Combatiendo
al capital … rumbo al abismo
por Enrique G. Avogadro
“Cuando
la izquierda pierde una elección, intenta
destruir un país; cuando gana, lo
consigue”.
Alberto
Fernández se conducía reconocidamente bien en el manejo de la epidemia hasta
que se coló en su discurso el gen peronista, aquél que creó la marchita que, 75
años después, el 48% de la Argentina sigue cantando con fervor militante.
Eligió, como hicieron sus predecesores kirchneristas, un enemigo importante, y
cargó como un toro enceguecido contra él.
Descalificó
con fuertes epítetos a una de las mayores empresas industriales nacionales,
presente en muchos países del mundo, olvidando que los 1.500 empleados que Techint
suspendió por la paralización de las obras, pertenecen al gremio de la
construcción y, consecuentemente, cuentan con un auto-seguro de desempleo (tienen
para ello un fondo que se forma con aportes de quienes están trabajando) y, mucho
más grave, que las empresas privadas resultarán indispensables para salir del
profundo pozo en que ya nos encontramos, que será peor cuando la cuarentena
termine. Y no lo sabe porque jamás fue emprendedor, arriesgó su capital o
generó un trabajo.
Utilizó, para
demonizar a su propietario, la palabra “especulación”. Ignora, como todos los
demagogos y, especialmente, los pobristas que todos, todos especulamos todo el
tiempo. Cada vez que elegimos, estamos especulando; cuando compramos un
producto cualquiera, cuando escogemos el colegio al que deben asistir nuestros
hijos, cuando escogemos cómo ahorrar, y hasta cuando nos casamos, siempre
especulamos: ponemos en una balanza los pro y los contra, y la decisión es el producto
de ese resultado.
En cada
empresario hay un especulador, y es fundamental que lo haya. Porque quien elige
serlo sabe que está asumiendo riesgos monumentales, en especial en la
Argentina: dará trabajo, deberá pagar fuertes impuestos, tendrá problemas con los
bancos, con los proveedores, con los clientes, con el Estado y con el sindicato
(aún cuando sea un perfecto empleador), invertirá tiempo que podría dedicar a
su familia y, por si todo eso fuera poco y lo acompaña el éxito en su proyecto,
será mirado con odio y envidia por una sociedad y un gobierno imbéciles.
¿Cómo imagina
Alberto Fernández que nuestro país podría existir sin empresas y sin
especuladores? ¿Realmente quiere seguir “combatiendo
al capital” como método para “conquistar
a la gran masa del pueblo”? ¿Piensa que el empleo público puede reemplazar
al privado? Sin empresas, ¿cómo sostendrá el Estado su fenomenal estructura
improductiva? ¿Cree, como quieren algunos de sus adláteres, que hay que acabar
con los productores agropecuarios para entregar la tierra a los desocupados?;
en ese caso, ¿de dónde saldrían los alimentos y las exportaciones que
necesitamos como el aire? Sus dichos recientes nos invitan así, a un gran suicidio
nacional.
Más allá
de mi paupérrima opinión acerca de la moral del Presidente, tan
groucho-marxista él, lo considero un tipo inteligente. De allí que me pregunte,
retóricamente por cierto, por qué está haciendo cosas como las desmesuradas ponderaciones
a Hugo Moyano, un sindicalista a quien comparé en otra nota con Jimmy Hoffa (https://tinyurl.com/wtu58mx), el líder
de los camioneros estadounidenses que tanto incidió en la historia económica y
criminal de su país y tan mal terminó; a raíz de los halagos de Fernández, se
ha viralizado por WhatsApp un pequeño fragmento de la película “El Irlandés”, con
Robert de Niro y Al Pacino, que recuerda su vida.
El personaje tan exaltado
por el Presidente ha cometido todos los delitos, desde contratar a sus propias
empresas familiares para emprendimientos del gremio que conduce hasta lavar dinero
y defraudar al club de fútbol que dirige; y a él debemos que traer una carga
desde Salta a Buenos Aires resulte más caro que llevarla desde aquí a Shanghai,
con todo lo que eso implica en materia de inflación.
Y digo que la pregunta
es retórica porque la respuesta sólo puede ser una: ha decidido dejar de
intentar alguna forma de independencia para plegarse sumisamente a los deseos
de Cristina Fernández. A ésta, que mantiene un más que prudente silencio desde
que regresó de Cuba con su falsamente enferma hija, le ha entregado el comando
de todos los organismos de control, de las principales embajadas y de la
posición geopolítica de la Argentina; y su mandante, a cambio, le ha dejado la
conducción de la economía, con la esperanza de que fracase, y la defensa de su
peregrina teoría del lawfare, con la cual
busca impunidad.
Hay otros claros signos
que ratifican esa afirmación: la llegada de médicos cubanos, la decisión –sólo momentáneamente
postergada- de expropiar todo el sistema privado de salud, la derivación de multimillonarios
recursos -indispensables para la lucha contra el virus- a demenciales destinos (la
feria de Tecnópolis, la inactiva mina de Río Turbio y el pequeño hospital del
Calafate) en manos de sus fieles, la identificación con el eje
cubano-venezolano-ruso-iraní, etc.
Es probable que la
viuda de Kirchner –que intenta llevarnos a una situación similar a la que ha
generado Nicolás Maduro en su país- sentada atrás en el automóvil y con Alberto
Fernández como chofer, pueda lograr su objetivo ya que el coronavirus, por el
control social que implican las draconianas medidas adoptadas, la resultará
útil.





