No hace falta saltar
por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1060)
“El límite de lo imposible está muy borroneado”.
Mateo Salvatto
Donald Trump ha convertido la
política exterior de los EEUU en una sucesión de negocios, amenazas, aranceles
y golpes de efecto, en especial contra sus propios aliados del G7, pero su
poder económico, tanto como el militar, parecen haber encontrado sus límites.
Canadá, objeto de su último e inexplicable ataque comercial luego de haber
anunciado que pretendía anexarlo como 51° Estado, no ha bajado los brazos y,
por el contrario, ha respondido con igual dureza. Su nueva batería de sanciones
contra Teherán (que, con su resistencia al dolor, le ha impedido obtener la rápida
victoria con que había soñado) y sus amenazas de castigar a los clientes de sus
productos, es tan amplia que incluiría a China, principal comprador del
petróleo iraní, a Turquía y Emiratos Árabes Unidos.
Para Argentina, un país dotado
de todo aquello que todos necesitan precisamente porque comienzan a carecer de
ello, el espectáculo debería resultar particularmente irritante. Tenemos
petróleo, gas, alimentos, minerales y una capacidad extraordinaria para
producirlos; pero seguimos padeciendo las consecuencias de décadas de
populismo, corrupción, imprevisión y falta de inversiones que nos dejaron sin
los caminos, trenes, puertos, oleo y gasoductos necesarios para aprovechar las
oportunidades. Cuando llueve sopa, los argentinos insistimos en salir con
tenedor.
Nuestra región tampoco ha
quedado al margen de este terremoto. El caso venezolano es, en ese sentido,
paradigmático. Después de la intervención estadounidense, de la captura de
Nicolás Maduro y de todas las declaraciones sobre la libertad y la democracia, el
chavismo continúa gobernando, con Delcy Rodríguez en la Presidencia y Diosdado
Cabello con buena parte del poder real. Se han abierto negociaciones con
sectores de la oposición, pero María Corina Machado y Edmundo González, que
ganaron las elecciones, siguen relegados. Es decir, se destruyó mucho, se
prometió demasiado y la democracia continúa esperando. Pero, claro, el petróleo
venezolano está allí, y los negocios suelen tener una influencia extraordinaria
sobre las convicciones morales de las grandes potencias.
Brasil, que se encamina a una
elección presidencial que puede redefinir el equilibrio político sudamericano, no
es un adversario ideológico circunstancial: es nuestro principal socio
regional, un mercado esencial y un actor imprescindible en cualquier política
seria de integración, comercio y defensa de nuestros intereses en el mundo. Confundir
la política exterior con una pelea en X o con un discurso de barricada
es una estupidez que la Argentina no puede permitirse.
Y así llegamos a casa. No cabe
desconocer los enormes logros obtenidos por el gobierno de Milei en materia
fiscal y monetaria. Después de tantas décadas durante las cuales el déficit era
considerado una herramienta política y la inflación una especie de fenómeno
inevitable, haber instalado la idea de que el Estado no puede gastar
eternamente más de lo que recauda constituye, por sí solo, un cambio cultural
de enorme importancia. Pero tampoco corresponde cerrar los ojos ante lo que
está sucediendo. La economía parece haber perdido parte de su impulso; el
crédito, que debía convertirse en motor de la recuperación, ha colocado a muchos
en una situación financiera cada vez más delicada; los salarios y el consumo
siguen sin acompañar de igual manera a la mejora de los grandes números, y la
sociedad comienza a preguntarse cuánto tiempo más deberá esperar para que el
sacrificio se transforme en una mejora perceptible de su vida cotidiana. Ése es
el problema central del Gobierno: parece convencido de que una macroeconomía
sana basta para ganar la batalla política. No es así, y Milei y sus
funcionarios deberían explicarlo mejor.
Las personas votan con sus
ideas, con sus miedos y con sus bolsillos; pero también con la percepción que
tienen acerca de quienes las gobiernan. Y un presidente puede haber acertado en
el diagnóstico económico y, sin embargo, perder apoyo si transmite indiferencia
o falta de empatía frente a quienes están pagando el costo de la
transformación. A ello se suma una inexplicable vocación por fabricar enemigos.
Empresarios, periodistas, legisladores, gobernadores, economistas y, ahora,
gobiernos extranjeros: cualquiera que discrepe corre el riesgo de ser
convertido en traidor, delincuente, corrupto o enemigo de la libertad. Es un
método que puede servir para conquistar poder; rara vez resulta útil para
ejercerlo.
La reciente decisión de avanzar
en la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central muestra que el Gobierno
conserva la voluntad de consolidar institucionalmente algunos de sus logros más
importantes. Sería excelente que aplicara el mismo criterio a otras áreas: la
Justicia, la seguridad jurídica, la relación con el Congreso y la construcción
de una administración pública capaz de sobrevivir a sus propios funcionarios. Porque
la verdadera transformación consistirá en construir instituciones que impidan
que, mañana, cualquier nuevo populista pueda volver a utilizarlo como botín. La
oposición, por supuesto, no ofrece una alternativa demasiado tranquilizadora.
El kirchnerismo pretende ocultar bajo nuevas máscaras su responsabilidad por la
catástrofe que dejó; pero el Gobierno no debería confiar en que la memoria
colectiva sea infinita ni en que la ausencia de una oposición convincente le
garantiza automáticamente el futuro.
Por eso, mientras el mundo
entero parece haber decidido caminar sobre el borde del abismo, haríamos bien
en aprender una lección elemental: no hace falta saltar para demostrar
valentía. A veces, basta con dejar de dar pasos hacia atrás.
Bs.As.,
29 Ago 26

