legitimar una negociación que, a su
juicio, podría terminar sustituyendo el resultado de las urnas por un nuevo
reparto de poder, pero evita enfrentarse abiertamente con Washington, cuyo
respaldo considera decisivo para la transición. Este mes volvió a cuestionar el
acuerdo petrolero entre EEUU y Delcy, pero sostuvo que Washington es el
principal socio que Venezuela necesita para reconstruirse. Su dilema es
evidente: necesita de la presión norteamericana, pero procura que esa presión
no termine dejando en manos de otros la definición del futuro político
venezolano.
Porque cambiar al ocupante de
Miraflores no alcanza; terminar con el régimen exige algo mucho más profundo:
que el poder deje de estar por encima de la ley, que las elecciones dejen de
ser una promesa, que la oposición deje de ser un delito y que el petróleo deje
de ser una herramienta de dominación. De lo contrario, podría ocurrir algo que
América Latina conoce demasiado bien: que
se cambie todo para que, en definitiva, nada cambie.
Bs.As., 19
Sep 26


