El mundo no espera
por Enrique Guillermo Avogadro (Nota N° 1067)
"Democracia es la
patética creencia en la sabiduría colectiva de la ignorancia individual".
Henry Louis Mencken
El mundo continúa girando, pero
cada vez se parece menos al que conocimos. Las reglas que ordenaron las
relaciones internacionales desde la II Guerra Mundial están siendo reemplazadas
por la voluntad de los más poderosos, mientras las instituciones multilaterales
contemplan cómo se desmorona su autoridad. Donald Trump ha convertido la
diplomacia en una mezcla de amenazas, aranceles, negocios y demostraciones de
fuerza, sin advertir - o sin importarle - que sus decisiones pueden escapar a
su control.
La guerra con Irán y sus
consecuencias sobre el petróleo y el comercio mundial exhiben la fragilidad de
los equilibrios internacionales. Vladimir Putin continúa apostando al desgaste
de Ucrania, mientras Xi Jinping observa cómo los errores de sus adversarios amplían
el margen de maniobra de China. Europa, atrapada entre la amenaza rusa y las
incertidumbres de su alianza con Washington, debe decidir si seguirá
dependiendo de una protección que Estados Unidos utiliza cada vez más como
instrumento de presión.
Pero el Viejo Continente
enfrenta, además, otra amenaza: el creciente malestar de sus propias
sociedades. En Francia, las protestas estudiantiles contra los recortes y el
deterioro de la educación han derivado en enfrentamientos con la Policía; en
Bélgica e Italia también se multiplican las movilizaciones. En España, la
crisis habitacional y los alquileres prohibitivos han llevado a miles de
personas a las calles. A ello se suman el encarecimiento de los combustibles y
las huelgas contra los ajustes presupuestarios. No estamos ante una única
rebelión coordinada, sino frente a distintas expresiones de una misma
insatisfacción: ciudadanos que sienten que sus gobiernos les exigen sacrificios
mientras no consiguen resolver problemas elementales. La paradoja es evidente:
las democracias europeas, que durante décadas fueron presentadas como modelos
de prosperidad y protección social, enfrentan dificultades crecientes para
conciliar sus compromisos fiscales con las demandas de sus habitantes. Cuando
la política no ofrece respuestas, los extremos suelen encontrar terreno fértil.
Las próximas elecciones agregan
incertidumbre. En Brasil, Lula y Flávio Bolsonaro disputarán el balotaje del 25
de octubre, y su resultado influirá sobre el equilibrio regional. Para Javier
Milei, la victoria de su aliado ideológico podría encerrar una paradoja: Brasil
tiene un peso económico y diplomático muy superior al argentino y podría
desplazar a nuestro Presidente del protagonismo latinoamericano que procura
ejercer. El 3 de noviembre, las elecciones legislativas pondrán a prueba, a su
vez, la autoridad de Trump.
Argentina no puede permanecer
ajena. La energía, los alimentos y los minerales críticos nos ofrecen
oportunidades extraordinarias, pero también estamos expuestos a las
turbulencias de los mercados globales. Vaca Muerta constituye una ventaja
estratégica; aprovecharla requiere infraestructura, inversiones y reglas
previsibles, no solamente anuncios grandilocuentes. Milei insiste en presentar
el equilibrio fiscal y la reducción de la inflación como los pilares de su
gestión. Nadie sensato puede desconocer la importancia de esos objetivos
después de décadas de emisión descontrolada, despilfarro y endeudamiento. Pero
tampoco podemos confundirlos con la solución definitiva de nuestros problemas.
La debilidad del consumo, las dificultades de la industria y la incertidumbre
sobre la recuperación económica obligan a preguntarse cuánto tiempo puede
sostenerse un programa si sus beneficios no llegan a amplios sectores de la
sociedad.
No se trata de reivindicar el
regreso al proteccionismo indiscriminado ni a los privilegios corporativos,
sino de comprender que la competitividad no se decreta: se construye mediante
crédito, infraestructura, impuestos razonables y seguridad jurídica. Tenemos
recursos para convertirnos en un proveedor confiable de un mundo necesitado de
energía y alimentos. Sin embargo, seguimos atrapados entre las urgencias
fiscales, las disputas políticas y la incapacidad de acordar políticas de
Estado que sobrevivan a los cambios de gobierno. Tampoco podemos desatender
nuestras instituciones. La legitimidad electoral no equivale a una autorización
ilimitada para gobernar. La independencia judicial, las atribuciones del
Congreso y el respeto por la Constitución no son obstáculos que deba remover el
Poder Ejecutivo: son garantías que protegen a los ciudadanos frente a los
errores y abusos de quienes ejercen el poder.
El panorama internacional no
invita al optimismo fácil. Sobran conflictos, escasean los liderazgos capaces
de construir acuerdos y crece la desconfianza hacia los dirigentes. Las
protestas europeas recuerdan que ni siquiera las sociedades más desarrolladas
están inmunizadas contra el descontento cuando la política pierde contacto con
las necesidades cotidianas. La Argentina tiene una oportunidad que sería
imperdonable desperdiciar. Pero necesita algo más que afinidades ideológicas
con quienes ocupan circunstancialmente las principales capitales: una política
exterior que defienda sus intereses, una economía que estimule la producción y
una República que inspire confianza.
El mundo no esperará a que
resolvamos nuestras eternas disputas. Las potencias seguirán moviendo sus
piezas, las guerras modificarán los mercados y las sociedades reclamarán
respuestas. La pregunta es si tendremos la inteligencia necesaria para
anticiparnos o si, una vez más, nos limitaremos a contemplar cómo otros deciden
nuestro destino. Porque no basta con estar del lado correcto de la historia.
También hay que saber qué hacer cuando la historia llama a nuestra puerta.
Bs.As., 10 Oct 26

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