¿Y si cruzan el Atlántico?
por Enrique Guillermo Avogadro
(Nota N° 1069)
El ocaso del consenso
por Enrique Guillermo
Avogadro (Nota N° 1068)
“El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”.
Antonio Gramsci
La democracia liberal, esa construcción que
durante décadas asumimos como el estado natural de la política y que Occidente
pretendió sin éxito imponer al mundo entero, atraviesa un periodo de
redefinición traumática. No se trata de un fenómeno aislado, sino de un síntoma
global con manifestaciones locales divergentes, pero profundamente conectadas
por un mismo hilo conductor: la ruptura del contrato social que alguna vez
sostuvo la estabilidad.
En Europa – ya sólo “un gran parque
temático”, al decir de Arturo Pérez Reverte - la crisis de la democracia
está íntimamente ligada al debilitamiento del Estado de bienestar, acentuado ahora
por la imposición de Washington a la Comunidad de incrementar fuertemente los
presupuestos de defensa en cada uno de los países que la integran y,
consecuentemente, restar dinero a otros destinos. Durante la posguerra, el
pacto social europeo se basó en una premisa simple: crecimiento económico
compartido y redes de seguridad social robustas a cambio de paz y legitimidad
democrática.
Sin embargo, la persistencia de las crisis
económicas, la deslocalización industrial, la necesidad de redirigir masivos recursos
públicos para atender a la eventual expansión continental de la invasión de
Rusia a Ucrania, la ceguera de los dirigentes para prevenir la inevitable crisis
energética, los problemas generados por la indiscriminada y descontrolada inmigración
– en especial, por aquellos individuos que se niegan a integrarse y pretenden
imponer sus propias costumbres y leyes (como la sharía), sobre las del país que
los ha recibido - y la incapacidad de los partidos tradicionales para gestionar
la incertidumbre, han provocado un desencanto profundo.
Cuando el Estado deja de ser el garante de la
seguridad social básica (salud, educación, vivienda, jubilaciones y pensiones),
el vacío no queda desierto; es ocupado por narrativas populistas que prometen
soluciones simples a problemas sistémicos complejos. Para comprobarlo, basta con
ver lo sucedido en Alemania recientemente: mientras en Sajonia-Anhalt triunfó
un partido (AfD) de extrema derecha, casi nazi, en Berlín lo hizo uno (Die
Linke) de signo inverso, prácticamente comunista. La erosión del bienestar, que
sin duda se acentuará en un futuro inmediato por el excesivo endeudamiento de
los países, ha transformado la desconfianza ciudadana en una forma de
"desafección democrática", donde las instituciones son vistas, cada
vez más, como mecanismos de protección de las élites, no de la ciudadanía. La
consecuencia es un parlamentarismo debilitado y una fragmentación política que
impide el consenso necesario para gobernar.
Si en Europa el síntoma es la desafección y el
rechazo de la juventud a verse obligada a participar en cualquier guerra, en
América - con Estados Unidos como caso emblemático, pero presente en todas las
naciones del continente - el síntoma es la polarización extrema. A diferencia
del viejo continente, donde el Estado de bienestar fue una conquista histórica,
en nuestra región, sobre todo al sur del río Bravo (o Grande), el Estado a
menudo ha sido percibido como ineficiente, capturado por intereses clientelares
o lisa y llanamente corruptos, criminales y narcoterroristas.
Mucho de ese deterioro conceptual y reputacional
del Estado deviene de la incapacidad de su Justicia, cooptada por intereses
políticos o meramente espurios, de asumir el rol que nuestras democracias
constitucionales le atribuyen. La impunidad y la protección que concede a los
poderosos, un nefasto problema recurrente y presente en muchísimos países, no
sólo para enriquecerse robando masivamente a sus pueblos sino para atentar
contra las propias reglas del sistema democrático, es un factor determinante de
ese descreimiento generalizado.
La polarización, esa "grieta" que
define nuestra vida cotidiana en casi todo Occidente, no es un fenómeno
puramente ideológico; es el resultado de un fracaso en la representación; para
comprobarlo miremos qué está sucediendo en España, Francia, Brasil, Colombia,
Reino Unido, Estados Unidos, Bolivia o la misma Argentina. Cuando las
instituciones no logran encauzar las demandas sociales, la política se reduce a
un juego de suma cero: el “otro” no es un adversario legítimo con el que
se debe negociar, sino un enemigo que debe ser eliminado del juego democrático.
En este contexto, la política se transforma en una
guerra cultural donde los datos y la realidad – la verdad - quedan subordinados
a la identidad grupal. Mientras el descontento busca refugio en el populismo
para recuperar seguridad económica y social, la polarización extrema sirve para
canalizar una frustración identitaria que ve en el "otro" la
causa de todos los males.
Lo que observamos es una convergencia inquietante.
Tanto la crisis del Estado de bienestar cuanto la polarización extrema comparten
una raíz común: la incapacidad de los sistemas democráticos actuales para
ofrecer una narrativa de futuro que sea inclusiva y creíble.
La democracia no puede sobrevivir únicamente como un
procedimiento electoral. Requiere, esencialmente, de una base material y simbólica
que permita la convivencia. La pregunta que debemos hacernos – por ejemplo, tanto
en Brasil (25 Oct), cuanto en Israel (27 Oct), Estados Unidos (3 Nov) o en
España (29 Nov) - no es solo quién ganará la próxima elección, sino cómo
reconstruir un suelo común donde el debate sea posible y donde la política deje
de ser el campo de batalla de una sociedad fracturada.
Aún es posible corregir este rumbo, pero el desafío
es, simplemente, enorme: recuperar la legitimidad democrática exige, primero,
reconocer que el "consenso", la “negociación” y la “transacción” no son
palabras sucias, sino las únicas herramientas legítimas y capaces de gestionar
las inevitables tensiones de una sociedad moderna. De lo contrario, seguiremos
navegando hacia una deriva autoritaria, disfrazada de democracia, pero completamente
despojada de su alma.
Bs.As., 17 Oct 26
por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1067)
"Democracia es la
patética creencia en la sabiduría colectiva de la ignorancia individual".
Henry Louis Mencken
El mundo continúa girando, pero
cada vez se parece menos al que conocimos. Las reglas que ordenaron las
relaciones internacionales desde la II Guerra Mundial están siendo reemplazadas
por la voluntad de los más poderosos, mientras las instituciones multilaterales
contemplan cómo se desmorona su autoridad. Donald Trump ha convertido la
diplomacia en una mezcla de amenazas, aranceles, negocios y demostraciones de
fuerza, sin advertir - o sin importarle - que sus decisiones pueden escapar a
su control.
La guerra con Irán y sus
consecuencias sobre el petróleo y el comercio mundial exhiben la fragilidad de
los equilibrios internacionales. Vladimir Putin continúa apostando al desgaste
de Ucrania, mientras Xi Jinping observa cómo los errores de sus adversarios amplían
el margen de maniobra de China. Europa, atrapada entre la amenaza rusa y las
incertidumbres de su alianza con Washington, debe decidir si seguirá
dependiendo de una protección que Estados Unidos utiliza cada vez más como
instrumento de presión.
Pero el Viejo Continente
enfrenta, además, otra amenaza: el creciente malestar de sus propias
sociedades. En Francia, las protestas estudiantiles contra los recortes y el
deterioro de la educación han derivado en enfrentamientos con la Policía; en
Bélgica e Italia también se multiplican las movilizaciones. En España, la
crisis habitacional y los alquileres prohibitivos han llevado a miles de
personas a las calles. A ello se suman el encarecimiento de los combustibles y
las huelgas contra los ajustes presupuestarios. No estamos ante una única
rebelión coordinada, sino frente a distintas expresiones de una misma
insatisfacción: ciudadanos que sienten que sus gobiernos les exigen sacrificios
mientras no consiguen resolver problemas elementales. La paradoja es evidente:
las democracias europeas, que durante décadas fueron presentadas como modelos
de prosperidad y protección social, enfrentan dificultades crecientes para
conciliar sus compromisos fiscales con las demandas de sus habitantes. Cuando
la política no ofrece respuestas, los extremos suelen encontrar terreno fértil.
Las próximas elecciones agregan
incertidumbre. En Brasil, Lula y Flávio Bolsonaro disputarán el balotaje del 25
de octubre, y su resultado influirá sobre el equilibrio regional. Para Javier
Milei, la victoria de su aliado ideológico podría encerrar una paradoja: Brasil
tiene un peso económico y diplomático muy superior al argentino y podría
desplazar a nuestro Presidente del protagonismo latinoamericano que procura
ejercer. El 3 de noviembre, las elecciones legislativas pondrán a prueba, a su
vez, la autoridad de Trump.
Argentina no puede permanecer
ajena. La energía, los alimentos y los minerales críticos nos ofrecen
oportunidades extraordinarias, pero también estamos expuestos a las
turbulencias de los mercados globales. Vaca Muerta constituye una ventaja
estratégica; aprovecharla requiere infraestructura, inversiones y reglas
previsibles, no solamente anuncios grandilocuentes. Milei insiste en presentar
el equilibrio fiscal y la reducción de la inflación como los pilares de su
gestión. Nadie sensato puede desconocer la importancia de esos objetivos
después de décadas de emisión descontrolada, despilfarro y endeudamiento. Pero
tampoco podemos confundirlos con la solución definitiva de nuestros problemas.
La debilidad del consumo, las dificultades de la industria y la incertidumbre
sobre la recuperación económica obligan a preguntarse cuánto tiempo puede
sostenerse un programa si sus beneficios no llegan a amplios sectores de la
sociedad.
No se trata de reivindicar el
regreso al proteccionismo indiscriminado ni a los privilegios corporativos,
sino de comprender que la competitividad no se decreta: se construye mediante
crédito, infraestructura, impuestos razonables y seguridad jurídica. Tenemos
recursos para convertirnos en un proveedor confiable de un mundo necesitado de
energía y alimentos. Sin embargo, seguimos atrapados entre las urgencias
fiscales, las disputas políticas y la incapacidad de acordar políticas de
Estado que sobrevivan a los cambios de gobierno. Tampoco podemos desatender
nuestras instituciones. La legitimidad electoral no equivale a una autorización
ilimitada para gobernar. La independencia judicial, las atribuciones del
Congreso y el respeto por la Constitución no son obstáculos que deba remover el
Poder Ejecutivo: son garantías que protegen a los ciudadanos frente a los
errores y abusos de quienes ejercen el poder.
El panorama internacional no
invita al optimismo fácil. Sobran conflictos, escasean los liderazgos capaces
de construir acuerdos y crece la desconfianza hacia los dirigentes. Las
protestas europeas recuerdan que ni siquiera las sociedades más desarrolladas
están inmunizadas contra el descontento cuando la política pierde contacto con
las necesidades cotidianas. La Argentina tiene una oportunidad que sería
imperdonable desperdiciar. Pero necesita algo más que afinidades ideológicas
con quienes ocupan circunstancialmente las principales capitales: una política
exterior que defienda sus intereses, una economía que estimule la producción y
una República que inspire confianza.
El mundo no esperará a que
resolvamos nuestras eternas disputas. Las potencias seguirán moviendo sus
piezas, las guerras modificarán los mercados y las sociedades reclamarán
respuestas. La pregunta es si tendremos la inteligencia necesaria para
anticiparnos o si, una vez más, nos limitaremos a contemplar cómo otros deciden
nuestro destino. Porque no basta con estar del lado correcto de la historia.
También hay que saber qué hacer cuando la historia llama a nuestra puerta.
Bs.As., 10 Oct 26
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https://totalnewsagency.com/2026/10/09/el-mundo-no-espera/
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por
Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1066)
“La Historia era así de fluctuante: a veces, su ritmo estaba signado por las campanadas de las
catedrales; otras, las pulsaciones de los corazones empalmaban directamente con su cadencia”.
Diego
Rojas
Mañana mismo comenzará un ciclo de elecciones
cuyos resultados, seguramente, impactarán en el mundo entero pero tendrán
especial influencia en los escenarios bélicos que hoy tan razonablemente lo
inquietan y en la deriva política de América Latina. Me refiero, en orden
temporal, a las presidenciales en Brasil, a las parlamentarias en Israel del 27
y las de medio término en Estados Unidos, el 3 de noviembre.
En nuestro gran vecino, competirán – los
únicos con probabilidades de vencer, aunque se presentarán otros tres
candidatos - Luiz Inácio Lula da Silva que, con su Partido dos Trabalhadores
(PT), buscará su reelección luego de gobernar tres períodos no consecutivos, y
Flávio Bolsonaro, hijo del ex Presidente Jair Bolsonaro, indiscutido líder de
la derecha brasileña. La segunda vuelta, de cuya necesidad no hay quien dude,
se sustanciará tres semanas después. Además del próximo inquilino del Palácio
do Planalto, en Brasília, se renovarán dos tercios del Senado (54 sobre 81), la
totalidad de las bancas (513) en Diputados – hay que mirar con mucha atención
las nuevas composiciones que resulten - y las 27 gobernaciones estaduales.
Para Javier Milei, esa elección presenta una
paradoja: ha respaldado sin fisuras a Bolsonaro e insultado a Lula pero, si aquél
triunfara, nuestro Presidente perdería su actual liderazgo de la derecha de
América Latina y menguaría la atención que hasta ahora ha recibido de EEUU,
pues Brasil, un país más grande y poderoso que la Argentina, pasará a ser el
aliado crucial de la Casa Blanca en la región. Para Donald Trump esta elección
reviste un particular interés, pues está en juego la disputa con China y los
BRICS y toda su aspiración continental (la doctrina “Donroe”), hoy puesta en fuerte cuestionamiento
precisamente por la negativa de Lula de aceptar sus decisiones arancelarias y
geopolíticas, en una dura posición compartida nada menos que por las otras dos
mayores economías de América: México y Canadá.
En un régimen parlamentario, como tiene
Israel, la supervivencia y la libertad del Primer Ministro Benjamin Netanyahu –
de quien Milei es un ferviente fanático - dependerá del resultado de las elecciones
que se celebrarán el 27 de este mes porque si sus aliados, halcones y
ultraortodoxos, no resultaran triunfadores, su gobierno caerá y Bibi deberá enfrentar en los tribunales viejas
denuncias por corrupción y las más recientes, que le imputan no haber evitado,
pese a los avisos previos recibidos de la inteligencia de Emiratos Arabes
Unidos y Egipto, el criminal ataque de Hamás de hace tres años. Netanyahu ha conservado
hasta hoy su cargo manteniendo a su país en guerra en múltiples frentes – Irán,
Gaza, Cisjordania y Líbano – porque “nadie cambia de caballo en mitad del río”. Claramente, de estas elecciones dependerá el
futuro inmediato de Medio Oriente y, sobre todo, la relación entre Tel Aviv y
Washington.
Para cerrar el calendario de importantes
eventos electorales, el 3 de noviembre los estadounidenses concurrirán a las
urnas para renovar la totalidad (435) de la Cámara de Representantes
(diputados) y un tercio (35 sobre 100) del Senado, amén de los gobernadores de
36 Estados. Históricamente, y salvo en tres ocasiones, los oficialismos han
perdido las elecciones de medio término pero, dada la agresiva y perniciosa actitud
que mantiene Trump contra las instituciones federales y estaduales y la prensa
libre, sus políticas arancelarias, la guerra del Golfo Pérsico, los
tradicionales aliados de EEUU en todo el mundo, los inmigrantes, etc., esta vez
podrían tener un resultado trágico para el magnate.
Así, con
el gigantesco impacto negativo que provoca en su propia grey política el
aumento del precio de los combustibles, es prácticamente seguro que el Partido
Republicano perderá la actual mayoría en la Cámara de Representes y, aunque
menos probable, en el Senado. Si fuera derrotado, Trump podría tener que
enfrentar un proceso de impeachment que,
aunque no pudiera prosperar por las mayorías especiales requeridas, confirmaría
su debilitamiento y su condición de pato rengo.
La pública oferta de un cheque por US$ 5.000
que enviaría su administración a cada ciudadano si conservara el control del Capitolio,
el más que cuestionable enriquecimiento personal que ha experimentado con su
propia moneda digital, el regalo de un avión que recibió del Emir de Qatar, la
controversial actuación de sus negociadores especiales en los escenarios de
conflicto - Steve Witkoff y Jared Kurchner (el “yernísimo”) - y el
acceso anticipado – por US$ 100.000 mensuales - a sus anuncios y mensajes en su
red Truth Social, que diariamente alteran mercados y cotizaciones, sin duda
serán objeto de duro escrutinio, tanto como las tentativas para modificar los
sistemas electorales y sus maniobras para eludir el control parlamentario sobre
sus “poderes de guerra” en todos los frentes.
Para cerrar, un breve comentario local. Esta
semana, la Corte Suprema – con la honrosa excepción de Carlos Rosenkrantz –
revocó el sobreseimiento del Tte. Gral. (RE) César Milani en la causa por la
desaparición del conscripto Alberto Ledo en 1976, cuando el ex Jefe del
Ejército - en la época de Cristina Fernández - era sólo un Subteniente de 21
años destinado en Tucumán; con esta tan reprobable resolución, que ignora cómo
funcionan las fuerzas armadas, continúa la política de persecución a quienes
derrotaron a la subversión terrorista en la guerra civil que éstas desataron
para implantar un régimen similar al cubano. El fallo, sin embargo, por otro
camino hace justicia con este siniestro personaje que, en su momento y abrazado
a Hebe Bonafini, proclamó su deseo de construir un “ejército popular” para
respaldar y custodiar al pero-kirchnerismo ladrón, mientras espiaba y perseguía
a sus enemigos políticos y se enriquecía robando al propio Estado.
Bs.As., 3 Oct 26
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por Enrique
Guillermo Avogadro (Nota N° 1065)
“Se suele decir que la historia la escriben siempre los vencedores, pero en el caso de la guerra civil … quienes más la han hecho han sido los simpatizantes de los perdedores”.
Antony Beevor
En el marco de la Asamblea
General de la ONU, una organización que ha perdido
toda relevancia, quien dio una magnífica lección que debiera dar vergüenza a varios
de sus homólogos de la región – Javier Milei incluido - fue Keiko Fujimori,
Presidente de Perú, un país que - en su caso, a través de Sendero Luminoso - sufrió
la misma salvaje agresión que Cuba desató contra tantos países latinoamericanos
- la Argentina padeció a Montoneros, ERP, etc. - buscando exportar su revolución
comunista. En su magnífico discurso de sólo quince minutos (https://me-l.co/zpyibbsu), esta notable mujer revindicó sin ambages a quienes tuvieron que
asumir, por orden del Estado peruano, la penosa tarea de derrotar al terrorismo,
y se lamentó porque, después de décadas, muchos de ellos se encuentran aún presos
por la clara violación del principio del debido proceso, tal como aquí sucede.
En este momento, cuando
la fuerza se impone a la negociación y al acuerdo entre países y todo el
sistema comercial – que ha permitido a tantos millones de seres humanos salir
de la pobreza y extender la expectativa de vida – ha saltado por el aire a
fuerza de bombazos, resulta innegable que la ONU carece de capacidad de evitar
conflictos. Su Consejo de Seguridad tiene cinco miembros permanentes – los vencedores
de la II Guerra Mundial, o sea Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Gran
Bretaña – con derecho a veto, más diez temporarios; es decir, su composición ya
no responde a la realidad actual, ya que los dos últimos han dejado de ser
relevantes pero conservan su capacidad de bloquear las decisiones generales cuando
chocan contra sus intereses particulares.
Su Asamblea anual, hoy
sólo es un atril frente a un auditorio casi siempre vacío, desde el cual cada
mandatario nacional expone su política e intenta convencer a los demás de la
rectitud de sus objetivos, mientras despotrica contra sus enemigos circunstanciales.
La celebrada esta semana en Nueva York no fue una excepción, sobre todo cuando
Donald Trump la utilizó para amenazar, una vez más, a Irán con desatar el
Apocalipsis y volverlo a la Edad de Piedra si no cede a sus exigencias respecto
al tránsito en el Estrecho de Ormuz y sus existencias de uranio enriquecido.
Milei formuló el reclamo por las Malvinas, algo habitual, en
un momento en que la decadencia del Reino Unido, que seguramente comenzó con el
Brexit, luce como irreversible; su Primer Ministro, Andy Burnham, es el noveno
que ocupa el cargo en este siglo y los últimos cinco duraron menos de tres años
cada uno. Hoy Gran Bretaña se enfrenta a un incipiente movimiento independista
desde Escocia, Gales e Irlanda del Norte; a partir de ahora, deberá abandonar su
absurda posición sobre la autodeterminación de los “kelpers” para sostener su ilegal
ocupación de las islas australes, ya que el argumento será utilizado por quienes,
en su propio archipiélago, ahora quieren dejar de ser británicos.
El hecho más relevante fue la visita de Estado de Xi Jinping
a Washington, donde Trump lo recibió con extremos honores. Pese a que, al menos
hasta ahora, no ha trascendido sobre lo tratado, es indudable que abarcó las regulaciones
a la AI, los aranceles, las guerras en Ucrania y el Golfo Pérsico y la situación
de Taiwan. En el primero, debemos recordar que Beijing controla gran parte de
los materiales críticos y dispone de la capacidad científica necesaria para
avanzar; allí está la razón de la negativa del magnate a establecer controles a
las empresas de EEUU, a contramano de los pavorosos avisos que ellas mismas han
dado al respecto.
China ha contribuido a evitar una gravísima crisis del
petróleo al limitar, voluntariamente, sus compras a Irán y apelar a sus reservas
estratégicas, y está presionando a todos los contendientes para que pongan fin
a los conflictos bélicos, que complican el tránsito de mercaderías en sus rutas
marítimas. Es claro su apoyo al creciente universo de los BRICS – más del 50% de
la población mundial - que busca, mediante el uso de sus propias monedas en las
transacciones entre sus miembros, competir con el monopolio del dólar – y del sistema
SWIFT - en el comercio internacional. Suena razonable que Xi actúe de este modo
porque pretende regir, con sus Franja y Ruta de la Seda, el aún incipiente “Sur
Global”.
Con respecto a Taiwan, cuya anexión es fuertemente
resistida por Japón y Filipinas, el líder chino ha logrado una cesión algo extraña:
EEUU suspendió la venta de material bélico – aviones y misiles – a la acosada
isla por un monto de US$ 14.000 millones, amén de retirar del Pacífico Sur los
sistemas defensivos que protegían a sus aliados (ambos, más Sur Corea) para
trasladarlos al Océano Indico por su conflicto con Irán. En resumen, Trump ha
tratado y, consecuentemente reconocido, a Xi como un igual, confirmando la gran
novedad de este siglo: la bipolaridad.
Pero no debemos perder de vista el escenario mundial, en Europa
y Medio Oriente. Veo casi inevitable la derrota de Ucrania que, como mínimo, se
traducirá en la pérdida del territorio ocupado ya por Rusia, sobre todo el Donbass,
donde se encuentran los mayores yacimientos de tierras raras. Y es que la
sangría humana, aunque sea mayor en las fuerzas de Vladimir Putin, y la falta
de apoyo de EEUU en material bélico e inteligencia, convertirán en imposible la
resistencia de Volodimir Zelensky aunque la OTAN lo respalde.
Los ataques entre los hutíes yemenitas, respaldados por
Irán, y Arabia Saudita, no sólo aliada de EEUU sino integrante de un nuevo
pacto defensivo con Turquía y Paquistán, están poniendo cada vez en mayor
riesgo el gasoducto este-oeste que busca eludir los problemas causados por el
cierre de Ormuz y el tráfico por el estrecho de Bar-el-Mandeb, donde también
juegan los piratas somalíes que, desde el Cuerno de Africa, tienen enorme
experiencia en el secuestro de buques y tripulaciones para la obtención de
rescates.
Como se ve - y los avisos de la CIA sobre la posibilidad concreta
de ataques rusos contra Italia, Francia e Italia, no permiten olvidarlo – seguimos
viviendo sentados sobre un volcán, aunque confío en que, finalmente,
prevalecerá el raciocinio en los liderazgos de las grandes potencias.
Bs.As., 26 Sep 26
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por Enrique Guillermo
Avogadro (Nota N° 1064)
En Venezuela resulta difícil
distinguir entre una transición y una simple mutación. Nicolás Maduro ya no
está en Miraflores, pero su desaparición no implicó la caída del régimen. Delcy
Rodríguez, una de las principales figuras del chavismo, administra el Estado y
buena parte de su estructura permanece intacta. Washington combatió durante
años al régimen en nombre de la democracia, pero ahora negocia con una
dirigente proveniente del movimiento que gobierna desde 1999. Mientras la
oposición reclama elecciones, EEUU colocó en primer plano la reconstrucción de
la industria petrolera. Es fácil entender su interés: reponer sus menguadas
reservas, apartar las manos de China y asfixiar a Cuba. Venezuela posee las
mayores reservas probadas de petróleo, pero su industria fue devastada por años
de estatizaciones, corrupción, falta de inversiones y deterioro de la
infraestructura. Ahora las grandes compañías estadounidenses estudian regresar
y EEUU impulsa la recuperación del sector. El problema es otro: ¿puede la
reconstrucción económica preceder indefinidamente a la democrática?
Delcy asegura que habrá
elecciones. Donald Trump también, pero sostiene que Venezuela todavía no está
preparada. La frase encierra un riesgo evidente: las transiciones deben tener
un final; sin fecha puede convertirse, en otra forma de poder permanente. El
diálogo entre gobierno y oposición acaba de reanudarse y tiene sobre la mesa
reformas judiciales, derechos políticos, libertad de expresión y cambios
electorales. Es un cambio, pero no es democracia, sólo la posibilidad de
construirla. Y el chavismo no desapareció. Durante 27 años construyó una
extensa estructura política, judicial, militar y territorial. Por eso resultaba
ingenuo imaginar que la caída de Maduro podía desarmarla automáticamente. La
ONU advirtió que las estructuras fundamentales de represión permanecen intactas:
funcionarios vinculados a abusos anteriores continúan en posiciones de poder y
persisten organismos de seguridad asociados con la persecución de opositores.
Hay otra ironía difícil de
ignorar. Durante años, el chavismo convirtió a EEUU en el gran enemigo. Ahora,
el adversario participa activamente en la reconstrucción política y económica
venezolana. Las empresas estadounidenses vuelven al petróleo y Washington
interviene en las conversaciones entre gobierno y oposición. Se convirtió en el
socio de hoy.
Eso no significa que las
inversiones petroleras sean necesariamente negativas. Venezuela necesita
capital, tecnología, infraestructura y mercados. La cuestión fundamental es
bajo qué reglas y quién controla ese proceso. Una Venezuela que vuelva a
producir petróleo pero conserve instituciones débiles podría recuperar ingresos
sin recuperar democracia. Por eso el verdadero desafío no es sustituir a un presidente.
Es reconstruir un Estado, recuperar la justicia, garantizar las libertades,
reorganizar las fuerzas de seguridad, liberar a los detenidos y establecer
mecanismos de justicia que investiguen los abusos sin convertir la transición
en una interminable venganza política.
EEUU puede facilitar ese
proceso, pero no puede decidir indefinidamente quién preside. La Venezuela de
hoy ofrece oportunidades y peligros. Hay señales de apertura, diálogo e
inversiones; pero también persisten la ausencia de una fecha electoral y buena
parte del aparato represivo del antiguo régimen. Por eso la verdadera pregunta
es si los venezolanos recuperarán aquello que perdieron mucho antes: la posibilidad de decidir libremente quién
los gobierna y bajo qué instituciones quieren vivir.
La principal dirigente
opositora, María Corina Machado, decidió no participar en el diálogo auspiciado
por Washington entre el gobierno de Delcy y sectores de la oposición. Junto con
Edmundo González Urrutia, dejó en claro que no había intervenido en el diseño
de esa mesa y que, por lo tanto, no asumiría responsabilidad por sus
decisiones. Pero tampoco se colocó como obstáculo: anunció que observaría sus
resultados a partir de hechos concretos y verificables, como la recuperación de
las instituciones democráticas, la liberación de los presos políticos,
garantías para todos los actores y, fundamentalmente, un cronograma para
elecciones presidenciales.
Su actitud revela una posición tan firme
como incómoda. No parece dispuesta a legitimar una negociación que, a su
juicio, podría terminar sustituyendo el resultado de las urnas por un nuevo
reparto de poder, pero evita enfrentarse abiertamente con Washington, cuyo
respaldo considera decisivo para la transición. Este mes volvió a cuestionar el
acuerdo petrolero entre EEUU y Delcy, pero sostuvo que Washington es el
principal socio que Venezuela necesita para reconstruirse. Su dilema es
evidente: necesita de la presión norteamericana, pero procura que esa presión
no termine dejando en manos de otros la definición del futuro político
venezolano.
Porque cambiar al ocupante de
Miraflores no alcanza; terminar con el régimen exige algo mucho más profundo:
que el poder deje de estar por encima de la ley, que las elecciones dejen de
ser una promesa, que la oposición deje de ser un delito y que el petróleo deje
de ser una herramienta de dominación. De lo contrario, podría ocurrir algo que
América Latina conoce demasiado bien: que
se cambie todo para que, en definitiva, nada cambie.
Bs.As., 19
Sep 26
Publicado en:
https://totalnewsagency.com/2026/09/19/cambiar-todo-para-que-nada-cambie/
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http://www.diarioenfoques.net/index/edition/e/2467/s/18
https://diariocastellanos.com.ar/opinion/2026/09/18/cambiar-todo-para-que-nada-cambie.htm