Estoy
Herido y Triste
“Debe usted boxear como escribe y
escribir como boxea: debe dar todo lo que tiene porque cada pelea, como cada
libro, puede ser la última”. Joël Dicker
La editorial
que escribí la semana pasada, “Inmunda Cloaca”,
recibió algunos aplausos y no pocas críticas, que apuntaron a que se notaba la
rabia profunda que me habría embargado mientras lo hacía, señalando que eso no
servía, que debía bajar el nivel de enojo para poder llegar mejor a la
conciencia de los lectores. Mis disculpas a éstos, ya que la sensación que tenía
no era esa sino la desesperación; ¿qué otra cosa se puede sentir al ver en qué
se ha convertido nuestra sociedad?
Ha pasado sólo una
semana desde entonces y todo cuanto en ella dije tiene aún más olor a
podredumbre. El kirchnerismo logró que el Consejo de la Magistratura demorara
el proceso contra Oyarbide, pese a la confesión de éste de los delitos
cometidos, y avanzó rápidamente contra Bonadío, un colega de aquél que,
últimamente, había puesto a “bailar con la fea” a Abalito y al mudo vocero presidencial y elevó a juicio una de las
causas en que el romano Patotín está
imputado.
La indispensable
columna de Carlos Pagni en La Nación del jueves, “Las ‘cuevas’, gran caja del
poder en el país” (http://tinyurl.com/ljskq64) hace una verdadera
autopsia del cadáver en que se ha convertido la Argentina, ese extraño país respecto
al cual la mitad del mundo apostaba, hace cien años, que sería una de las
grandes potencias globales. En las vísceras, además, encontró los restos de la
Justicia seria e independiente que hemos sabido destruir con tanto ahínco.
El narcotráfico y el
consumo masivo de drogas nos han exigido incrementar la cuota semanal de sangre
que los argentinos debemos ofrecer ante el altar de la corrupción
gubernamental, agravada por la incapacidad manifiesta para combatir esos males
y el pavor silencioso de quienes aún no han caído en ella.
Tal como era
previsible, la protesta de los docentes continuó y, pese al descrédito generalizado
que una huelga tan prolongada está provocando sobre sus posturas, no tiene
visos de concluir. Debo confesar que, habiendo cursado mi etapa secundaria en
establecimientos públicos, me asombra que quienes antes eran “maestros” –con
toda la responsabilidad y el respeto que el solo nombre implicaba- hoy se
llamen a sí mismos “trabajadores de la educación”, y este hecho puntual habla
muy a las claras del profundo deterioro en que la educación ha caído entre
nosotros. Una nación que, ya en 1880, había erradicado el analfabetismo y
asombraba al mundo con ese logro, hoy forma chicos que ni siquiera comprenden
lo que leen.
Es cierto que los
argentinos debemos enorgullecernos de ser el país de América Latina que más
premios Nobel ha obtenido, pero esos enormes triunfos individuales no deben
ocultar nuestro fracaso colectivo como sociedad. Me parece que la selección
nacional de fútbol puede ser el mejor ejemplo de lo que digo: llena de
estrellas, muchas de ellas entre los jugadores más caros y exitosos del mundo,
es incapaz de grandes logros cuando se trata de hacerlos salir a la cancha con
la misma camiseta.
Lo absurdo es que,
mientras el Gobierno está destinando a la educación el porcentaje más alto del
presupuesto nacional desde la época de Arturo Illía, el derrumbe continúa
profundizándose; y lo notable es que los maestros ganan sueldos miserables y la
infraestructura está cada vez peor. Comparto la idea oficial, tan resistida por
los sindicalistas, de analizar el “presentismo”, ya que gran parte del
despilfarro proviene de la cantidad de personas que están dedicadas a cubrir un
mismo cargo docente, por las licencias irracionales y por las invocadas enfermedades
que, de resultar ciertas, convertirían a la actividad en la más riesgosa del
país.
Pero todo eso debiera
ser objeto de una profunda discusión hacia adentro de la sociedad y la
política, y no intentar que sea parte de la agenda una semana antes del
comienzo oficial de las clases. Ni la Nación ni las provincias han conseguido
explicar por qué abren las paritarias recién a fin de febrero, cuando debieran
hacerlo en noviembre y así llegar a la fecha clave con soluciones y no con
conflictos y, muchísimo menos, por qué no se destinan aún más fondos a la
educación en lugar de dilapidarlos en Fútbol para Todos, Aerolíneas Argentinas,
propaganda oficial, pauta publicitaria o subsidios de energía a los más ricos.
El jefe de los caciques
sindicales que han crecido tanto al calor de la Casa Rosada, el metalúrgico
Caló, ha debido poner en estado de alerta a su sector, ya que la presión de las
bases tornaba imposible su pasividad ante el deterioro brusco que el Gobierno
pretende aplicar a los salarios. A los líderes ahora opositores que acompañan a
Camión Moyano en la CGT Azopardo, y a
los gastronómicos de Barrionuevo y los estatales de Micheli, se han sumado los
ferroviarios de Maturano y los colectiveros de Fernández, hasta hoy militantes
de la CGT Balcarce, consolidando un grupo que puede, literalmente, parar el
país cuando se le ocurra y que ya ha anunciado una huelga general para el mes
de abril; cuando se produjo una conjunción semejante, en 1975, cayó un gobierno
peronista por única vez en la historia, hasta ahora.
Y es que los
trabajadores tienen una doble razón para la protesta. Por un lado, la
Presidente quiere que ellos sean quienes paguen el costo de la fiesta que
pretende mantener viva hasta su propio final: el gasto público que no para de
crecer exponencialmente; y, por otro, no acepta subir el piso del impuesto a
las ganancias ni modificar las alícuotas del tributo, por lo cual las mejoras
salariales que los gremios obtengan con tanta lucha no hará más que aumentar la
recaudación que exprime el inefable Feedlot
Echegaray. A esta altura del ajuste, ya no se discuten ideologías ni
posiciones políticas, sólo dinero.
El nuevo IPCNU, con dos
meses de vida, ha conseguido dar un leve viso de seriedad a las estadísticas
oficiales, ya que “sólo” ha diferido en casi un punto mensual respecto a las
estimaciones privadas que divulga el Congreso; de seguir así, igualmente habrá
conseguido, a fin de año, ocultar diez en la inflación, un número que, por sí
solo, supera en mucho -en el mejor de los casos, triplica- al que sufren todos
los vecinos anualmente, excepto Venezuela.
Claro que ese
sinceramiento impuesto por la realidad de un gobierno que se ha quedado sin
divisas y necesita desesperadamente auxilio externo no ha incluido a los ahora
ocultos índices de pobreza e indigencia ya que, de haber visto éstos la luz, lo
poco que queda del “relato” hubiera sido barrido finalmente; basta con saber
que, sólo en enero pasado, quinientas mil personas descendieron a esos niveles.
Esos ocultamientos y esa “rebaja” de la realidad seguirán trabando las
negociaciones internacionales, Club de París incluido, toda vez que siempre
requieren la revisión –artículo IV- de las estadísticas, en particular, y de la
economía en general por el FMI, que no está dispuesto a convalidar nuestros
dibujos locales, aunque quien los diseñe sea el propio Pablo Picasso.
Contra lo
que pueda suponerse, mi frontal oposición a la familia Kirchner y a su gobierno
es inmensamente mayor debido a lo que pudieron hacer y no hicieron, pese a los
enormes recursos que fueron puestos a su disposición por la sociedad y los
mercados internacionales, más que a los horrores y verdaderos crímenes que,
para enriquecerse más allá de cualquier esfuerzo de imaginación, cometieron
contra la nación, la república, sus instituciones y los más pobres de nosotros.
Por eso,
precisamente, el dolor y la pena que me embargan cada vez que me toca describir
la realidad de esta triste e insignificante Argentina. Pero no cejaré en esta cruzada
por la Argentina que quiero, porque tengo la más absoluta certeza de estar
librando “el buen combate”.
Bs.As.,
23 Mar 14
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