¿Y si cruzan el Atlántico?
por Enrique Guillermo Avogadro
(Nota N° 1069)
Las convulsiones que hoy sacuden
a Europa deberían encender todas las alarmas en América Latina. Las protestas -
sin duda promovidas a través de las redes por Rusia, enemiga de la Comunidad - se
multiplican en Francia, Italia, Bélgica, Albania, Grecia y España, impulsadas
por el encarecimiento de la vida, la crisis habitacional, el deterioro de los
servicios públicos y la pérdida de expectativas de los jóvenes, o sea, todo
aquello que se llamó el estado de bienestar, constituyen mucho más que
episodios aislados de malestar social. Cuando las manifestaciones derivan en
saqueos, incendios y enfrentamientos con las fuerzas del orden, la cuestión
deja de ser exclusivamente económica y se convierte en un problema político e
institucional.
Nuestra región no está vacunada
contra semejante contagio. Por el contrario, democracias que no parecen responder
a las necesidades sociales, la pobreza persistente, la desigualdad, la
informalidad laboral, la corrupción impune y el descrédito de buena parte de la
dirigencia conforman un terreno particularmente fértil para que la protesta
legítima termine siendo aprovechada por aventureros de toda laya. La historia
latinoamericana ofrece sobrados ejemplos de cómo una reivindicación justa puede
transformarse en instrumento de quienes pretenden derribar gobiernos, imponer
modelos autoritarios o simplemente aprovechar el caos para conquistar el poder.
Los Estados deben prepararse
antes de que el descontento se convierta en una amenaza para la convivencia.
Ello exige, en primer término, gobernar con responsabilidad, administrar
correctamente los recursos públicos, combatir la generalizada corrupción y
abandonar la ilusión de que los problemas sociales pueden resolverse mediante
propaganda. Pero también requiere comprender que la tolerancia democrática no
equivale a la renuncia a ejercer la autoridad. El derecho a manifestarse no
incluye incendiar edificios, destruir comercios, bloquear indefinidamente
servicios esenciales ni agredir a quienes deben proteger a la ciudadanía.
Ante la violencia, la respuesta
estatal debe ser rápida, firme y proporcionada. Las fuerzas de seguridad
necesitan preparación, equipamiento adecuado, inteligencia preventiva y
conducción profesional, además de reglas claras para utilizar legítimamente la
fuerza. Los instigadores y los autores de delitos deben ser identificados,
detenidos cuando corresponda y sometidos a la Justicia, con todas las garantías
del debido proceso. La impunidad estimula a los violentos; la represión
indiscriminada, por su parte, multiplica los agravios, radicaliza a los
moderados y termina proporcionando nuevos argumentos a quienes buscan la confrontación.
¿Y las Fuerzas Armadas? La
pregunta no puede despacharse con prejuicios ideológicos ni responderse
mediante una invocación simplista al orden. Su misión primaria es la defensa
nacional, no la sustitución de las policías ni la intervención habitual en
conflictos sociales. Sin embargo, tampoco parece sensato excluir de antemano
toda intervención militar ante situaciones extraordinarias – las guerras
híbridas - que comprometan gravemente la seguridad nacional o la continuidad de
las instituciones. En la Argentina, Chile, Perú y Colombia, esa cuestión
reviste especial importancia pues, cuando gobiernos democráticos ordenaron a
las fuerzas armadas reprimir a una subversión que había desatado (según sus
propias confesiones) sendas guerras
civiles, fueron los militares quienes terminaron presos, y siguen en la cárcel.
La conducción civil, los límites operativos, la capacitación específica y el
control legislativo y judicial resultan indispensables, pero aplicando sólo el
código de justicia militar. Confundir funciones termina perjudicando tanto a la
población cuanto a las propias instituciones militares.
Pero sería un grave error creer
que la solución consiste sólo en disponer de más efectivos, mayores facultades
coercitivas o leyes más severas. Ningún despliegue de uniformados puede
compensar indefinidamente la ausencia de oportunidades, la frustración de
quienes trabajan sin lograr progresar o la sensación de que las élites viven al
margen de las dificultades cotidianas. El orden duradero necesita autoridad,
pero también legitimidad.
América Latina debería observar
lo que ocurre al otro lado del Atlántico sin complacencia ni alarmismo.
Prevenir antes que reprimir, hacer cumplir la ley sin excepciones y recuperar
la confianza pública son tareas inseparables. Porque cuando el Estado abdica de
su autoridad, el caos ocupa su lugar; pero cuando pretende gobernar únicamente
mediante la fuerza, prepara las condiciones para su propia derrota. Y entonces,
como tantas veces en nuestra historia, descubriremos demasiado tarde que apagar
el incendio resulta mucho más difícil que haber evitado que comenzara.
Mañana, el segundo turno
electoral definirá quién ocupará la Presidencia y algunas pocas gobernaciones
estaduales en Brasil; el resultado tiene final abierto pero, en la medida en
que el nuevo Congreso ya ha sido elegido, así como la mayoría de los
gobernadores, si fuera Lula el vencedor, aupado por el “plan platita”
que ha ofrecido este mes, no tendrá un mandato fácil. Y el martes en Israel,
donde rige un sistema parlamentario, las elecciones legislativas dirán al mundo
en general, y a Medio Oriente en particular, si Benjamin Netanyahu continúa
como Primer Ministro y, consecuentemente, cómo evolucionarán los múltiples
conflictos bélicos que vive la zona; de perder su cargo ante la imposibilidad
de formar gobierno, su futuro judicial sólo le traerá duras penalidades.
Bs.As., 24
Oct 26

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